sábado, 25 de febrero de 2017

Juego de espejos y perspectivas


Foto: limulus.mx


Hay quienes sólo son capaces de crecer rodeándose de mediocres que les hacen verse más grandes.

Quizá sea por miedo, por inseguridad, por no querer verse opacados, por no permitir que nadie brille más que ellos mismos... O quizá por una mezcla de todas las anteriores.

Y ahí van por la vida, crecidos bajo una lente de aumento que se forma de adulación, de aplauso fácil, de autosatisfacción y de ego hinchado. 


Foto: taringa.net
Pero es todo una propia fantasía, como esos espejos que alteran la figura parar arrojar una imagen nuestra más obesa, inflada, tergiversada y deforme: lo peor es que asumen esa figura ilusoria como la realidad, y terminan convencidos de que ES la realidad.

Y la siguiente vez que se miran al espejo, ya no necesitan que éste les deforme. Ya asumieron esa figura y no hay error, falta o caída que les haga pensar que son o podrían ser de otro modo.

Entonces la culpa de aquella omisión probable –porque siempre quedará la duda de si en verdad es real el error– es de la suerte, de la mala leche ajena, de las "circunstancias", de un enemigo tan imaginario como ellos mismos.

Foto: psycodreamtheater.org
Y ese enemigo no es sino su estatura original proyectada ante a quienes sí crecieron por la sombra que otros proyectaban y se esforzaron por alzarse hasta ver la luz.

Así nacen los líderes auténticos y así también nacen los déspotas: un proceso opuesto que usted puede comprobar de manera cotidiana.



 

sábado, 4 de febrero de 2017

Veracruz en unas horas

(Afonía de tres días, y el viaje a punto de cancelarse... Era justa la solicitud del cuerpo: dos años recorriendo estados y algún que otro país exigían una pausa, y fue forzosa; tras tres días de cama, no obstante, y una pequeña mejoría, el libro a presentar leído y las palabras a pronunciar redactadas, todo estaba listo para partir de nuevo).

Salir de madrugada tiene la ventaja del paisaje del Pico de Orizaba desde al aire y al amanecer. La nieve gozosa desciende de la cima por las laderas y se transforma en valles fértiles a los pies de un volcán que hace años –más de veinte por estas fechas– añoré escalar; la otra ventaja era la fecha: mediados de enero sin demasiado calor al salir del avión.



Foto: el autor

Me esperaba en el aeropuerto Carlos Camacho, su novia y su hijo. Me abrazó y como viejos conocidos que acaban de conocerse, me dijo: "En otros niveles y en otros contextos, así debía recibir don Manuel Zamora a su tocayo Gómez Morin". 

Yo sabía del primero por el libro que me traía al Puerto: Cómo nace el Partido Acción Nacional en Veracruz. El origen. La lucha por la democracia. Y como todo viaje fugaz, las horas debían aprovecharse al máximo: surcamos calles que como en toda tierra de trópicos se llenan desde temprano para detenernos en la Universidad de las Naciones, donde el director académico, Jeremías Zúñiga, nos recibió con el primer café que probaba en casi una semana.

El líquido caliente con fue generoso con la garganta irritada y apenas en recuperación. Y su efecto, inmediato: los sentidos se avispan, las palabras fluyen y la charla se desenvuelve de la política a la academia a las anécdotas a lo histórico. Aparece de pronto por la puerta Arturo Mattiello, rector, sonriente, desenfadado y animoso; estrechamos manos y actualizo la imagen de quien fuera el primer diputado federal panista del estado, que en el libro aparece retratado en la tribuna unos treinta años atrás.



Foto: el autor
La siguiente escala es el Café La Parroquia, en el centro de la ciudad. "Habrá algunos reporteros que nos esperan", me dice alguien. Y es sorprendente, hasta encantador, que, la política de la ciudad y el estado tenga en este establecimiento de inicios del siglo XX –rodeado de edificios y otros establecimientos de data similar– su epicentro más recurrente. La vida pública discurre hoy como hace décadas entre sus mesas, entre bebidas calientes y antojos, entre susurros o declaraciones audibles... Un gozo que se da un pocos sitios, una tradición que recuerda la Viena del XIX, el México del porfiriato, el Paris de entreguerras.

Rechazo el tradicional "lechero" por miedo a que la garganta se resienta de más, pero no hay tiempo para elegir algo que lo sustituya. Las preguntas se suceden una tras otra y mi tocayo y yo intentamos que converjan en la presentación que tendrá lugar a las seis de la tarde. Los reporteros, en busca de algo más, arrastran los temas hacia la coyuntura del estado, el recién estrenado gobernador, los que "suenan" para la presidencial del PAN; debían ser unos 25 0 30 informadores armados de grabadoras, cámaras, celulares, micrófonos: a todos se les responde y Arturo toma la palabra para terminar, ahondando en temas locales de los que jamás podría opinar con su pericia.

Me escurro en cuanto puedo y pido un té de limón, el agua por una parte, el sobre con las hierbas separado. Bebo el agua caliente –remedio aprendido en China– sola para calmar un ardor que empieza a crecer y que el líquido mitiga al tiempo que pido una taza nueva para, ahora sí, incluir la infusión. Partimos de vuelta a la universidad para caer en la rectoría, a la oficina del propio Arturo, donde nos espera uno de los entrevistados para el libro: Guillermo Madero, hijo del otrora presidente del PAN, Pablo Emilio.

La charla comienza y se extiende hasta hacernos olvidar la hora de la comida. Hablamos del PAN viejo, del tiempo de las rupturas y los foristas: me entero que mis anfitriones estuvieron muy cerca e incluso participaron en aquel grupo. Mi curiosidad, por supuesto, se enciende y me convierto por un momento en entrevistador; siempre me ha parecido que los panistas hablamos de nuestro presente como si el pasado fuera un tiempo idílico, libre de conflictos, puro, cuasi angelical, y los días que corren no tuvieran parangón en cuanto a desvíos, mugre y desgracia. Disfruto comprobar, enterarme de detalles –algunos que lindan en el chisme– de esa época confusa, de quiebres y abandonos, no por morbo –o sí un poco– sino por confirmar que no hay pureza ni pasados libres de tribulaciones y desencantos.



Foto: el autor
Guillermo y Arturo son dos personajes excepcionales. Se complementan y pasan de la seriedad a la guasa con naturalidad. Hablamos por horas pero no pudo ser tanto tiempo porque las cuentas no cuadran y quizá el recuerdo de la palabra, la bendita y magnífica palabra, hace más flexibles y generosos los minutos que transcurrieron en la oficina del segundo.

La comida rápida para tener al menos un rato para descansar antes del evento: desfile de platillos locales, todos del mar, que me recuerdan mi infancia en Mérida y los viajes desde la Ciudad de México, en automóvil, hasta la Península, que tenían en el Puerto de Veracruz una escala forzosa. 

Llegamos poco antes de las seis al auditoria de la Universidad. En la puerta, comenzaban a arribar panistas de "la vieja guardia", algunos entrevistados para el libro, otros también llenos de historias por contar, y entonces las anécdotas se aglutinan en voces que se me confunden en la memoria y que sería incapaz de relatar a detalle. Ya en el recinto, como todo evento del PAN, la mesita con café instantáneo y galletas, un toque que no cambia en ninguna latitud del país.

Presentamos el libro el autor, yo y el Profe Bernardo Téllez, a quien saludo con el gusto de encontrar a un amigo de hace años. Cada cual destaca lo que le parece más trascendente, pero todos coincidimos en cuán importante es que la historia se preserve, se resguarde y se difunda: que sea parte vida del hoy para que pueda, a partir de esas raíz, trazarse desde el presente la ruta del porvenir. 

Leo mi intervención con cierta inseguridad: siento que en cualquier momento mi voz puede desaparecer o traicionarme. No pasa nada, pero al concluir prácticamente no puedo pronunciar palabra; siento la sequedad que abraza y ni el agua que me sirven logra humectar los músculos rendidos. 

Ya en el hotel, la pequeña cafetera –quizá la mejor de las amenidades que pueda tener una habitación– me sirve para calentar agua y beberla en el balcón, donde un cigarrillo adormece con su humo suave las cuerdas bucales. Es temprano aún y decido salir a caminar. Lo hago siguiendo el malecón hasta el centro de la ciudad, acompasado por el oleaje, con un clima benévolo y una brisa que en ocasiones llega a ser fría.

Camino por media hora. Al llegar a la zona del Café de la mañana el bullicio es digno del lugar. Dejó atrás el grato hallazgo de la estatua de Humboldt, de la zona del puerto con sus contenedores, sus barcos de carga y sus muelles, para adentrarme por callejuelas vacías, que inevitablemente desembocan en plazas donde la marimba y la música son un gozo para todos los sentidos. 



Foto: el autor

Me detengo a cenar. Milanesa con papas y varios litros de té de limón son el menú que me sirve un camarero alegre, quien bromea repitiendo las palabras que pronuncia una familia de chinos sentados en el extremo de la calle: mesa exterior, elección favorita.

Regreso por el mismo malecón ya vacío, con una iluminación modesta que es propicia para los juegos de sombras que dan al recorrido un poco de misterio. Un camino de vuelta es sumamente distinto a uno de ida, y todo lo que no aparece en un sentido lo hace en el contrario. Duermo un sueño liviano por la preocupación de despertar a las cuatro para empacar y tomar el vuelo de regreso, que saldrá a las 6.

Un último café en el aeropuerto me despide con su aroma penetrante, capricho cercano a la necedad porque sé que ya no podré hablar hasta varios días después. Me voy con Veracruz en la garganta, y proyectos que poco a poco se habrán de realizar.


Foto: el autor
  



   

viernes, 20 de enero de 2017

Mark Ryden o la vista perversa





Sólo cabría aquí, entre la tribu altanera.





El rostro infantil, la forma núbil y el contorno púber... Si el adjetivo surrealista cabe, es donde, es cuando...

Hay algo de perverso en los rostros, mucho de adulto en los cuerpos, concreción de esas "muñecas perversas" que nombró Cortázar a Carrington (sobre todo) y a Remedios Varo (quizá por deuda, herencia o deber).

Pero no son ni ella ni ella... Son algo nuevo. Una rigidez que intenta moverse, una naturaleza muerta donde aún late un rescoldo de sangre tibia.

   Es Alicia, es un dispendio de juguetes, es la marioneta que cuelga          –ahorcada– entre sus hilos en el estanco de un estanquillo que se hunde en las novelas de Dostoyevski (y que el ruso jamás incluiría en sus novelas, pero que bien podría estar ahí, como música de fondo). 



A veces pienso que nada de los últimos años tiene sentido frente a esas bocas o esos ojos que se desangran a fuerza de mirar. Pero es sólo un sentir pasajero, porque este lado es el real, el auténtico, y el de Ryden el onírico, el que no quisiera alcanzar (o quizá sí, pero mejor no).




Pienso en China, en Alicia de nuevo, en El Bosco y sus jardines, en el conejo con su reloj de cuentas largas y cortas, en los mayas, en alguna la dinastía Tang, en la época victoriana... 

Hasta en Anne Rice y sus ancestros; Lovercraft y sus casas de ausentes; Stoker y sus remakes, Vlad entre Bizancio y Roma, Mary y P.B. Shelley como herederos y dignos continuadores –hasta hoy– de un romanticismo que se extraña (los sabios  de nuestros días exigen renegar, por salud, por el "bien común").

Te mira, sin mácula ni culpa; abrevas de esos trazos... Y entonces todo e s posible... Hasta romperse uno mismo, y volver a empezar

Que así sea... 

jueves, 5 de enero de 2017

La política, la palabra


Foto: www.freepik.es

La materia prima de la política es la palabra.

Sin ésta no hay acuerdo, no hay diálogo, no hay debate, no hay compromiso... No hay, en suma, sustento alguno que haga posible la acción colectiva, la construcción del bien común: la base de la política es, pues, la palabra.

Se habla de cumplir con la palabra empeñada, es decir, con la promesa de campaña, con el compromiso adquirido y a través del cual se obtiene el voto; se hace lo propio con el pacto que hacen dos o más partidos o grupos legislativos para sacar adelante una reforma; el dirigente partidista, el candidato, el legislador, el gobernante construyen espacios donde la palabra es crucial y fundamental para cualquier objetivo.

En un Congreso o Parlamento, la palabra es también protagonista, por eso aplaudimos el discurso de un tribuno que, a través de la retórica, hace de la palabra una herramienta cuidada y fina de trabajo. El mitin se basa, por otra parte, en un discurso, una suma de palabras que buscan convencer, conmover, llamar a la acción.

El fracaso de la palabra es, por oposición a lo anterior, el fracaso de la política. 


Foto: solocomunicacion.com


En México esto quedó claro cuando el entonces candidato a la gubernatura del Estado de México comenzó a firmar ante notario público sus compromisos, con el objetivo velado de darles solidez pero con el fracaso asumido de que la palabra ya no valía lo suficiente para sostenerse por sí sola.

Requería, pues, de un sustento legal que respaldara, a través del propio notario, la certeza de su cumplimiento.

No es de extrañar entonces que el desprestigio de la política, de la clase política, llegue en un momento en el que las palabras de sus actores ya no valen, o valen cada vez menos. 

A fuerza de desgaste, de tecnicismos –la palabra reservada para los expertos–, de la mentira y el engaño –manifiestos en corrupción, en impunidad, en nepotismo–, la palabra ha perdido su valor principal, que es la verdad.

Sin verdad, la palabra, el lenguaje y la comunicación son simplemente esfuerzos vanos por tratar de decir algo que requerirá mucho esfuerzo adicional para convencer de su certeza, de lo que se quiere informar.

Al perder la verdad, la palabra pierde la confianza, otro elemento que se encuentra en retirada y ensancha la separación entre políticos y ciudadanos.

La consecuencia más reciente de todo ello es el absurdo de un Presidente de México que solicita a sus gobernados atender y confiar en las razones –expresadas en palabras– de quienes intentan explicar los motivos del aumento en los precios de los energéticos.

Importa poco la atención: la palabra que surja de ese intento de comunicación no dirá nada, caerá en oídos sordos a ella, escépticos de sus razones, incrédulos de su contenido.

El fracaso estaba anunciado desde ese eslogan brutal, "Te lo firmo y te lo cumplo".

El fracaso de la política es, así, el fracaso de la palabra. 

Foto: www.pri.org.mx

  

domingo, 18 de diciembre de 2016

Diario de viaje: unos días en Guatemala


La sorpresa fue grata como lo es todo hallazgo: dejarse sorprender, librarse de prejuicios, abrirse a la llegada –irrupción– de lo nuevo.

Guatemala aguarda y hace que de pronto todo suceda. La invitación corrió a cargo de Diana Herrera, a quien conocí en el Diplo México 2015 de la Fundación Konrad Adenauer y la Fundación Rafael Preciado. Se sumó a ello Rubén Hidalgo, director de ese magnífico reducto de la formación política en Centroamérica que es el INCEP, conocido de hace algunos años, reencontrado por esos legados que trascienden fronteras, distancias y tiempo.

Humanismo en el siglo XXI fue el tema que impartí ante militantes del partido Todos, en una jornada larga pero grata: una militancia joven en su mayoría, inquieta y entusiasta, convencida de su rol en un contexto político complejo, inestable, donde los partidos duran un aproximado de ocho años y suman, en total, casi tres decenas.

Partidos, cabe señalar, de ocasión, de esos que nacen para ver qué ganan, con quién se alían para sobrevivir, cómo se aferran al presupuesto público y logran mantenerse a flote lo suficiente para enriquecer a sus dueños; en ese escenario de inmediatez, Todos apuesta por un mediano plazo, con la certeza de que sólo a través de la capacitación y la construcción de una estructura municipal es posible permanecer de manera seria, contribuyendo a la formación de una cultura política que supere la protesta y la plaza para transitar a la estabilidad.

El encuentro con nuevos y viejos amigos fue el gusto de las vistas, de los saludos francos y entrañables: el propio Rubén y Marco Antonio Barahona, quien contó anécdotas de mi padre en una sobremesa exquisita; Vinicio y Marco, Maggie y Norma, Ricardo, Hugo y Stephanie, que me regalaron charlas, encuentros breves pero exquisitos para atesorar en la memoria.

De la ciudad fue luego encontrarse con quienes participaríamos en la reunión de becarios de la KAS, que tuvo lugar en Panajachel: Diana, Jesús y María Fernanda, Ofelia y Pavel, encuentros y reencuentros en una cena que fue risas, anécdotas compartidas y un trayecto que, al día siguiente, ya con los chicos que participarían en el evento, tuvo la escala de un café necesario, de unos frenos averiados y el gozo de una estancia donde el lago y los volcanes se sumaron para dar forma a dos jornadas inolvidables.

Annette Schwarzbauer, de la KAS Guatemala-Honduras, fue nuestra anfitriona. Un encuentro en el que por primera pude impartir un curso fuera de México: la conferencia "Candidaturas independientes: en busca del ciudadano perdido". Ahí, algunos de los ya mencionados, así como unos veinte chicos más, Cinthya, Ricardo, participaron en conferencias, talleres y tertulias que sumaron conocimiento, entusiasmo y gusto a quienes no nos cansamos de aprender y aprehender cuánto de nuevo hay en cuántas cosas que se ignoran.

Las últimas horas fueron, como deben ser, apresuradas, con los pendientes que son promesas y razones para volver, ahondando en historias y proyectos, haciendo el mundo más pequeño porque las fronteras se acortan, se vuelven puntos de encuentro en nombres y rostros que se llaman como se nombra la amistad.

¡Gracias Guatemala!


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Una plática extraña




Ocurrió el miércoles 23 de noviembre, en el CEN de Acción Nacional, al toparme con uno de los asistentes al foro que tuvo lugar ese día.

—¿Cómo estás?, pregunté a manera de saludo.
—¡Bien, muy contento por el triunfo de Trump, y sigue el de Le Pen en Francia, eso está muy bien!

La respuesta no me sorprendió: en el PAN conviven grupos de muchos tipos, incluso radicales nostálgicos de tiempos que por desgracia amenazan con volver. 

—Pues a mi eso me preocupa mucho y no me alegra ni remotamente...
—¿Por qué—, interrumpió alarmado el interlocutor.
—Porque son una sarta de fascistas.
—Yo ya incluso formé un grupo en defensa del nacionalismo—, añadió para cambiar de tema.
—¿Nacionalismo como el del PRI?—, pregunté.
—No, nacionalismo comunitario.

No supe qué decir. Mis categorías "ísmicas" no tenían el registro de esa mezcla. Ante el silencio, continuó.

—Estaremos con todo contra el dominio judío; si Trump no nos quiere hay que tener un plan B, contra él, contra todo lo que viene de fuera.
—Francamente yo estoy un poco harto de lo contra, de lo anti... Más bien estoy a favor de fortalecer nuestra democracia, a favor de explorar nuevos mercados, a favor de abrir nuevas fronteras, a favor de que participen todos los que gusten participar.

Me miró desencajado y en ese momento recordé su rostro: asistió a una conferencia que impartí y en su intervención, en la sesión de preguntas y respuestas, defendió el sinarquismo como alternativa para nuestro tiempo.

Uno que pasaba se detuvo a saludar e interrumpió la charla. Me alejé en cuanto pude, convencido de cuánto nos falta – empezando por lo interno– difundir y promover los valores que sostengan nuestra democracia.

Ahora que lo escribo me parece inverosímil, francamente alarmante pero así es: falta mucho por hacer.  





domingo, 20 de noviembre de 2016

Espera del alba

En octubre tuve ocasión de volver a Sinaloa. 
Ahí, amigos entrañables hicieron de mi visita el gozo de parajes nuevos, el hallazgo de nombres y maravillas que conviven en ese estado. 
Me indignaba, en silencio, la estupidez de sus gobernantes, el contraste de estos con la gente buena, y la injusticia que se cierne sobre una tierra generosa y mágica. 
Recorrimos kilómetros a centenares: lo que sigue son algunas estampas de esos sentimientos encontrados y contrapuestos. 

Foto: el autor


I

A la hora de la víspera
por la ruta que conduce a un puerto menor,
esteros y montes arrojan destellos
azules y verdes, los últimos de un día otoño.
El mangle serpea la vera del camino
y andamos de prisa para llegar a la costa.
Un sol es el norte de la ruta, 
alcanzarlo en la línea del horizonte marino,
nuestro destino.
"Aquí pescábamos mi padre y yo hace años"
recuerda una voz a bordo, 
con el tono de lo que no será nunca más.
Laderas y brazos de mar alternan
ahí donde somos intrusos, visitantes
bienvenidos que acuden al encuentro
de páramos olvidados.
La última nota del día es más rápida
de lo que podría pensarse:
el astro que se apaga y se hunde 
dura apenas unos segundos desde que toca
la superficie del mar hasta su total ausencia.
Su legado, no obstante, es un halo de luz
generoso que alumbra nuestro regreso
sin dejar duda de que la noche 
acompasará nuestra vuelta.


Foto: el autor


II

Un halo de obscuridad acalla nuestra charla
para dejar que las voces de aves celebren
el fin de la jornada.
Se instala un silencio profundo, epifanía
de los hombres y dominio natural.
El paisaje es otro, todo nuevo, todo virgen
en la ruta de regreso: luces opacas,
la diestra es la zurda, el ámbar es plúmbeo
y sombras los brillos que incendiaron la vista.
Súbita y oscura, una bandada de murciélagos 
traza formas negras contra un cielo en decadencia;
emergen a millares de las grutas de una roca herida, 
y es angustia, maravilla, asombro y temor.
Encuentro de símbolos y arcanos,
presagio y elementos de la magia antigua,
emblemas de poderes en olvido, rescoldo
atroz pero incendiario de un tiempo muerto.
Su canto es un chirriar agudo; su vuelo sin destino
les lleva a la busca de sangre nueva y fresca
que es tanta por aquí.







III 

El alba aguarda celebrar nuevos días, 
conciliar a la tierra con sus hijos.
El alba traerá las rutas que devuelvan al amor.
Mientras sigue una noche oscura:
ceremonias de interior.



Foto: el autor








miércoles, 16 de noviembre de 2016

Campañas como guerras: la eficacia riesgosa

Ilustración: www.desalambrar.com.ar


¿Se vale todo lo que no prohíbe la ley para ganar una elección?

La pregunta cabe en un contexto en el que las gestas electorales son eso: auténticas batallas por un cargo público, en el que dos o más contendientes harán prácticamente todo lo posible por obtener el voto.

Y está bien, hay que escuchar propuestas, contrastar proyectos, conocer a fondo a quienes se postulan para conducir cualquier nivel de gobierno de un país.

Pero hay límites que, una vez sobrepasados, hacen imposible dar vuelta atrás. Esos límites, empero, no son los de la ley sino, más bien, podrían ser los de una ética que apunta a no vulnerar el espacio común, las instituciones, la vida personal de los candidatos o sus cercanos.

O también: no apuntalar fama o reflectores sobre minorías, grupos vulnerables, posturas maniqueas o soluciones simplistas o artificiales a problemas complejos, que requieren mucho más que discursos de buenas intenciones para su resolución.

Sin embargo, la tendencia es exactamente la contraria, azuzada por algunos medios de información que lucran con el show mediático de este tipo de argumentaciones, que se consumen por el público con facilidad y casi con avidez.

Donald Trump en Estados Unidos hizo todo lo que lindó en el borde de la ley para construir una fama que, buena o mala, es presencia y renombre para la “civilización del espectáculo”.


Ilustración: ecologismoliterario.blogspot.com


Misma estrategia, empero, a la impulsada en México durante cada elección presidencial, desde 2006, por Andrés Manuel López Obrador: convertir el debate público en un espectáculo, deslegitimar al rival por decisión unipersonal, esgrimir a los seguidores (fieles, para el caso) argumentos demagogos y superficiales, descalificar todo aquello que se oponga a lo dicho por él mismo.

También para el caso mexicano, las recién estrenadas candidaturas independientes apuntalan su prestigio en la descalificación de la política realizada por los partidos tradicionales, vulnerando con ello instituciones que si bien son perfectibles y ostentan no pocos problemas, son parte del bien común del país, de aquello que en fin de cuentas hace posible la propia democracia.

Si la campaña electoral permite todo lo que no viole la ley, los límites se vuelven tenues y frágiles, porque en nombre de la libertad esa misma ley permite que la propia democracia atente contra sí misma.

Y la mejor forma de destruir una democracia es democráticamente.

Ocurrió ya en Venezuela, donde Hugo Chávez hizo de su muy democrática llegada al poder lo que hoy es hambruna, falta de servicios básicos, inflación exorbitante y miseria.

Lo mismo que en Inglaterra con el llamado Brexit, donde fue sometida a la voluntad popular una decisión que deja una fisura grave en un proceso que, para muchos, ha representado uno de los avances más contundentes de la humanidad: la Unión Europea.

Por fortuna, la estrategia de la demolición institucional durante las campañas no siempre da resultados: España resiste, a pesar de las tentaciones populistas de Podemos y Pablo Iglesias, a una estampida en la que la gente ha reaccionado a favor de las instituciones, aunque con una mayoría endeble que apenas alcanzó para ser gobierno.

Ilustración: eldebate-pfc.blogspot.com

Si la democracia ha resultado la mejor forma de gobierno para una gran cantidad de países, bien vale la pena preguntar si es válido, más allá de lo legal, un comportamiento que en nombre de la libertad que permite la democracia atente contra las bases mínimas sobre las que estas se sostiene.

En todos los casos en que este atentado tiene eco o alcanza algún éxito, la figura individual, de aislamiento o de loa a la personalidad de uno es la que triunfa: estos es, siempre hay uno al frente que se asume como la solución a los problemas, que se erige como portavoz de las respuestas, así como el formulador de las preguntas.

El reto está y seguirá presente: ¿cómo evitar que a fuerza de votos, de argumentos simplistas, de respuestas parciales o incompletas, la democracia pueda ser utilizada como herramienta contra sí misma?

¿Cómo evitar que en una campaña los candidatos, los allegados, los seguidores no lo sean desde el radicalismo de los extremos y sí desde la certeza de que el tiempo electoral termina y, a partir de ese momento, se construye en común, sobre todo con quien resultó perdedor

La ética puede ser el principio de una respuesta porque es precisamente la que rige, más allá de lo legal, el actuar individual de la libertad.



sábado, 15 de octubre de 2016

Quizá lo que pasa es que la música... Apología de Bob Dylan




Pasa con la música que su acceso y su disfrute se hicieron sencillos, se popularizaron. Y esto no es bueno ni malo: simplemente es, ha sido así desde que Thomas Alva descubrió que podían capturarse en una plataforma compacta los sonidos y reproducirse las veces que fuese necesario.

De ahí en adelante todo fue hacer más compacta esa plataforma, más sofisticados los instrumentos, masivo el público, y con la masificación inevitablemente llega la simplicidad (lo supo Canetti, lo supo Ortega).

Simplicidad de quien dice y de lo que dice, simplicidad de quien escucha. Sin embargo, el idioma es el mismo: siete notas y su infinidad posible de mezclas, variaciones, armonías. Quizá no hay arte que se haya expandido bajo los designios del pop como lo hizo la música. 

Las letras, no obstante, también cayeron bajo ese influjo: el bestseller, la literatura que alguien llamó "de aeropuerto", "úsese y deséchese". Pocos vuelven a una novela de esas características, pero la canción se repite una y otra vez, se registra en el inconsciente, nos sorprende en el tarareo que no respeta el albedrío y simplemente surge como manifestación de una memoria que supera la voluntad.

La simplicidad y la masificación han hecho de la música algo que ya no requiere de todos los sentidos para apreciarse. Se escucha música de fondo, se le usa como distractor en un baño, en el trayecto lento y tedioso del tráfico en las ciudades o como acompañante sonoro en la carretera, en los ascensores, en el bar donde incluso puede interferir el desarrollo de una buena charla.

Quizá por eso ya la música se escucha poco, aunque su presencia sea mayor que cualquier otra manifestación humana. Se oye mucha música, se mide el prestigio de una "playlist" por la cantidad de canciones o la calidad de un cantante por la cantidad de copias vendidas: del LP al walkman y de ahí al discman, limitados por la cantidad de "tracks" que cada uno podía contener, llegaron el mp3 y la nube para lograr que pudiera ser en teoría infinito el número de canciones que pueden albergarse en un dispositivo.  

Como ningún otro arte la música se masificó. Y con ello también se simplificó. De la sinfonía compleja a las dos o incluso una nota de lo que hoy prevalece en el gusto popular. Importa poco lo que diga la canción: su misión principal no es la reflexión sino el entretenimiento. Y eso no es ni bueno ni malo, simplemente es.

Y entonces pasa que cuando alguien dice algo que puede mover una fibra íntima, como sólo lo hace el arte; cuando una frase es capaz de provocar una revolución en lo individual; cuando la sensibilidad se sacude y estremece frente a una idea que se acompaña de alguna tonada, quizá entonces nos demos cuenta de que ya no hay, o está en extinción, la capacidad de detenerse y dejarse envolver –no se diga impulsar– por esa idea.

El Nobel a Bob Dylan, a mi entender, es el reconocimiento a esas cumbres que las ideas, acompañadas de música, son capaces de revelar. Un premio a esa capacidad de ordenar y expresar lo propio y con ello dejar atrás lo individual para manifestar un sentimiento compartido. Como lo hace la pintura que exige detenerse y observar sin prisa, como lo hace la literatura: no solamente atrapando uno de los sentidos sino abstrayendo toda nuestra percepción para trasladarnos a una zona que sólo el arte logra abrir.

Eso es lo que yo creo que se premia: el talento de alguien capaz de, con siete notas y las letras del alfabeto, sacarnos de nuestra rutina y devolvernos a donde el arte nos lleva: a donde dejamos de ser nosotros para ser alguien más, algo más... Eso a algunos los fascina, y a otros los aterra.


jueves, 13 de octubre de 2016

Tómenla puristas: es Bob Dylan


Para iniciar un perfecto #juevesaltanero, 
el Nobel de Literatura es para 
Bob Dylan, 
visitante predilecto de este espacio, 
inspiración de mucho, 
música de fondo desde hace años...

Para celebrarlo, una frase:

"So don't fear if u hear
a foreign sound, to your ear..." 



PS. Lástima Murakami...

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Decálogo para construir un discurso de odio




foto: www.adl.org

El siguiente decálogo fue ideado a partir de las respuestas obtenidas de varios ejercicios: el primero, una publicación en Facebook del 10 de septiembre de este año; el segundo, una entrada en este blog (http://altaneriasyaltaneros.blogspot.mx/2016/09/esas-familias-nuestras.html); y el tercero, un artículo publicado en Mexican Times (http://themexicantimes.mx/el-pan-y-la-familia-mitos-y-verdades/). Esta síntesis demuestra cuánta intolerancia y cuánto peligro hay hoy en día en México respecto de algunos temas que se abordan desde la reducción de la diversidad al pensamiento que se pretende único.



1. Identifique un grupo meta

2. Enciérrelo bajo un concepto ya sea de raza o de pensamiento ("ideología de género", por ejemplo) y acúselo de querer construir una "dictadura".

3. Construya un argumento lo más extremo posible y, de preferencia, reduzca la realidad a extremos inconciliables (ellos/nosotros, buenos/malos, normal/anormal, natural/antinatural). Para ello se recomienda utilizar argumentos jurídicos, morales, filosóficos: todo lo que justifique su única razón. 

4. Justifique sus posturas aduciendo que ese grupo identificado en el Punto 1 podría acabar con la especie humana.

5. Júntese con quienes piensen igual que usted y organícese.

6. Obtenga el apoyo de alguna institución lo más arraigada posible. 

7. Busque algún patrocinador e invente un logotipo, un eslogan, una página web, etcétera. 

8. Convoque a manifestaciones que repitan a coro lo realizado en el punto 3.

9. Tache de intolerantes quienes no piensen como usted: generalice lo más posible.

10. Siéntese a esperar a ser el nuevo grupo meta de alguien más que seguramente ya prepara un discurso de odio en contra de Usted.