sábado, 26 de mayo de 2012

Carlos Fuentes, espejo mexicano




Fue la directora del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Consuelo Sáizar, quien durante el homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes, señaló que “difícilmente podríamos entendernos sin Carlos Fuentes; sus libros forman parte del paisaje cultural de México, el centro de sus inquietudes literarias e intelectuales. El afinó nuestra mirada y nos enseñó a deletrear a la nación”. 

Palabras atinadas, y sentidas; expresión que como pocas describe la obra de Carlos Fuentes. Basta asomarse no sólo a su literatura sino también a sus conferencias, a sus declaraciones, entrevistas o artículos periodísticos para comprobar cómo México estuvo presente y fue protagonista innegable de su obra. 

Desde muy temprana época, el paisaje nacional germinó en aquellas primeras páginas de Aura, donde la relación de nuestro país con la muerte, con sus misterios, su festejo y sus rituales traspasaban la realidad para instalarse en una historia donde la fantasía –“la mentira de la literatura” que diría Vargas Llosa– busca continuar una tradición encumbrada por Rulfo y que halló en Fuentes a un continuador excepcional. 

Eran los primeros años sesenta y México se alejaba del paisaje rural de Pedro Páramo para erigir a la ciudad como escenario de nuevas historias, de una visión más cosmopolita, menos regionalista y más universal. Ya no era el Llano en llamas sino La región más transparente, con sus familias nostálgicas de otros tiempos, con sus cloacas inmundas y sus grandes recepciones de lujo, todo lo que la ciudad encierra como un microcosmos donde se dan cita, se mezclan y se entrelazan estratos sociales, credos, traiciones y hazañas. 

Hay un pasado revolucionario o prehispánico, hay un ayer que no obstante late y permanece, toma por asalto y se manifiesta en piedras milenarias como el Chac Mol que cobra vida o en generales que miran su propia historia y saben que el olvido llegará con el paso el tiempo infame, que a nadie respeta, que todo se lleva y es selectivo y caprichoso con la permanencia.


Los primeros libros de Carlos Fuente son voraces en el intento de conciliar lo acaecido con lo que ocurre, buscan abrevar en los ríos subterráneos y en el sacrificio para demostrar que esa ofrenda y esa sangre siguen presentándose ante dioses nuevos, quizá con más apetito de muerte que los anteriores.

Más adelante, Los años con Laura Díaz podrían ser la cima de ese esfuerzo de síntesis, que con idéntica ambición recorre el siglo XX para explorar su intimidad, lo que ocurre detrás de las bambalinas de la opulencia pero también de la miseria que sigue reproduciéndose en los dominios de la noche, donde ni la ley ni el pudor o las “buenas costumbres” alcanzan para explicar o justificar las razones que han generado la exclusión, tan cercanas a los motivos que generan la prosperidad, extremos donde Todas las familias felices se reflejan en el espejo de los que aún esperan un México mejor.

Hay también un faceta de Carlos Fuentes que traspasa fronteras y busca capturar el mundo para traducirlo a nuestro idioma, a nuestro argot y nuestros modismos. De Salzburgo, en Austria, con El instinto de Inés a Diana o la cazadora solitaria, que retrata el mundillo artístico y cultural del México de los años setenta, hasta el terror de una Inquieta compañía, donde uno de los sentimientos humanos más universales –el terror– habita en situaciones cotidianas que podrían aparecer y transformarlo todo a la vuelta de la esquina.

Conocí a Carlos Fuentes en el año 2000, en Mérida, Yucatán, cuando acudió a inaugurar el ciclo de conferencias que celebraba la nominación de esa ciudad como Capital Americana de la Cultura. Con un texto de Ángeles Mastretta en la cabeza, lo primero que hice fue fijarme en lo meñiques, deformados por la máquina de escribir que requería la fuerza que nos ha ahorrado el teclado dócil de la computadora.

En esos huesos torcidos estaba su obra reunida, como marca en el cuerpo de una vida dedicada a la escritura, a poblar los bajos fondos y las bellas cumbres con personajes que transitan de uno a otro polo con la certeza de que el azar trastoca hasta lo más estable para convertirlo en incertidumbre. No recuerdo mucho más de aquella ocasión, que fue aliciente para acercarme a sus libros con el ánimo de quien busca mundos nuevos en los propios pasos. 

Su muerte, el pasado 15 de mayo, cierra ese Tiempo mexicano que sólo él supo describir y nombrar para llenarnos con un lenguaje nuevo, para contagiarnos su voracidad, para aturdirnos con los límites frágiles entre la fantasía y la realidad. Llegó una nueva época; ojalá también llegue pronto quien, como Fuentes con sus propios años, la sepa describir, explicar o al menos nos la enseñe a deletrear. 


martes, 22 de mayo de 2012

Al disidente en boga, con cariño




EPITAFIO
Tristan Corbière


Se mató de ardor, o murió de pereza.
Vivió, por olvido; he aquí lo que deja:
–Su única pena no haber sido su novia–.
No nació para fin alguno,
siempre lo empujó el viento,
fue las sobras del guiso,
mezcla bastarda de todo.


El no sé qué –sin saber dónde:
oro –pero sin un céntimo;
nervios –sin nervio. Vigor sin fuerza;
ímpetu –con un esguince;
alma –sin violín;
amor –y semental pésimo.
–Demasiados nombres para tener un nombre–.
Corredor del ideal –sin idea.


Rima rica, y jamás rimada;
sin haber sido, vuelto;
en todas partes se encontró perdido.


Poeta, a pesar de sus versos;
artista sin arte, y a la inversa;
filósofo, a diestra y siniestra.


Un divertido serio, sin gracia.
Actor: no se supo el papel;
pintor: tocaba la gaita;
músico: con paleta.


¡Un talento! –pero sin cabeza;
muy loco para saber ser tonto;
tomando por trazo la palabra trozo.
Sus versos malos los únicos buenos.


Pájaro raro –y de pacotilla;
muy macho –y a veces muy nena;
capaz de todo –en nada bueno;
amasando bien el mal, mal el bien.


Pródigo como fue el hijo
del Testamento –sin testamento.
Valiente, a menudo por miedo a lo fácil,
metiendo ambos pies en el plato.


Colorista rabioso –pero débil;
incomprendido –sobre todo de él mismo;
lloró, afinado cantó y desafinado;
–Fue un defecto sin defectos.


Ni fue alguien ni cosa alguna.
Su natural era la pose.
Sin ser teatral, posaba para el único;
muy ingenuo, siendo muy cínico.
–Su gusto era el disgusto.


Muy crudo –porque lo cocieron mucho;
no se parecía en nada ni siquiera a él,
se divertía con su enojo,
hasta despertándose de noche.
Vagabundo anchuroso –a la deriva;
pecio que no encuentra playa...


Muy Suyo para poder soportarse,
seco el espíritu y la cabeza ebria,
acabado, no sabiendo acabar,
murió esperándose vivir
y vivió, esperándose morir.


Aquí yace, corazón sin corazón, mal plantado,
hermoso triunfador –un fracasado.



jueves, 17 de mayo de 2012

Entrevista de Castillo Peraza a Carlos Fuentes





“EL CORPORATIVISMO DEBE ACABAR”: CARLOS FUENTES 

Entrevista con Carlos Castillo Peraza, exclusiva para La Revista Peninsular 

Nos dio la cita en la cafetería del Hospital Inglés, en la capital de la República. Iba allí a visitar a su madre, doña Berta Macías viuda de Fuentes, recién intervenida quirúrgicamente, razonablemente sana y fuerte a sus 91 años de edad. Llevaba pantalones vaqueros, camisa blanca y suéter oscuro, como los lentes. Ágil y erguido, Carlos Fuentes no aparenta ni con mucho sus 71 noviembres cumplidos. Los veinte minutos que duró la conversación parecieron segundos. 

Carlos Castillo Peraza.- Escribiste que el monasterio español de El Escorial es una “novela en piedra”. ¿Has encontrado en Yucatán novelas en piedra como la que hallaste en España, o las piedras para hacer una novela como Terra Nostra? 

Carlos Fuentes.- Sí. Yo creo que las piedras hablan. Voy a hacer una distinción entre el arte azteca, que es un arte que aleja al hombre porque es sagrado y en consecuencia inhumano, y el arte maya que tiene una dimensión humana que nos permite aproximarnos. Esto se debe al claro conflicto entre su aspecto horizontal humano y su aspecto vertical, selvático y profundo, como se nos muestra en Chichén Itzá o en Palenque. A partir de estas tensiones entre la geografía, la naturaleza y los hombres, se puede escribir una novela. El arte azteca aleja. Nos dice “no me toques, soy sagrado; no me parezco a nada, soy la Coatlicue”... No tenemos nada qué ver. 


C.C.P.- La cultura, el arte maya ¿no tiene Coatlicues horribles, ajenas, distantes, intangibles...? 

C.F.- No tiene Coatlicues. Tiene tiempo. El arte maya es un gran arte del tiempo. Una cultura que logró contabilizar 25 mil millones de días de su pasado, es una cultura que sabía muy bien lo que era el tiempo. 


C.C.P.- Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán nos hicieron las novelas que cuentan lo que fue la revolución mexicana en tanto que épica y gesta, sus dramas, sus triunfos, sus crueldades y sus presagios. Luego Juan Rulfo nos dijo en Pedro Páramo y El llano en llamas la tragedia de los campesinos oprimidos por el suelo y por el cielo que reclaman a los que “no nos dieron la tierra que nos prometieron y que nosotros nunca pedimos”. Con Rulfo empieza de algún modo la novela de la decepción por la revolución. Luego viene Carlos Fuentes. ¿Cómo continúa Carlos Fuentes la novela de la revolución? 

C.F.- La novela no puede dejar de ser crítica. No hay novelas celebratorias, salvo aquellas pagadas como la que Cela escribió para Marcos Pérez Jiménez, el dictador de Venezuela. Azuela es pesimista. Los de abajo es una novela profundamente pesimista que aparece en 1915 y ya contiene una crítica muy fuerte a la revolución. La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, es una novela terriblemente pesimista sobre el ejercicio del poder y la política en México. Lo que acabas de decir de Rulfo es cierto. La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente, mías, son asimismo novelas críticas del proceso revolucionario y de la posrrevolución, de sus desviaciones. Yo ya pude hablar de la posrrevolución, sencillamente por un accidente de calendario: nací en 1928, el año en que mataron a Obregón... 


C.C.P.- Eres un hombre que nace un año antes de que naciera el PRI y que, como el PRI, vive todavía en el 2000. No vas a ser eterno tú. ¿Puede ser eterno el PRI? 

C.F.- Yo creo en los milagros. Creo que todo se puede mejorar y renovar. Ya no es lo mismo. No es lo mismo el PRI reinando en solitario, que haciéndolo junto con dos partidos importantes que le disputan el poder y gobiernan más del 50 por ciento de la población. El problema, tocayo, es la falta de cultura democrática... 


C.C.P.- ¿En qué consiste?

C.F.- Es algo que afecta a todos los partidos y a todos los ciudadanos. Lo acabamos de ver en el episodio de la UNAM. ¡Cuánto nos falta para crear una cultura de la legalidad, del respeto a los otros, de prácticas democráticas! No la tenemos... 


C.C.P.- ¿Tiene algo que ver con esa cultura democrática el afán de cada grupo social que quiere constituirse y ser tratado como excepción frente a la ley? 

C.F.- Nada. Esa pretensión tiene que ver con la cultura corporativa. Somos un país que parece inventado por Max Weber. Seguimos asociados con la política de la revolución y con la política de Lázaro Cárdenas, quien creó -para salvar al país del cacicazgo y del caudillismo- el Estado corporativo en el que seguimos viviendo. Aprendimos a ver el mundo desde el punto de vista corporativo, de los intereses de las corporaciones. Y esto tiene que acabar. Tenemos que ser un país de ciudadanos, de organizaciones que no dependen del Estado ni de los intereses “casillables”: el del empresariado, el del sindicato... 

C.C.P.- Estás en Mérida. ¿Qué significa esta ciudad, orgullosa Capital Americana de la Cultura por un año, o modesta reina por un día, para Carlos Fuentes? 


C.F.- Mérida es una parte de mi patria, una parte de mi país, una parte de América Latina. Es también una parte del Caribe, de ese punto de encuentro de las corrientes culturales que van y vienen desde el Mediterráneo hasta este mar Caribe. Mérida es un receptor y un emisor. Envía desde el Caribe la cultura mexicana al Mediterráneo, y recibe la cultura del Mediterráneo en el Caribe mexicano. Esto tiene que ver con la cultura y las diferencias culturales, tal como yo las entiendo: como encuentro y no como aislamiento, como ampliación de horizontes. 


C.C.P.- El sur de México, Carlos, parece ser la región mexicana menos moderna en todos sentidos. ¿Cómo incoporarla al progreso cultural, social, económico y político de que ya gozan otras regiones del país? 

C.F.- Creo que mientras persistan los rezagos y la pobreza que caracterizan a este segundo México, será muy difícil que florezca una cultura democrática moderna. Esto nos deja fracturados como país, en dos Méxicos. Es lo que los brasileños llaman “Belindia” -mezcla de Bélgica y la India-... Pero ¿por cuánto tiempo pueden coexistir Bélgica e India? Tenemos un norte del país que mal que bien se está desarrollando, se relaciona con los Estados Unidos, crea empleos y permite abrigar esperanzas. Tenemos un sur que padece estancamientos que sólo pueden superarse mediante cambios políticos, sociales y culturales que le den base a una sociedad moderna que no sacrifique su tradición. Yo pienso en una modernidad con tradición. Pero en tanto persistan sociedades sometidas a injusticias y caciquismos locales tan brutales, a oligarquías y ejércitos privados y matones sostenidos por el PRI, explotadoras del indígena y que, además, desperdician enormes riquezas naturales -como las de Chiapas-, esa democracia moderna es muy difícil que se pueda dar. 


C.C.P.- Eres el orador inaugural de una serie de mexicanos famosos que hablarán este año en Mérida... 

C.F.- Me siento muy honrado. Me he preparado con esmero y cuidado para estar a la altura de este honor que los meridanos me hacen y, según creo, tú tienes mucho que ver con él... Me he esforzado en prepararme para subir a la cima de la pirámide yucateca y desde allí ver la enorme riqueza de nuestras tradiciones y su vigencia. A veces, para hablar del otro lado de la moneda del atraso, nos topamos con una modernidad apresurada que olvida el pasado, que olvida la tradición y que por esto constantemente fracasa: porque se siente recién nacida, dueña de toda la sabiduría; en realidad, tiene un concepto del siglo XVIII, como de Voltaire: el mundo empieza con nosotros y todo el pasado es barbarie. Esto no es cierto... 

Lo que yo quiero decir en Mérida es que la verdadera modernidad se sostiene y sustenta en la tradición. 


C.C.P.- Has escrito que el pasado hay que imaginarlo y el futuro hay que recordarlo. Me parece que el pasado de que hablas no es tan imaginario, sino muy real... 

C.F.- Real, sí, pero que hay que imaginar. No es un pasado mostrenco. Es un pasado que, si no es objeto de nuestra imaginación, se nos vuelve pasado muerto. Esto los novelistas lo sabemos muy bien. No nos limitamos a los datos estadísticos de la llamada realidad. El novelista imagina una realidad del pasado para hacerla presente. El futuro lo recordamos porque ya se presentó en el pasado, donde están contenidos los gérmenes del futuro. No hay que hacer un gran esfuerzo para saber que lo que podemos ser es lo que ya hemos sido, pero también lo que hemos soñado, lo que hemos deseado. El deseo es un factor del pasado que nos permite adivinar el futuro. 


C.C.P.- Siento muy agustiniana tu visión del tiempo. San Agustín decía que el instante actual es presente de pasados, presente de presentes y presente de futuros... Actualizamos los pasados dignos de ser imitados, imaginamos los futuros que merecen ser soñados... 

C.F.- Coincidiría bastante con esa visión, que es también la de uno de los cuartetos de Elliot. Todo es presente. En el presente soñamos, en el presente imaginamos, en el presente deseamos, en el presente recordamos... 


C.C.P.- Los fundadores de tradiciones no miraron hacia atrás...

C.F.- Es una brillante paradoja... Tienen que mirar hacia adelante pero, aunque no lo quieran, vienen cargando el pasado. Y hay que tener cuidado con los proyectos “futurizables”: cuando se sienten autosuficientes, capaces de hacer promesas de felicidad y progreso inevitables -como los de Condorcet en el siglo XVIII, o los de Comte, que luego fueron los del XX-, ya sabemos en qué terminan: en la ceguera. En eso que decía Gide: “No creer en el demonio es darle todas las oportunidades”. Al siglo XX, fue lo que le sucedió: creyó en las promesas del progreso y la felicidad inevitables hechas en el XVIII, y acabamos en Auschwitz. Hoy, con la desaparición del enemigo totalitario comunista, el mundo capitalista se siente autorizado a monopolizar la promesa del futuro, la idea de la felicidad y la de los medios para alcanzarlos. Esto podría conducirnos al capitalismo autoritario como el que vemos en China... 


C.C.P.- ¿Al leninismo de mercado?
C.F.- Sí.


C.C.P.- Carlos, ¿dónde está el diablo ahora que lo necesitamos?

C.F.- Está sobre todo en nuestra incapacidad para reconocer al otro. Para mí, esto es lo diabólico: encerrarse en uno mismo y no reconocer la existencia de los demás. Sartre decía que “el infierno son los otros”. Yo creo que es al revés: los otros son el cielo. Los otros son el único paraíso que tenemos. 


Muchos años de amistad unían a Carlos Castillo Peraza con el entonces director y fundador de La Revista Peninsular (www.larevista.com.mx), Eduardo Menéndez, publicación de la Península yucateca. Esta entrevista, aparecida en ese semanario en el año 2000 y no recopilada en ninguna de las antologías de Castillo Peraza, motivó la llamada de Rodrigo Menéndez, hijo de Eduardo y gran amigo, quien me solicitó el archivo original para incluirla como homenaje a Carlos Fuentes en el siguiente número de La Revista. Acudí al archivo de Castillo Peraza y ahí estaba, a la espera de ojos nuevos y memoria renovada. La comparto, tal como aparece en el documento de word, en este espacio...

miércoles, 2 de mayo de 2012

The Wall, atemporal



Un par de días después y aún llegan a la memoria, como olas, acordes, imágenes, frases, todo revuelto, incapaz la razón de poner cada cosa en su sitio y entender que sí, que entre los 50 mil asistentes al espectáculo de Roger Waters, estuvo la voz propia sumándose a los coros, al estremecimiento, a la sensación de atestiguar un espectáculo mítico y fundacional de la música del mundo.

Desde su estreno, a finales de los setenta, el montaje demuestra cómo la tecnología es una herramienta que, en manos expertas y duchas, puede transportar los sentidos hasta regiones indescriptibles, en una época en la que es complejo impresionarse porque todo parece haberse escrito, dicho y visto con antelación; son muchos los medios en que The Wall ha aparecido ya: vhs, cd, dvd, blue ray, y pocos los ojos y los oídos que no conocen al menos el "main soundtrack": Another brick in the wall, parte segunda. 

No obstante, todo parecía recién hecho, innovador, soprendente incluso para quienes concíamos y coleccionamos las diversas versiones, la de Londres, la de Berlín en 1990 y otras tantas apócrifas que nos regalan aficionados que con cámara amateur a escondidas registran algún fragmento. No creí que el show de este año fuese muy distinto a cualquiera de los anteriores, pero así como un estúpdio nunca decepciona, porque siempre puede ser más estúpido, un artista tampoco lo hará, pues siempre puede aportar otro rasgo de talento a lo que ya de por sí parecía insuperable.



El escenario aparecía como ya se había visto, pero las proporciones son imperceptibles en la pantalla. Malo para el cálculo como soy, debían ser unos ochenta metros de pared blanca, casi la extensión de la base del Foro Sol, telón de fondo para que la figura de Waters pareciera diminuta incluso para los asientos más próximos al escenario. Los juegos de luces y sombras daban al hombre dimensiones desproporcionadas, transformaban la silueta, las pantallas permitían apreciar el mínimo detalle, las proyecciones, algunas conocidas, otras novedosas, con la calidad de imagen que sólo alcanza una producción que sabe su sitio histórico y quiere, inconforme y ambiciosa, seguir trascendiendo en el tiempo. 

Y así, entre pirotecnia de inicio, niños que sumaban sus voces a los coros y un sonido que desobedece las leyes de la acústica y es capaz de no perder un ápice de calidad incluso a cielo abierto, transcurrían las primeras piezas del disco, en el orden establecido en el original. Llegó Mother, y la dedicatoria del concierto llena de crítica a la violencia, a la muerte injusta, al dolor que no se evita y lastima tanto a quienes lo padecen y como a quienes lo atestiguan en la distancia con síntomas de indignación, coraje e impotencia.

Los tradicionales aviones que arrojaban bombas en la versión original cambiaron su mortífera carga por signos de las tres grandes religiones, logotipos de las principales marcas comerciales y otros grandes causantes de injusticia en la actualidad. Las flores que se transforman en una lucha mortífera recordaban que hay imágenes que ya habitan en la memoria colectiva de la música y así, hasta el intermedio, cuando la pared se llenó de "fichas" de desaparecidos en todo el mundo. A una recreación de la violencia que en un principio fue una crítica de la segunda guerra mundial, se sumaban las matanzas, los genocidios y los ultrajes a la vida posteriores, recientes, que parecieran dar razón a Hegel y su teoría de la guerra.



En lo personal, la segunda parte del espectáculo, en cuanto a los temas musicales, es mi favorita. Hey You, Nobody Home y Bring the Boys Back Home, que al sonido del tambor y los clarines, emulando una marcha militar, es un grito desgarrado que ya no pide ni exige sino que más bien ruega el regreso de quienes parten a matar y a ser asesinados, con una carga emotiva capaz de arrancar lágrimas donde se mezclan el coraje, la indignación y la esperanza. 

El tradicional globo de un cerdo rosa que ahora es jabalí negro estampado de grafitti y signos de muerte; los acordes de Confortably Numb y su letra que busca ser consuelo ante lo inevitable; la emulación del fascismo con sus símbolos, sus poses y sus atavíos, la violencia intrínseca en la música de Run like Hell, el juicio con sus personajes, ya no globos pero sí proyecciones que impresionan por igual a una cultura mucho más "digitalizada" que la que vio The Wall por primera vez; el personaje maltrecho, apesadumbrado, relegado a un rincón, condenado por maestro, madre, esposa y sociedad... Todo acorde con lo establecido, hasta el grito estridente y que llenó el estadio, exigiendo que cayera el muro, y que termina con la explosión que hace caer los ladrillos de la zona central del escenario.


Y el añadido que llegó con los años: el tema final ya con un dejo de esperanza, de consuelo, de libertad... Ni un encore, ni una imagen más, sólo la presentación de los músicos que caminaban uno por uno, en fila, hacia una escalera por la que desaparecían, llevándose la emoción del público que sólo entonces cae en la cuenta de haber sido parte de la música que acompañó la segund amitad del siglo XX, y que hasta el día de hoy sigue reclamando su lugar, insustituible, irremplazable, porque hay música que sin decirlo nos habla desde otro tiempo y perdura porque es capaz de seguir reflejando el sentir de su época. 

Y eso, al final, es The Wall, un espectáculo que perdura en el tiempo. Más sublime y soberbio de cualquiera de los que haya visto. Muy probablemente el más ambicioso que vaya a ver.  


(Fotografías: Claudia Villa)

miércoles, 18 de abril de 2012

De la propaganda al objeto de colección



La época electoral es ocasión para difundir propuestas, candidatos, plataformas e ideas acerca de los distintos proyectos políticos que cada partido presenta a la ciudadanía para convencerla de votar el día de los comicios. Toda esta suma de documentos serán sintetizados en frases y eslóganes que, además, buscan hacer atractiva la imagen de quien sale a la calle a convencer de que su opción política es la que más conviene al país.

Aunado a lo anterior, hay otro aspecto distintivo de las campañas políticas, y consiste en los diversos objetos propagandísticos que se entregan al votante para llamar su atención; en estas piezas se mezclan los colores distintivos de los partidos, los logotipos, las fotografías de los candidatos, los lemas de campaña y una serie de elementos gráficos que buscan ser atractivos y llamativos, impresos o estampados en una variedad de productos que, en la actualidad, van desde una memoria USB hasta las alfombrillas que sirven para deslizar el ratón de la computadora.


La propaganda política ha evolucionado a lo largo de los años y su variedad representa un auténtico recorrido por el gusto y las modas de distintas épocas. Y es con el espíritu de dar ese paseo que, en estos días, en la ciudad de México, el Museo del Objeto del Objeto (MODO) presenta la exposición De Porfirio Díaz a Vicente Fox. Propaganda Electoral en México durante el Siglo XX, que reúne más de dos mil piezas clasificadas por sexenio, distribuidas a lo largo, alto y ancho de seis salas donde se documentan 21 campañas electorales, desde 1900 hasta el año 2000.

El visitante comienza el recorrido y se topa con un maniquí del que cuelgan broches (pines) de decenas de partidos, muchos ya extintos, otros cuyos nombres han cambiado, uno que sobrevive a lo largo del siglo XX. Las vitrinas muestran pequeñas hojas con el himno nacional impreso, utilizadas por Francisco Madero, afiches comunistas y socialistas en los que se defienden los derechos de obreros y trabajadores, así como viejas publicaciones características de los primeros años del siglo pasado.

Al cambiar de sala es fundamental voltear hacia arriba, pues del techo cuelgan plásticos verdes, amarillos, azules. De esos que aún hoy se utilizan para decorar los postes de las ciudades en época electoral. El siguiente espacio presenta volantes y propaganda impresa en los que se pueden leer los nombres de Vasconcelos, Almazán, Calles o Lombardo Toledano, así como gorras, lápices y plumas con los de Diego Fernández de Cevallos, Ernesto Zedillo, Manuel Clouthier, Salinas de Gortari y otros tantos. Al fondo, en la enorme pared que adorna la esclarea hacia la planta baja –donde se exhibe un documental con imágenes históricas de campañas–, un mural tipográfico reproduce los lemas empleados  por decenas de candidatos de los distintos partidos.

En el segundo piso del MODO, los objetos se modernizan y pasan de los carteles medianos en blanco y negro a los grandes pósters a color; los mandiles, los botones, las tortilleras, los botes para leche muestran la oferta política de los años cincuenta y sesenta, se puede, además, constatar las sátiras que la oposición hacía de, por ejemplo, Díaz Ordaz, la megalomanía de la imagen con Echeverría, la uniformidad de estilos con Salinas y Zedillo, así como los esfuerzos de otros partidos por competir en el tema propagandístico, en una época en la que se deja en claro como el régimen del partido gobernante disponía de una cantidad ingente de recursos que alcanzaban para el derroche de regalos pero no para salvar al país de las crisis económicas.

En las últimas salas, el avance de la oposición se refleja también en la propaganda, que se vuelve atractiva, muy visual y llamativa; ahí está también un libro de Castillo Peraza, la mano con la “V” de la victoria de Fox, las caricaturas que el dibujante Calderón realizó de Maquío a finales de los ochenta, y una vitrina especial donde aparecen distintas ediciones de periódicos anunciando el triunfo del PAN en la contienda presidencial.

No cabe duda de que este paseo es también un despertar de la memoria, un acercamiento a la historia de una democracia que tardó mucho en serlo en la práctica pero que contó siempre con la participación animada, osada y hasta heroica de la oposición. La generosidad y el talento de Bruno Newman hacen posible que hoy, en el MODO, las generaciones presentes revivan ese esfuerzo de miles de mujeres y hombres por darle a México la libertad de elegir en igualdad de condiciones; todo ello, a través de una exposición que ahonda, por medio de la propaganda política, en la historia moderna de nuestro país. 
 

miércoles, 11 de abril de 2012

Ciencia universal de las ideas, Ramón Llull




 "Todos los conocimientos humanos pueden reducirse analíticamente de un corto número de conceptos a partir de los cuales es posible, en principio, deducir la realidad entera mediante combinaciones figuradas sujetas a regla y método.




En esta combinatoria gramatical y algorítmica, reducidos todos los conceptos a un corto número de ideas simples –designadas de modo simbólico–, de sus combinaciones posibles resultará una ciencia universal de las ideas".


 

"Aparece la enciclopedia de las ciencias, simbolizada en la figura predilecta del árbol. Cada árbol particular toma su lugar preciso en una aqruitectura orgánica común... 
Es el Árbol de la ciencia. En él aparecen ordenadas todas las maravillas del mundo. No habrá sino que recorrelas en la totalidad de sus dimensiones para poseer, en principio, la unidad de una ciencia universal.



La enciclopedia de las ciencias se despliega en 16 partes o árboles:

1. Árbol elemental: se refiere a la naturaleza... a la filosofía natural; la cosmología y la física.

2. Árbol vegetal: dominios de la botánica y sus aplicaciones a la medicina.

3. Árbol sensual: la naturaleza animal... la zoología. 

4. Árbol imaginal: animales superiores dotados de conciencia... es el tránsito entre la naturaleza animal y la humana.

5. Árbol "humanal": realiza la unión entre la realidad corporal y las realidades espirituales... psicología y antropología.

6. Árbol moral: virtudes y vicios... ética.

7. Árbol imperial: régimen social y político... ciencia política y social.

8. Árbol "apostolical": relaciones internacionales.

9. Árbol celestial: astronomía y astrología.

10. Árbol angelical: naturaleza y jerarquía de los ángeles y su intervención en el destino del hombre.

11. Árbol "evieternal": paraíso, prugatorio e infierno.

12. Árbol maternal: vida y misterios de la Virgen María.

13. Árbol "cristianal": naturaleza divina y humana de Jesucristo.

14. Árbol "divinal": teología.

15 y 16. "Ejemplifical" y "Cuestional": aplicación del contenido integral de la ciencia a las necesidades de la vida.  




Con el auxilio del arte y de los dieciséis árboles, es posible tratar todas las ciencias. En ellos están contenidos explícita o implíctamente todas las cosas. Pero sólo en compendio, en forma abreviada y potencial. 
Su desarrollo explícito queda reservado al futuro y se encuentra, en principio, garantizado, de modo infalible, por la rigurosa combinatoria inventiva implícita en la unidad metódica del arte.



...de Joaquín Xirau, Vida y obra de Ramón Llull, FCE, 2004.

lunes, 9 de abril de 2012

Los poderes de la lectura...



Un libro de Maeterlink,  
La muerte, 
edición de principios del siglo XX, 
hallado en la biblioteca y que ahora 
vuelve de nuevo a la vida, 
a través de la lectura... 




miércoles, 4 de abril de 2012

Música de fondo para cualquier filosofía desempolvada*


1) Deshacerse de los estereotipos, arquetipos y demás figuras que encierren a los oficios, al aprendizaje y a la educación en términos como licenciado, maestro, doctor y otras denominaciones análogas…

Ese es el primer paso para entender que un filósofo pueda deleitar el oído con música que diste de casillas igual de estrechas: de común, hay quien cree que todo aquel dedicado a los libros mira al mundo con desdén, desde un pilar marmóreo al que sólo acceden el saber sublime, elevado y apto para pocos del señor Kant, del erudito Heidegger, del sabio Aquinate, a los que el acompañamiento de Bach, Beethoven o Wagner honrarían con sinfonías, conciertos y piezas de índole similar.

Por supuesto, hay grandeza en esos representantes máximos del Barroco y del Romanticismo musical, respectivamente. La hay porque llevaron el arte a cimas insospechadas pero hay que recordar, ante todo, que esa hazaña es posible por esa osadía de romper con lo establecido y dar un paso adelante.  

2) La lección más importante de su labor es precisamente la capacidad de renunciar a lo aprendido –“el desaprendizaje”– para empezar de cero, que no es lo mismo que de la nada, porque desde que Aristóteles enumerara las leyes de la termodinámica, quedó claro que del vacío no puede producirse algo.

3) Los últimos coletazos de la vanguardia lo entendieron: Dadá dejó seco el molde y el surrealismo abrevó en el inconsciente para llenarlo de ese absurdo que surge de mezclar máquinas de coser y paraguas en una mesa de disección; de ahí, la improvisación tardaría aún algunos años en transformarse en jazz, que la usó como nadie antes. Luego el blues, que simplificó la música en escalas para dar paso al rock n’roll.

Pero no es correcto que un filósofo hable de rock si no es para enclaustrarlo en críticas a la modernidad del estilo Lipovetsky, o para extraer de su sociología las causas de la perdición del mundo.

4) Podría sin duda ser más sencillo, pero no le diga usted a un “pensador” que la cosa es simple, porque atentaría contra la inversión de tiempo y dinero que implica toda educación. Y eso pocos lo perdonan.

Hagamos el ejercicio de mezclar disciplinas: para Borges, la filosofía y la teología son dos ramas de la Literatura fantástica (alguna vez lo comenté a una maestra y guardó un silencio de esos que pueden traducirse como “no sabe usted lo que está diciendo”). Para Cortázar, el diccionario es “el gran cementerio”. Si sumamos ambas premisas, las humanidades pasan a ser parte de la muy digna, sublime y noble tradición de la imaginación.

5) Con estas armas frente a la solemnidad del filósofo-académico-intelectual tan petulante como inoperante en la sociedad contemporánea, intentaríamos dar un giro y acuñar máximas, aforismos o sentencias propias de la más alta escuela de nuestro días: la de la vida.

Es de sobra conocida la imagen del profesionista frustrado y dedicado a hacer negocios o política porque no fue capaz de triunfar en su especialidad. Y es que cada vez nos empeñamos más en reducir al mundo y estudiarlo en sus ínfimos detalles que al antiguo botánico o biólogo se impone el ingeniero en pistilos del manzano, para quien los autores alevosos preparan ediciones del tipo “La Cultura. Todo lo que hay que saber”.

Se busca compensar la ignorancia con volúmenes que le aseguran sabiduría en todo lo que el tema general del título incluya, que puede ser infinito; pero las páginas del libro no lo son, y hay que poner límites.

6) Entonces, los representantes de “la ciencia de todas las cosas”, que es por definición la Filosofía, se convierten en sabios empolvados poco aptos para sobrevivir, a menos que consigan un contrato para uno de aquellos volúmenes o una cátedra mal pagada en este mundo en desarrollo que es el Continente americano del Río Bravo hacia abajo.

La segunda lección sería entonces ni especializarse en lo ínfimo ni ser tan soberbio como para pretender abarcarlo todo.

7) Desde esta modesta posición, el nuevo filósofo cambia el sabio cognac por cerveza, la conversación elevada y pletórica de palabras como axiología o hermenéutica por sus comentarios sobre el mal arbitraje del partido anterior o la errónea decisión del técnico de convocar a tal y no a cual jugador; para el caso que nos atañe, la música llamada clásica por la nueva trova cubana, el rock de los sesenta y setenta o, ya en peligro de traicionar lo poco que le queda de dignidad intelectual, por el pop en cualquiera de sus manifestaciones.    

8) El primer paso para hacerlo es perder el miedo a la falta de solemnidad. No, por supuesto, a la convicción de que leer a Nietzsche mientras se escucha a Kiss es imposible, o que escribir un ensayo sobre la trascendencia del alma entre los griegos del siglo VI aC amenizando el espacio de estudio con Greatful Dead puede llevar a profundidades por las que nadie se interesa, pero sí dejar a un lado aquello de que por escuchar a tal o cual músico hay riesgo de bajar un peldaño en la escala cognoscitivo-evolutiva.

9) La música de fondo puede amenizar el silencio para quienes por culpa de la voracidad urbana no soportan la noche silenciosa y despoblada; si se me permite una recomendación, siempre será mejor prescindir de melodías que lleven la letra de una canción, pero si se considera que la trompeta de Miles Davis arroja al subconsciente muchas más palabras que los fragmentos de Heráclito –muy fragmentarios para entenderse sin la ayuda de una interpretación del tipo Rodolfo Mondolfo–, entonces mejor elegir algún Mozart, Brahms o Shostakovich, selectos, porque también ellos tuvieron sus creaciones que hablan como tarabillas.

10) Al finalizar, y para asentar los pies en la tierra, el grito de Help de Lennon es idóneo para regresar del limbo mental y entender que los sentidos siguen siendo nuestra forma de percibir y estar en contacto con el mundo exterior.

Si nada de esto fue suficiente y usted prefiere continuar solemne, elevado, como ausente y considerarse indigno de pláticas o textos baladíes, hágalo, está muy bien, porque el mundo plural y diverso de nuestros días requiere de usted para ser ejemplo del mal o del bien, no importa porque en la modernidad todo es relativo, y todo pasa y se olvida con mucha rapidez.

11) Para caminos alternos, se sugiere encontrar la bibliografía adecuada, hacerse de los libros y leer con voracidad, intentando, cual George Perec en su novela-instructivo para la vida, armar el puzzle de una vida a ritmo de bebop (lo cual siempre será más gratificante que cualquier camino académico pero nunca suficiente para hacerse de diploma o título –para mayor referencia, remitirse al punto número 5 de este peculiar tractatus–).




* Título sugerido por el nombre de una canción de la agrupación argentina Sui Generis.

martes, 3 de abril de 2012

El casete: costumbres y usos urbanos


La escena fue característica de quienes crecimos antes de que la llamada era digital redujera todo al mundo de bits y bytes: 1) sintonizar la estación de radio preferida con ese balance del tacto que exigía un pulso capaz de hallar el .7 entre el 104 y el 108; 2) presionar los botones rec, play y pause al mismo tiempo en espera de que la canción comenzara a sonar; 3) hacerse de la pieza que, junto a otras obtenidas de igual modo, conformaría la selección personal que llenaba casetes de 60, 90 o 120 minutos de duración. 

Han pasado casi veinte años de esa práctica que ahorraba adquirir –en pesos viejos– las cintas que, a la postre, sufrían el desgaste fruto de adelantar y retroceder la canción predilecta, lo cual era también un cálculo milimétrico para atinar el momento exacto en que los acordes iniciales marcaban el comienzo de la pieza. Veinte años en los que la tecnología redujo todo a un sencillo y útil botón que lleva al track siguiente o anterior del CD y luego del mp3. 

Los casetes quedaron como objetos de la nostalgia, arrumbados en sus cajas junto a los viejos aparatos de radio que poco a poco cedieron su manivela de sintonía a una pantalla digital que simplificó para siempre el modo de hallar una estación. Los encontré en la última mudanza. Los originales que valía la pena adquirir porque todas –o casi todas– las canciones merecían ser escuchadas y los grabados de la radio, que pasaban a ser prácticamente creaciones propias pues mezclaban el gusto particular de un grupo a otro, de una banda a la siguiente y evitaban el desgaste de las cabezas del reproductor y de la cinta de lo reproducido. 

Mi infancia estuvo llena de casetes que escuchaba mi padre y que había traído de Italia y Suiza, tras un lustro de estudios en el Viejo continente. Se completó con otros que obtuvo en Sudamérica y que me iniciaron muy joven en la llamada canción de protesta; a cierta edad, esas influencia causan daños irreversibles y, años después, la colección contestataria se enriquecía con otros tantos que yo obtuve de canciones separatistas canadienses. Así, el uruguayo José Carbajal “el Sabalero”, que cantaba candombes contra la dictadura, aparecía en la misma cinta junto a Michel Rivard o Richard Seguin, que a ritmo de country proclamaban la independencia quebecoise . 

Los cambios de casa sumaban una decena antes de cumplir los quince años; jamás tuve acetatos porque, decían, se dañaban al transportarse y era preferible optar esa otra plataforma más compacta y portátil, que después cupo en un walkman y podía llevarse a cualquier sitio. Los aparatos, al principio, eran inaccesibles. Alguien que viajaba a EEUU o algún acaudalado pariente llegaron con el primero, adquirido en esos establecimientos de productos de importación –anteriores al Tratado de Libre Comercio– que llamábamos “tiendas japonesas”, donde un chocolate Snickers o Milky Way podían costar lo que diez Tin Larines. 

Ahí estaban los primeros walkman, negros, aparatosos, del tamaño de un videocasete pero que podían tocar cintas o sintonizar la radio y colgarse del cinto o guardarse en otra novedad de la época: las “cangureras”, esas bolsas que se amarraban a la cintura y permitían cargar reproductor y uno que otro casete. También se conseguían en la llamada fayuca, en Tepito, donde se decía “te roban los calcetines sin quitarte los zapatos”. 

Tener walkman equivalía a ser la envidia de la escuela y poco a poco comenzó a proliferar la imagen del muchacho con los audífonos sostenidos a la cabeza por una diadema, el cable conectado al aparato y el siempre latente riesgo de que la cinta se enredara, precedida de una alteración del sonido que terminaba por lentificarse hasta volverse agudo, inevitable aviso de que ocurría un caos de proporciones catastróficas. 

Entonces se recurría al lápiz que, insertado en uno de los orificios del casete, se giraba para regresar la cinta a su lugar, lo cual era un éxito a menos que ésta se volteara y volviera inservible la colección de canciones. Nadie nacido entre los años setenta y ochenta del siglo XX es ajeno a estas tragedias, que podían reducir el trabajo de captura y grabación de varias semanas a una madeja inservible que, de cuando en vez, se observaba tirada por las calles, que se enredaba en los zapatos del viandante distraído y era en fin de cuentas una especie de símbolo urbano. 

Los gustos musicales personales evolucionaban y las estaciones de radio o las tiendas departamentales ya no alcanzaban para hacerse del material de grupos o cantantes “no comerciales”, conocidos a fuerza de pasar los casetes de mano en mano, de grabadora en grabadora. Llegada la adolescencia, el tianguis de El Chopo, a un lado de la entonces abandonada Estación Buenavista –hoy flamante punto de partida del Ferrocarril Suburbano–, era punto de referencia obligada para quienes buscaban música distinta, desde trova cubana de Silvio Rodríguez hasta los catalanes Raimón o Lluis Llach, imposibles de encontrar en los nacientes Mixup o en las áreas dedicadas a música de Aurrerá y De Todo. 


Los primeros discos compactos aparecieron y tardaron poco en ser tan baratos como los casetes, ya en vías de extinción pero aún disponibles en puestos de los que hoy se llaman comercio informal, y que durante esos años fueron espacio exclusivo para la música “marginal”: colocados uno a lado de otro, con sus cubiertas en blanco y negro, junto a separadores con la efigie del Che, de Zapata o del floreciente Marcos, bandas como Sekta Core, Panteón Rococó o la Tremenda Korte sonaban mucho mejor que al ser producidas, llevadas a estudios profesionales, editadas, masterizadas, remasterizadas en formato digital por productores afamados en Los Ángeles, Nueva York o Miami. 


Quizá los especialistas discutirán el punto anterior, pero aquel mercado sabatino ofrecía a los visitantes –compuestos en su mayoría por representantes de las más excéntricas tribus urbanas de la época: trisoleros con peinados en picos que se mantenían firmes por arte de algún menjurje sólo por ellos conocido; punks nostálgicos de los años ochenta; roqueros en busca de partituras que sólo ahí podían encontrarse; y los nacientes skatos, que aprovechaban cualquier planicie de concreto para hacer suertes con la patineta–, tanto a los ocasionales como a los de culto, la posibilidad de adquirir música imposible de hallar en prácticamente ninguna otra parte, generando un espacio de intercambio que acercaba a bandas lejanas con públicos nuevos (en lo personal, eran las cintas de Los Fabulosos Cadillacs, pues si bien el éxito “Matador” no tardó en asfixiar la radio comercial, había casi una decena de cintas anteriores que no estaban a la venta en ninguna otra parte). 

La irrupción masiva del disco compacto cambió todas esas prácticas pero, como pasa con la tecnología naciente, pasaron todavía algunos años antes de ser sustituidas por completo; sin duda, muchos menos de los que convivieron el acetato y el casete, destinados a la postre a caer en el desuso y que pronto fueron sometidos por el naciente imperio digital. Las ventajas del CD eran muchas pero, hasta la aparición de las primeras computadoras con “quemador”, fue imposible mezclar los diversos gustos propios en una sola pieza, lo cual generó que muchos conserváramos nuestras viejas caseteras y, a la postre, las complementáramos con un discman que, conectado al viejo modular, permitía seguir con las viejas prácticas. 

El discman, no obstante, tenía una portabilidad poco útil. Cualquier bache, tropezón o movimiento brusco hacían saltar la pista hasta un punto impredecible; un disco compacto rayado se trababa y era necesario saltar al siguiente track; su tamaño hacía indispensable otros medios de transporte y el almacenamiento de los discos, a pesar de ser más delgados, volvió inservibles las viejas torres de casetes; para la playa, siempre era preferible cargar con grabadora y casetes que hacerlo con lectores ópticos que se volvían inservibles al mínimo roce con la arena. 

Las disqueras pronto comprendieron que lo marginal podría ser comercial, y entonces fue posible adquirir los CD de grupos como Caifanes, Maldita Vecindad, El Tri o Lira N’ Roll en cualquier MixUp o tienda departamental. En caso de no tenerlos, se pedían a otra sucursal por fax o teléfono pero, lo importante, era la venta. Los acetatos ya eran cosa del pasado. Los casetes estaban en vías de extinción y plataformas de video como el Laser Disc habían demostrado que no toda nueva invención era necesariamente mejor que la anterior. Sin embargo, la música seguía: los videos y los canales especializados de televisión como MTV contribuyeron a la masificación de lo que hasta entonces era orgullo exclusivo de conocedores. 

El rock argentino, el reggae francés o africano y otros géneros poco comerciales fueron importados por la innovadora Tower Records, donde era un lujo encontrar aquella música que sólo obtenían quienes podían viajar a esos países y continentes. A pesar de todo el avance tecnológico, valía la pena conservar los casetes viejos que ya nadie tenía y era imposible conseguir, las canciones que sonaron durante unos meses y pocos recordaban, esos tesoros de cinta que mantenían a salvo la memoria de un olvido que elegía a sus sobrevivientes con base en el número de ventas; no era Soda Stereo ni Red Red Wine, eran Calamaro, Spinetta, Charly García, Fito Páez, Peter Tosh, Syd Barret y otros tantos que vencieron fronteras, llegaron a ser parte de los catálogos y, algunos, hasta de las listas de ventas. 

Poco tardó en llegar la siguiente plataforma: tras varios intentos bastantes incómodos de encerrar música en archivos digitales (los de Sony, sobre todo) Apple entró al mercado en 2001 con iTunes, que a través de la computadora permitía almacenar mil canciones en un dispositivo del tamaño de un casete. Con esta herramienta era posible ya tener toda la música que cabía en cualquier cinta o en cualquier disco, bajo ese engañoso concepto de abundancia que volvió la cantidad un asunto de competencia: se comenzaron a popularizar frases como “ya tengo nueve mil canciones en la computadora”, o “el nuevo iPod almacena 48 horas de música continua”. Este avance tecnológico terminó por desterrar por completo las cintas de todo tipo de tienda, e incluso los aparatos para reproducirlas comenzaron a convertirse en una extrañeza cada vez más difícil de encontrar. 


Los grupos que al principio se resistieron a ser ofertados en la iTunes Store cedieron uno tras otro al éxito que ésta cobró a nivel mundial: con el mismo sistema de prepago que los celulares, es posible adquirir todo tipo de material, desde aquellos cantantes contestatarios que escuché en mi infancia y adolescencia hasta adelantos de las novedades que vendrán o incluso más canciones de las que ofrecen los discos compactos. Para quienes se resisten con el argumento de que comprar un disco en línea no te ofrece el arte del cuadernillo, ya es posible incluso hacerse de éstos en formato .pdf. 

Así, los walkman se convirtieron en objetos de coleccionista, los discman terminaron de mostrar su inutilidad y los reproductores digitales se convierten poco a poco en parte del nuevo paisaje urbano, con esos audífonos diminutos que se ajustan a la entrada del oído, que casi siempre son blancos y abstraen a quien los usa de cualquier irrupción sonora que provenga del exterior. 

Veinte años tomó para que las costumbres musicales sufrieran cambios irreversibles. De la especialización a la masificación en el uso, como ocurrió con la computación, con la fotografía, con la lectura –aunque en este campo la reticencia parece ser mayor– o con la telefonía. Pocos extrañan los rollos Kodak o Fuji y algunos recuerdan la frustración de las películas veladas o quemadas; adquirir una nueva computadora ya no requiere de la contratación de un especialista que la instale y eche a andar; nadie llora la desaparición del disco de marcación de los teléfonos viejos, así como pocos deben ser los que lamenten la caída del imperio del casete, que acompañó la adolescencia y forjó las costumbres musicales con los rituales que lo rodeaban, con las prácticas que impuso y que el desarrollo tecnológico fue dejando en el olvido hasta hacerlas vetustas y anacrónicas. 


Hace unos meses, con el último cambio de casa, salieron de su escondite las cintas viejas, unas cien, empolvadas, algunas originales pero la mayoría conformadas por grabaciones de la radio. Ya no había dónde tocarlas y su silencio era como un idioma perdido que de pronto comienza a hablarse pero que ya nadie puede entender. Conseguí un viejo tocacintas gracias a mi hermano, un coleccionista patológico de cosas viejas, y escuché algunos fragmentos al azar; palpé sus cajas de plástico, sus portadas fotocopiadas e incluso me enfrenté a tener que recurrir al viejo lápiz amarillo para devolver la cinta de uno que se enredó. Recordé que para llevar walkman hacía también falta contar con las baterías alcalinas que eran la fuente energética de su motor. 

No creo que el casete vuelva a tener nunca la importancia que tuvo alguna vez. O quizá, como ocurre hoy día con los viejos acetatos, aparezcan de nuevo en algún anaquel de tienda pero ya no como objetos útiles sino más bien como alimento de la nostalgia para quienes aún saben cómo situar la aguja en el surco indicado. Mientras eso pasa, entro a la computadora, abro la iTunes Store, busco aquellas canciones que sirvieron para conquistar a alguna mujer, para acentuar alguna amistad o para amenizar desenfrenos juveniles, y pulso la tecla digital de “Comprar”. Espero a que transcurran los tres minutos que tarda en descargarse el archivo y desde alguna parte creo escuchar el reclamo de los casetes perdidos, el llamado del mercado ilegal, las voces de otros tiempos que busco rescatar y que llegan acompañadas de imágenes de tonos muy parecidos a los que se obtienen con el filtro hoy llamado “Instagram”. 

Publicado en Etcétera, marzo 2012; http://www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=11971


domingo, 25 de marzo de 2012

Carta póstuma a Tabucchi



Un abrazo, una despedida. El principio de toda correspondencia escrita es la distancia, a la que precede el último gesto de adiós: una mano que dice hasta luego, un brazo que se agita y unos ojos que llaman a volver. Dos cuerpos entrelazados pueden ser también ese gesto, y de este modo comienza el libro Se está haciendo cada vez más tarde, novela epistolar del autor italiano Antonio Tabucchi: a partir un abrazo que en la portada representa el preludio de algún viaje, partir hacia un recorrido de cartas sin destinatario, botellas lanzadas al mar con la esperanza de tener destino en una isla, en una mano, en unos ojos... 

Una tras otra, cartas que son de nostalgia y ausencia, de esperanza por un regreso que a veces pareciera remitir a otro tiempo, a una distancia tan lejana que sólo en otros planos de vida podría acortarse y llegar a buen puerto. No obstante, el silencio, la insistencia de un remitente que no cesa su labor, que hace gala de recuentos de memorias antiguas, comunes a un alguien desconocido que cambia de traje en cada título y deja a su vez visos de ser la misma persona, el mismo destinatario que calla, que tal vez no lea, que lee y prefiere guardar silencio, que quizá en alguna parte resuelva una duda que el tiempo no pudo contestar. 

Lugares comunes para exaltar, pasado con quien compartir y la palabra que lo nombra y lo hace real; un ayer guardado en alguna frese de Jacques Brel o de Nicola di Bari; recreaciones de algún pueblo sin mapa para ubicarlo, de las urbes y las plazas, de rincones que se hacen exclusivos, propios de cada quien; los grandes espacios de bosques y alguna cabaña perdida que aún se mantiene viva al contacto con la vista; orillas que son de mirar al horizonte entre el suspiro de quien se resigna y la certeza de quien evoca; vacíos y alturas: acantilados para pensar que el vuelo es posible y que sólo bastaría contemplar un sitio de ayer compartido para hacer presente a ese alguien ausente de nuevo; mitología que es metáfora y símil: hallar en Virgilio, en Homero o en Epicteto el reflejo propio, el espejo de fábulas que poco a poco se adaptan a todos los hombres, a todos los nombres. 

Cada carta de Tabucchi anuncia un poco ese tiempo pasado, lo acerca en intentos por refrescar recuerdos que duermen y al parecer no logran despertar, lo nombra para hacerlo presente y quedar al final con el eco, única certeza de que hubo un paso, de que alguien volvió a llamar. La primera persona de cada texto en busca de una comunión con quien se extraña, con aquélla o aquél entrevistos en ocasiones, o vueltos imagen en seguida, a la primera línea que describe una forma de andar, de amar, un modo para cada hacer y todos esos vacíos que la ausencia refuerza, eleva por encima del presente para transportarnos al ayer, a un tiempo que amenaza el gris de la espera, la sequía de la añoranza, la luz que se vislumbra mientras quede algún después. 

La ventaja de la primera persona epistolar (no ocurre lo mismo en la narrativa) es ésa: no da pie a esconder lo que se quiere decir, no hay enramado que disfrace lo que viene; cada sentir, cada pensar o cada desear se vislumbran claro, a la vuelta del párrafo que lanza un reproche, algo compartido o una recomendación; la voz del yo hacia el tú sin terceros es una comunicación directa, un cualquiera que se imagina leyendo, evocando lo evocado en líneas, un destinatario que puede incluso ser el lector mismo, porque la literatura se hace propia cuando responde nuestras preguntas, cuando ayuda a desenredar el hilo de cada cual, cuando es reflejo y espejo o cuando en un espacio en blanco de nombre cabe el propio y el de nuestros demás. 

Se hace cada vez más tarde es el mensaje inicial. Se acorta el tiempo y nada en el buzón de vuelta, otra epístola y ninguna señal de respuesta; entonces las horas se viven en cuenta regresiva, como si aquella tardanza anunciada fuese un llamado, un grito al silencio de la noche que no responde sino anuncio de sueño y amanecer: una carta circular –como Borges imaginó todos los libros– que lleve a cualquier parte, incluida la nada o quien calla al otro lado, el silencio que es la muerte a los ojos del teatro heleno, la misiva que no llega y parecería entregada a la espera, a un lejano quizá. 

El pasado alcanza, el presente habla y el futuro desea. El lenguaje arroja su mano hacia delante y hacia atrás, emplea la palabra para afianzar, para constatar la presencia del ser en aquellos actos que nos devuelven vivos, más plenos: mirar la tumba de Kazantzakis perdida en algún poblado olvidado y constatar aquel epitafio “No creo en nada. No espero nada. Soy libre”. Quizá Tabucchi no lo sea, quizá su esperanza sea la de una botella bogando entre olas hasta el puerto que la marea decida. 

Se está haciendo cada vez más tarde no es una novela epistolar tradicional, es decir, no es un diálogo entre dos interlocutores que refieren su vida o su experiencia: es un monólogo, tal vez un llamado desesperado que el título confirma casi como una amenaza. El autor afirma haber escrito voces, voces de ausencia femenina, del vacío que no logra saciarse y la impresión de aquélla que está como mero recuerdo, mera memoria para evocar desde el silencio de la tinta y el papel. La carta abre los oídos, se hace voz a través de los ojos y canta presencia, la exige, la evoca, la encierra en un punto final, la despedida, que es de algún modo otra forma del principio. 

Citas en francés, en alemán, en inglés o portugués, todo refiere una impotencia, un intento por reconstruir el presente dejando de lado el ayer, a sabiendas de lo imposible del esfuerzo, un lugar único e insustituible en busca de nuevos nombres y nuevos rostros... una constante que se repite y no llega sino a otro mensaje, otra confesión hacia ninguna parte. 

Al final, una aparente voz de mujer responde al compendio entero, y concluye: Estoy aquí, la brisa acaricia mis cabellos y yo voy a tientas en la noche, porque he perdido mi hilo, ese que te di a ti. Cabe señalar que un capítulo extra, "Post-scriptum", señala las condiciones de las principales misivas, y añade que esa frase, esa carta que cierra la correspondencia es la única que Tabucchi tomó de su vida propia, la única que de verdad es la voz del autor, su deseo; es también la respuesta, solitaria "Carta al viento "que espera enramarse en la brisa y llegar al destinatario, al lector, o la mujer que se vislumbra, que se intuye detrás del epistolario, a la que se cuenta una vida para hacer más fácil su comprensión, entender lo que sucede a fuerza de explicarlo, de convencerse por sí mismo, de decirlo una y otra vez en ese truco que hace de la repetición una forma de aprendizaje. 

No obstante, el capítulo titulado "¿Para qué sirve un arpa con una cuerda sola?" podría interpretarse como el puerto de llegada, la playa donde reposa alguna respuesta que bien sería un consuelo, la razón de tanto gritar a la nada en espera de al menos un eco de calma: Sin embargo, puede ocurrir que el sentido de la vida de alguien sea el, insensato, de buscar voces desaparecidas, y acaso un día creer encontrarlas, un día cuando ya no se lo esperaba, una noche en la que está cansado, y viejo, y toca bajo la luna, y recoge todas las voces que provienen de la arena... Y sólo por ella has vivido tu vida y te parece que eso confiere un sentido a la insensatez, ¿no crees? 

La esperanza se renueva y es móvil para continuar. Ese aguardar un algo que a veces por esperar no llega, o lo hace en circunstancias tan imprevistas como cualquier mensaje que arriba a destiempo, que llega para acabar de poner todo en su sitio exacto, en el umbral del hogar. Cada carta es un poco eso: esperanza, deseo, siempre a futuro porque el presente es la palabra, la voz y los ojos que interactúan, que se dan cita bajo el signo de lo que podría ser; el ayer es el mármol de la estatua y encima descansa la historia, el pasado que se cuenta, se narra, se emplea con alevosía para mover un sentir ajeno y hacer caer en la cuenta, dar a entender que el tiempo se acaba y tú todavía no estás, que esa tercera orilla aún no se navega ni se divisa, que hace falta otro viento –otro tiempo– para alcanzar el puerto que se añora, el que por ahora pertenece a la esperanza, al quizá, a la incertidumbre de bogar un poco en manos de las olas y la brisa, que son los hilos del azar.

(Publicado en La Revista Peninsular, en 2003)