(Foto: flickr.com)
Entrevista a Cayuqui Estage Noel, en Atlixco, arqueólogo estadunidense que ha dedicado su vida a rescatar las tradiciones de Puebla.
I. Preámbulo a una entrevista
La invitación a visitar Atlixco fue
de Paty Hidalgo, para participar en algunos de los eventos de la campaña a la
diputación local. La fecha, 30 de septiembre, día de San Miguel Arcángel. Dos
horas de camino hacia el oriente de la ciudad de México, a través de serranías
y montes que desembocan, hacia esa zona y tras una madeja de curvas, en la
planicie poblana, con sus volcanes a la derecha; apenas la última luz del día
para vislumbrar ese paisaje que poco a poco se iba cubriendo de noche.
Llegué a la capital poblana
acompañado de Rosana Guadarrama, para seguir en automóvil hasta Atlixco, donde
Paty ya esperaba con una cena de presentación y explicación de la agenda del
domingo. Como primer evento, la subida a la explanada que está en el cerro
Popocatica-San Miguel, acompañado por Germán Huelitl, atlixquense orgulloso y
comprometido que explicaba desde la ubicación de la antigua estación de trenes
y la importancia que ha cobrado la floricultura en la región, hasta el método
del agua azufrosa para detectar la proximidad de una erupción del volcán
Popocatépetl, ahí, apenas una centena de kilómetros adelante, abrigando la
mañana fría de un día despejado, en ese valle regado de agua y de un clima
envidiable.
Una vez en la cima, sin proselitismo
electoral de por medio, presenciamos el festival Huey Atlixcáyotl: fiesta de un
pueblo que lleva el nombre completo de Atlixco de las Flores, y que agradece
los dones otorgados durante la cosecha; en el Netotilaoya, lugar de la danza,
tepehuas, popolocas, mixtecos, mazatecos, entre otros –de la región o invitados de otros estados–
exhiben bailables de colores y músicas de banda, en trajes típicos, con ese
ambiente festivo que reviste toda verbena mexicana. Sentados entre el público,
la candidata Hidalgo y su equipo presenciábamos la exhibición, que incluía
faldas adornadas y botargas de dos metros, cestas de mimbre con frutos que eran
arrojadas al público, campesinos de machete al cinto y botella de mezcal en
mano que compartían, con aquellos que alcanzaban, la bebida transparente y de
vapores fuertes.
Poco antes de iniciar la fiesta, el
gobernador de la entidad, el presidente municipal de Atlixco, esposas y
respectivas comitivas, secretarios de turismo y de cultura, ocuparon el palco
de honor. Mientras compartían saludos y protocolos habituales, un hombre de
unos setenta años, de barba cana, guayabera y pantalón blancos, se abría paso
entre una multitud que se cerraba a su paso y buscaba un saludo, una
fotografía, compartir algún comentario o encontrar un apretón de manos. El
hombre se detuvo frente a nosotros; “Cayuqui”, espetó alguien, ante lo que el
arqueólogo extendió la mano y continuó su paso, hacia el palco donde la gobernanza
de la región terminaba de acomodarse.
El Atlixcáyotl comenzó con los
primeros pasos y los primeros compases. Perdí de vista al misterioso personaje,
de quien Germán alcanzó a decir, entre acto y acto, que era quien había
rescatado la tradición del festival que presenciábamos, que detestaba a los
políticos y que su interés estaba mucho más allá de lo electoral: para él,
mantener vivas tradiciones ancestrales de la cultura poblana, en particular de
la atlixquense, era un prioridad y casi un deber, asumido por gusto, “por puro
amor a la causa”.
–Consigue una entrevista para Bien Común–, le pedí a
Germán Huelitl. Regresé a la ciudad de México ese día por la noche y casi un
mes después viajaba de vuelta, poco antes del día de muertos, para reunirme en
Huaquechula –a media hora de Puebla, quince minutos de camino rural– con aquel
personaje entrevisto apenas, de origen estadunidense pero de nombre maya,
fincado en el México rural desde los años cincuenta.
II. Cayuco, balsa de árbol
Llegamos cerca de las 11 de la
mañana. Caminamos hacia el centro del pueblo, ahí donde la plaza principal –como tantas en
Puebla, en México o en América– se encuentra flanqueada por iglesia, palacio
municipal, parque y centro de atención social. Entramos a lo que parecía la
nave en desuso de una iglesia; ahí donde el piso se elevaba, otrora lugar del
altar, admiramos la ofrenda de muertos que llegaba hasta el techo, ataviada de
fotografías y nombres, panes de azúcar y “huesos”, flores blancas o pétalos
naranja dispersos por el suelo. El lugar relucía, iluminado por los ventanales
abiertos que dejaban pasar la luz de un sol radiante a esa hora.
Cayuqui estaba junto a la pared, con
su inmensa figura, robusta y erguida. Saludó a un par de mujeres y apuntó en
voz alta que las flores blancas no eran parte de la tradición, mientras volteó
a donde Germán y yo aguardábamos ocasión para acercarnos. Tras las
presentaciones de rigor anduvimos hacia algún establecimiento propicio para la
entrevista.
A unos doscientos metros de la plaza,
un local de cuatro mesas, café de olla, pan fresco y un murmullo de bosque
cercano nos alojó durante la siguiente charla en la que Cayuqui Estage Noel, de
nombre original Raymond Harvey-Stage Noel, platicó con el autor de la siguiente
crónica que, en honor y memoria del recientemente fallecido escritor Norman
Mailer, toma la figura de un hombre irreverente, autoridad extranjera en
materia de tradición nacional, llegado a México hace 53 años, para explicar por
su propia vida –experiencia– el contacto con una cultura diferente, con todo lo
que el otro, la otredad, puede ser y hacernos ser, entregarnos o poner
frente a nosotros para revelar así la maravilla de lo diverso, de la
pluralidad.
“Salí de los Estados Unidos en busca
de la libertad, de aventura. Llegué de aventón hasta Guatemala y tuve que
atravesar la selva del Petén y de Cobá hasta un pueblo en el Río de la Pasión,
y con mis últimos dólares compré un cayuco, una embarcación hecha de un tronco
ahuecado, labrado”.
Con ese artilugio recorrió el río
hasta que descubrió la conveniencia de hacer el camino a pie. Saltó a tierra e intentó vender la
embarcación, con los rudimentos de un español que mezclaba con el francés bajo
la premisa de que las lenguas romances tienen raíces similares; sabía que “yo”
era la primera persona del singular y que vendre,
en francés, significa vender, por lo que la frase en la boca del recién llegado
sonaba a algo así como Yo vant cayuqui,
que los indígenas de la zona interpretaban como Yo soy cayuqui.
“Cayuki, así aparece en mi pasaporte
y en mi FM2, y ya cuando me den la ciudadanía voy a quitar los primeros
nombres. Yo llegué a Puebla el 10 de marzo de 1954, a Atlixco, y estuve 20
minutos. Lo primero era salir de EEUU, buscar la aventura porque ahí no hay
aventura, sólo hay riesgos. Yo siempre he sido un romántico, y la vida es muy
aburrida ahí: se trabaja para sobrevivir y juntar dinero, y el dinero es
importante pero yo creo que hay otras cosas que lo son más; una de ellas, la más importante para mí, es la
libertad, y en México he tenido esa libertad, que a veces me deja morir de
hambre, pero libremente”.
“Siempre me atrajo la selva, vine a
Tikal, a Petén. En mi pueblo natal había una maqueta del Tical antiguo y las
estructuras mayas, la mezcla, la armonía, me impresionaban. Yo me decía que
algún día iría a ese lugar, y estuve dos años, volví a Nueva York pero me
convencí de que no iba a conquistar Nueva York porque ella me estaba
conquistando a mi. Leí un libro llamado La vuelta al mundo con 80 dólares
y a fines de febrero del 54 salí con mi backpack, cuando todavía no
estaba de moda, y vine de aventón.
Regresé, estudié Artes, en 1957
estudié Arqueología en Columbia, con la maestra Margareth Mead. Así, desde chico
tuve una tendencia hacia otras culturas, pensar como el otro, estar adentro del
otro y divorciarme un poco de lo que estaba en mi entorno, que era la paranoia
la segunda guerra. Desde chico tuve una inclinación por lo diferente, además,
la vida en una ciudad industrial como Nueva York era ya un comienzo: me
llamaban la atención los polacos, los italianos, los negros, pero yo buscaba
algo más.
III. Al rescate de una tradición
Testigo del siglo XX mexicano,
Cayuqui vio y vivió la injusticia y el atropello de gobernantes autoritarios,
dispuestos a sacrificar todo bien común en beneficio de una minoría aferrada al
poder como pocas en Latinoamérica. Se considera, en palabras propias, actor
parcial de esa lucha contra la ignominia y el mal gobierno, desde la trinchera
que puede ocupar como extranjero.
“En Puebla me gustaba desafiar de
alguna forma a la autoridad, en tiempos cuando eso no era común. Los caciques
de Atlixco nos hacían la vida imposible, sobre todo Eleazar Camarillo; y bueno,
con tres copitas de mezcal y valor mexicano entraba a cada tienda y levantaba
el puño izquierdo mientras decía ¡Viva Atlixco libre, muera Eleazar Camarillo!,
y mucha gente me aplaudía pero otros me sacaban porque no querían problemas.
Pero yo hacía esas cosas y no me hacían nada, y la gente veía aquello, empezaba
a subir el PAN, y luego vino el cambio”.
Actualmente es Director Municipal de
Turismo en Huaquechula, Puebla, pero se ha desempeñado como Jefe del
Departamento de Investigación de Teatro Indígena en la Universidad de Oaxaca,
por 15 años, como asesor de arte indígena de ese estado y como productor de
televisión en Jalapa. Fue en 1996 cuando su trabajo mereció el reconocimiento
más notorio, con el nombramiento de la Fiesta Atlixcáyotl como
Patrimonio Cultural del estado de Puebla.
Sin embargo, la primera celebración
de la que podría llamarse “era Cayuqui” fue en abril 1966; en aquella fecha,
comenta, rescataron otra fiesta en la que cada barrio o colonia de la zona de
Atlixco presentaba las costumbres coreográficas e indumentarias de su
comunidad. “Eso implicaba que la gente tenía que hacer investigación, por lo
que trabajamos a través de las escuelas“.
Muestra su actual nombramiento, y
añade: “Aquí dicen que yo rescaté el Atlixcáyotl, y que soy extranjero; a veces
me llaman de turismo tres o cuatro meses antes del festival, para hacer en ese
tiempo lo que ellos no hicieron todo el año, pero terminado el compromiso se
acaba el contrato. Tengo suerte que me hicieran un lugar en Huaquechula”.
Rescatar lo olvidado en
las comunidades de Atlixco incluye al pasado lejano y al reciente, las fiestas
prehispánicas o las de principio de siglo por igual. No se agota la cultura siempre
y cuando haya un mapa adecuado para explorarla, y Cayuqui lo traza, en un
biombo, a la sombra de los patios del palacio municipal.
“La gente pobre hacía su fiesta del 3
de mayo, el día de la cruz, y empezamos a escenificarla, con obreros de la
época bailando danzón sobre cuatro ladrillos, y el tlacualero, que era un
personaje popular importante que llevaba la comida a los obreros: recogía las
canastas en sus casas y las colocaba en un palo que cargaba desde Atlixco hasta
Metepec; cada canasta llevaba una servilleta bordada por la mujer y el marido
reconocía así su canasta.
“Conseguimos también que un viejo
obrero de Metepec enseñara a bailar el danzón al estilo del Atlixco de
entonces, y así hay muchas cosas que yo viví aquí y que ya son parte del
pasado. Antes todo era muy distinto, Atlixco tenía magia, las calles eran de
tierra y la gente barría, pero ahora si no barre el municipio no se limpia la
calle. Tengo muchas razones para dejar Atlixco. Los planes de urbanización
están transformando el sitio que encontré; yo busco rescatar en primer lugar lo
que somos, ese México que queda debajo de las obras y que se está perdiendo”.
IV. Sincretismo religioso: preservar
o modernizar
Para equilibrar aquello que somos,
nuestra raíz, con lo que queremos ser, nuestro lugar en un mundo global, no hay
fórmulas específicas, simplemente una lucha diaria, un acostumbrarse, un
sobrevivir. Sólo conservaremos esa raíz, añade el arqueólogo, “haciendo
conciencia, y eso debe venir de la educación, del gobierno, y el gobierno
actual no tiene interés en rescatar esas cosas, había más interés incluso en tiempos
de Echeverría”.
Pero hay siempre un hilo conductor
por donde transitan las creencias, las costumbres, la religión y, en palabras
de Cayuqui, “todo está relacionado con la religión, o con la política, que es
otra forma de religión. En el momento en que el indígena deje de ser religioso,
dejará de ser indígena y mexicano.
“Por eso hicimos el Atlixcáyotl sobre
la base de la romería de San Miguel, pues Miguel es una continuación de
Quetzalcóatl; se dice que en ese lugar donde se encuentra la actual capilla
había un altar dedicado a Ehécatl-Quetzalcóatl, dios del viento que, al igual
que San Miguel, es un ser alado, del aire; Miguel es el vencedor de la
idolatría y del demonio, está encima de Quetzalcóatl pero se vuelve
Quetzalcóatl; esto se da en el centro de México y en todo el país”.
Y por qué uno encima de otro y no a
lado del otro. “Porque fue una conquista, la conquista sigue. Recuerdo que de
joven habité en algunos pueblos indígenas de Hidalgo, vivía y vestía como
ellos, guarache, pantalón, ayate. Yo vi en las escuelas cómo molestaban a los
alumnos por hablar su idioma o vestir sus trajes. Tuve una amiga que fue la
última en vestir el huipil de la zona, blanco con flores en la punta y las
sedas colgando, ella era maestra e iba vestida de ese modo, y qué maravilla
tener una maestra así; otra mujer, en Oaxaca, daba clases con el traje de
tehuana, pero la directora le decía que no podía ir vestida así, tenía que ir
con ropa “decente”, y pues eso da por implícito que lo indígena no es decente.
Eso es la continuación de la conquista”.
Comenta sus planes sobre ir a vivir
al Istmo de Tehuantepec, a la usanza indígena, en casa de adobe y con apenas lo
indispensable: un banco, una hamaca y un petate. Es entre los zapotecos donde,
confiesa Cayuqui, quisiera pasar los últimos años de su vida, que conforme
envejece avanzan más de prisa, con una pila de libros escritos pero incompletos
por falta de tiempo y presupuesto para dedicarse a la investigación y
documentación.
Prosigue con firmeza, orgulloso de
una memoria que mira muy atrás: “El sincretismo en México podía decirse que es
negativo porque sacrifica una parte. El primer sitio verdaderamente indígena
que yo conocí fue San Pablito de Pahuatlán, en la sierra de Puebla, pueblo
otomí donde hacen papel amate. Yo propuse que este papel se propagara en todo
el país, porque antes lo hacían chiquito y yo mandé hacer instrumental más
grande para hacer pliegos mayores, y lo fuimos a vender. Así se empezó a usar
el papel amate y la demanda era tal que todo el pueblo se puso a hacer papel,
mujeres, hombres y niños, y el pueblo entero se volvió una fábrica.
“Ahora hay muchos otomíes que hablan
su lengua y el inglés, pero no español, y una tradición se mantiene viva por
vía oral, por el prestigio que tenga en la sociedad, la importancia que se le
dé. Eso, en un sentido, implica conservar, no avanzar, insisto, hay que
encontrar el equilibrio. El indígena es bombardeado por cosas modernas, por
cosas que por su condición social no puede adquirir, y entonces se va a EEUU a
buscar el dinero para tener esas cosas.
“Ante un ‘choque de civilizaciones’
ganan los dos si del choque surge un acoplamiento. Se ganó mucho de la
conquista pero cobró un precio que aún se está pagando. La cultura indígena
estaba en su infancia y en esto la religión de los españoles tuvo mucho que
ver; si nos hubieran conquistado los holandeses o los ingleses habría sido como
en la India, una explotación solamente económica. En EUUU no había una
civilización útil, y la exterminaron. Lo que pasó en la India fue una
explotación, una forma de esclavitud, sacar fibras baratas, mandarlas a
Manchester a hacerlas telas y venderlas en la India más caras. Pero ahí hubo un
Gandhi.
“Debemos entendernos, con base en lo
bueno, incluso la cultura gringa tiene buenas cosas qué rescatar, hay un gran
cambio tecnológico. A mi me tocó de la máquina de escribir que corregías con
goma y el paso al monitor y a la computadora, que permiten casi todo; también
conocí a un señor zapoteco, vestido con su traje tradicional y con portafolios,
y la gente lo criticaba, y ante estas cosas debe haber más tolerancia”.
La voz de “erres” forzadas y español
impecable se detiene, bebe los últimos sorbos de una taza que ya para estas
alturas fue rellenada tres o cuatro veces. Continúa, en respuesta a mi
solicitud de agregar un comentario final. “Una mezcla de culturas fracasa
cuando una cultura aniquila a la otra, que no es algo de un día a otro, y yo
desde hace 20 años digo que en México habrá, en tres años, un movimiento
especial: en primer lugar, porque los mexicanos son místicos y cíclicos,
antiguamente el mundo se acababa cada 52 años y con los españoles se extendió a
100, y si ves la historia del inicio de cada siglo, los últimos 200 años ha
sido así. Será un movimiento, como dice un amigo, pacífico, de conciencia”.
Publicado en la revista Bien Común, en el año 2007
Escuchar estas historias de viva voz del maestro Cayuki es un verdadero honor!!!! lo considero mi a migo y a mi corta edad es un ejemplo a seguir!!!! Atte: Regina
ResponderEliminarFue un gusto también para mi conocerlo, gestionar la entrevista que fue posible gracias a Germán Huelitl, ir hasta su casa a platicar con él y compartir la historia para los lectores de la revista "Bien Común" hace ya algunos años... Gracias por tu comentario!!!
EliminarCayuqui te saludo desde Oaxaca, experiencia inolvidable los talleres de teatro indigena en la U.A.B.J.O te saluda Rafael Hernandez
ResponderEliminarEstimado Carlos he vuelto a leer tu artículo hoy en 2021 y agradezco tu estancia en Atlixco de las Flores, gracias ...saludos.....sigo viendo a Cayuqu hay te lo saludo.
ResponderEliminarHola, Carlos, solamente para saludarte y a ver cuando nos ponemos a charlar otra vez.
ResponderEliminarHola, Rafael. Sí, las Muestras Nacionales de Teatro Indígena fueron únicas y no repetibles. ¡Un abrazote! cayuqui4@yahoo.com
ResponderEliminarEnhorabuena. Gracias por su legado, Cayuqui.
ResponderEliminarChecan sus datos. Mucho escrito aquí no es cierto. Ni conozco a Paty Hidalgo!!!!
ResponderEliminarTampoco conozco a Rosana Guadarrama. Vine la primera vez a Atlixco el 10 de marzo de 1954, y creo que ninguna de etas señoritas habían nacido por entonces. ¿Quien escribió este paquete de mentiras? Ni siquiera tuvo el valor de firmar su nombre!!!!
ResponderEliminarY no vine invitado por nadie. Vine de paso en mi viaje a Guatemala. Más tarde, en el mismo año, sí vine por invitación de Ezequiel Malpica. Eso fue cuando decidí a quedarme.
ResponderEliminarYa, por lo pronto, no tengo el humor de leer más. Otro día será.
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