lunes, 8 de noviembre de 2010

CARLOS CASTILLO PERAZA. EDICIÓN CONMEMORATIVA

Se presentan a continuación los prólogos de los tres tomos de la edición preparada para el décimo aniversario luctuoso de Carlos Castillo Peraza, en un esfuerzo por difundir su obra periodística, política y doctrinaria.

Los libros se encuentran disponibles en la Fundación Rafael Preciado Hernández.
www.fundacionpreciado.org.mx


Tomo 1. Más allá de la política

Más allá de las actividades y labores desempeñadas en la actividad política y partidista, Carlos Castillo Peraza tuvo un primer oficio, que como él mismo comentaba, era el de “escribidor“. Con este término resumía una vocación que ya desde finales de los años sesenta, y muy probablemente con anterioridad, llevaba al joven de veinte años a dejar asentadas en las palabras del idioma aquellas ideas que comenzaban a aflorar, a madurar poco a poco.

Durante su juventud en Mérida, Yucatán había abrevado en las lecturas de la biblioteca de algún tío abuelo, de nombre Pedro, al que nunca dejó de referirse, al que siempre, en voz alta o silencio, rindió homenajes propios, ceremonias de interior. La educación escolar del Colegio Montejo añadía el cauce, y una curiosidad natural nacía de esa suma, de la vista postrada en un entorno donde hay que buscar los ríos, en una ciudad que por esos años gozaba con los resabios de una malgastada herencia debida al auge henequenero, en una aldea que nacía del blanco y era la suma de todos los colores.

Con ese bagaje acuñó el texto con el que abrimos el primer volumen de esta edición conmemorativa, un cuento en el que el escritor aún novel y en vías de maduración, deposita ese legado en un retrato regionalista, la micro historia que retrata, con un pie en la narrativa y otro en el testimonio. Más tarde, en la obra que cierra este ejemplar, el autor volvería la vista a esas mismas fuentes, a los páramos de la juventud, para retratar en la obra póstuma que el autor legó, novela inconclusa, Volverás, la aldea originaria con los ojos de quien ya para entonces había visto el mundo.

Entre uno y otro textos están los años de crecimiento, de México a Europa y de vuelta a la península yucateca, siempre con la voluntad de dar fe de lo visto, esbozar, criticar y señalar, explicar; la vocación de la mirada y la vocación de la escritura llenaban los reportajes en las páginas del Diario de Yucatán, en las ediciones del fin de semana.

Fueron los años de Roma y Friburgo, los últimos sesentas y hasta mediados de la siguiente década, al cobijo del aula universitaria pero con los sucesos aún recientes del 68 flotando en el aire, con brisa de libertad. Fue la época de la guía universitaria con los griegos y la escolástica, la Edad media, Sartre y Camus, el Personalismo y Maritain, Hannah Arendt y Yourcenar; lecturas que se complementan con la experiencia cotidiana en el nuevo país, la lengua, las costumbres, el esto se pide así, los viajes por regiones aledañas, los nuevos paisaje y las nuevas vistas que llenaban páginas con los golpes entintados de la máquina de escribir.

El periodismo llegaba como vocación y necesidad. Carlos Castillo encontró en éste, desde muy temprano, un modo de expresión que se colmaba con la filosofía, el arte, la literatura, el cine, lo visto, lo aprendido, lo vivido; de igual modo, fue sustento económico que ofrecía, de manera paralela y ya de vuelta a Mérida, a mediados de los setenta, trabajar en la redacción de aquel diario donde, adolescente, había aprendido la vida entre bobinas, equipos de escritura, rotativas, linotipos, que es un periódico. Contaba con gusto cómo, alguna vez, apenas haber ingresado de aprendiz, llegó alguna nota escrita en francés, con carácter de urgente, y que con lo aprendido en el seminario y en el grado secundario pudo traducir aquel papel, lo que le valió una carrera que desarrollaría del final de los setenta y hasta mediados de los ochenta. En Diario de Yucatán escribió siempre. Le guardaba un cariño leal y admiraba el heroísmo de aquellos que se enfrentaban a un gobierno autoritario y publicaban las acciones viles y antidemocráticas de un régimen que era descubierto y puesto en evidencia desde aquellas páginas.

La lucha contra ese régimen exigía compromiso. El Partido Acción Nacional crecía en la Península y demandaba de la participación activa. En 1986 se instaló de manera definitiva en la ciudad de México, luego de haber competido por la alcaldía de Mérida y la gubernatura de Yucatán. La posibilidad de publicar se convertía entonces en un espacio donde dar testimonio de esa lucha, dónde advertir sobre los avances y los atropellos; los temas cambiaban como los hacían las ciudades y las circunstancias. Entonces los discursos la redacción de plataformas políticas, de programas, de cursos y talleres, de los textos para las publicaciones propias del partido y aquellas en las que poco a poco se abría paso.

Los textos que conforman esa etapa política han sido reunidos ya en distintos libros. Más allá de la política pretende retratar esos años anteriores, formativos, cuando Castillo Peraza construyó un estilo que, más cercano a la estética y a la crítica, abre otra veta de esa personalidad curiosa, consciente de que los hombres y su mundo son más que la pura voluntad de dominarse, y que el alma requiere también contemplar, estudiar, aprehender lo bello.

Como en toda antología, la presente es deudora de muchos, y espera que el apoyo y el entusiasmo sean retribuidos con el resultado final. Reunir los textos seleccionados (y otros que por cuestiones editoriales no tuvieron cabida) fue una labor compleja y dedicada, a iniciativa de Julieta López Morales, que recordaba aquellas publicaciones en fines de semana a las que Carlos dedicaba cada día dos o tres horas, y de las que en buena medida es cómplice y coprotagonista. Juan Pablo Castillo coordinó la búsqueda en la hemeroteca de unos tomos vetustos y desgastados, que fue necesario transcribir a mano y luego capturar. La idea original de esta colección, compuesta por los volúmenes 2. La plaza y la tribuna, y 3. Doctrina e ideología nació una tarde, alrededor de una mesa, cuando a petición de Julieta, Juan Pablo, Julio y quien estas líneas suscribe, nos reunimos para decidir qué hacer con una variedad de textos que habían quedado fuera, clasificarlos y constatar que la colección, en sus tres tomos, desataba tres facetas decisivas (la periodística, la del militante y la del ideólogo) en la vida de Carlos Castillo Peraza, a través de su propia pluma. El Partido Acción Nacional, a través de su presidente, César Nava, recibió gustoso la idea de sacar a la luz esta Edición Conmemorativa. Décimo aniversario luctuoso, a través de los empeños de la Fundación Rafael Preciado Hernández y su director, Gerardo Aranda Orozco. Gonzalo Tassier puso el detalle gráfico, siempre atinado y siempre bienvenido, y encontró el modo de armonizar esa terna de textos diversos en la unidad de una colección.

Como dejó asentado en Volverás, Carlos supo ser testigo ante sí mismo, supo dar un testimonio que compartió, generoso, a través de sus textos, sus reportajes, sus entrevistas, sus artículos. El registro de esos años es lo que el lector tiene entre manos, una oportunidad para refrendar que la lectura de un autor es el mejor –y quizá único– medio para conmemorarlo. Es un gusto comprobar que, a diez años de su partida, la pluma de Carlos Castillo Peraza todavía guarda tinta para una idea más.


Tomo 2. La plaza y la tribuna
Como militante en la filas del Partido Acción Nacional, Carlos Castillo Peraza ocupó distintos cargos institucionales, trincheras desde las cuales fue construyendo una carrera política en la que descubrió espacio para desarrollar aquello que, durante los años de estudio y vida tanto en Europa como en Mérida, fue forjándose como una vocación a la que dedicaría más de treinta años: la del militante.

Ser oposición en los años del autoritarismo era complejo y, en buena medida, un acto heroico con el que se intentaba, desde el precario entramado legal, modificar las condiciones de la acción política para encauzarla hacia la democracia, derrotero de los fundadores del panismo y que sólo hasta finales de los años ochenta pudo ver plasmadas sus exigencias en elecciones ganadas y reconocidas por el partido oficial, requisito este último indispensable para acceder al poder.

Entre 1988 y 1991 Castillo Peraza fue diputado, poniendo en alto la tradición parlamentaria de Acción Nacional con intervenciones en tribuna que, como se decía en esos años, “ganaban el debate pero perdían la votación”. En este segundo volumen de la Edición conmemorativa. Décimo aniversario luctuoso, se han reunido algunas de esas participaciones: discursos que reflejan cómo aquella vocación de “escribidor” tenía su equivalente en la tradición oral del tribuno, que sabe utilizar la retórica y la argumentación como herramientas para el debate.

Pocos años después, en 1993, Castillo Peraza sería electo presidente nacional de su partido, con discursos y propuestas que aún permanecen el la tradición oral y escrita del panismo, y que decidimos incluir pues son reflejo de un modo de conducir y guiar un esfuerzo colectivo que bien podría denominarse el del líder, que por tener claro el pasado y el futuro sabe qué decisiones tomar y por dónde conducirlas en el presente. Así, llegaría la época de los grandes triunfos electorales y un momento que resultó fundamental para el país en su conjunto, pues abrió las posibilidades de una auténtica transición de un sistema hegemónico a otro en el que la voluntad de los mexicanos fuese plenamente respetada y representada. De este gran avance democratizador fueron actores y testigos un gran número de mexicanas y mexicanos que supieron asumir con altura de miras su papel en un tiempo y espacio determinados, muchos de ellos llamados héroes anónimos y otros tantos cuyos nombre son ya parte de nuestra tradición democrática.

La labor de dirigir se completaba con la de conferencista. Para Acción Nacional, la tradición oral reposa también en esas charlas en las que se rescata la anécdota, en las que los protagonistas cuentan lo hecho, lo visto, lo a su vez escuchado. Hay memoria cuando hay historia, y Castillo Peraza transmitía esa tradición, la estudiaba, la traducía al presente y extraía de ello una vista al futuro capaz de esclarecer; pedía honrar las tradiciones pero no quedarse mirando atónitos el pasado sino utilizar la técnica para solucionar, de acuerdo con los principios del humanismo, los problemas derivados de ese empeño por servir a una nación, y que es el sentido de la acción política.

En 1997 el esfuerzo democratizador tocaría las puertas de la ciudad de México cuando, por vez primera en casi setenta años, sus habitantes pudieron elegir al titular del ejecutivo local. Carlos fue entonces la cabeza de una campaña que si bien no obtuvo el favor de los ciudadanos, sí despertó la conciencia de la importancia que esa oportunidad representaba, supo detectar problemas y retos aún hoy vigentes y proponer soluciones que todavía están pendientes de poner en práctica. Algunos de los discursos pronunciados en esa ocasión se encuentran también en estas páginas, como muestra de esa otra gran tradición panista que es la de construir plataformas electorales acordes con los problemas de la realidad y exponerlas al electorado, en una suma que presenta la adaptación pragmática de la doctrina de Acción Nacional, en un equilibrio que de sobra ha demostrado su efectividad y su atractivo: es la materialización de esa “apuesta por nosotros mismos” que Castillo Peraza exigía para un partido sustentado en bases doctrinarias que incluso hoy día conservan su vigencia.

Mucho del material incluido en este apartado no había sido publicado con anterioridad y reposaba en los archivos, o más lamentable aún, cerca ya del olvido. Así lo hizo saber Feliciana Álvarez, quien resguardó de manera generosa el grueso de los discursos de aquella campaña que sólo hasta ahora ven la luz en forma de libro, no todos, sin duda, pues el total representaría un sólo volumen que por sus carácter temporal abrumaría hasta al más dedicado de los lectores; elegimos, no obstante, algunas piezas representativas en campaña, frente al electorado, sometiendo a la prueba de las urnas sus ideas y las de su partido. Como el propio Carlos señalaba, con sarcasmo y un dejo de ironía, jamás ganó una contienda electoral, pero dada la distancia geográfica y tecnológica de aquéllas que encabezó en Mérida durante los años ochenta, y la imposibilidad de recuperar las piezas de aquella época, decidimos que publicar estos discursos y estos programas sería representativo de cómo el militante, conocedor de la doctrina y de la realidad de su entorno, pone al servicio de su partido un bagaje de conocimientos, experiencias y voluntad para presentarse frente al electorado con una opción real y responsable de gobierno.

Al igual que los otros dos volúmenes que conforman esta colección, 1. Más allá de la política y 3. Doctrina e ideología, el presente debe mucho a un sinnúmero de manos que colaboraron no sólo en su conformación sino en evitar que el tiempo borrara lo que hemos llamado el legado oral de Carlos Castillo. Entre ellos se encuentran, en primer lugar, Julieta López Morales, quien con ánimo y decisión encabezó la idea original de este proyecto. De igual modo, Julio Castillo, quien seleccionó y clasificó el material disponible, recabado de recuerdos propios y ajenos y al que se sumaron nombres como Javier Brown y Aminadab Pérez Franco, quienes pusieron a disposición buena parte de sus archivos personales para completar este esfuerzo.

No sobra sino señalar el deseo de que la presente colección sea un retrato de tres facetas que destacaron en la vida de Carlos Castillo Peraza: la de periodista, la de ideólogo y la de militante, que en este segundo tomo, La plaza y la tribuna, refleja cómo el pensamiento puesto al servicio de una causa noble y elevada –México y su democracia– es instrumento y herramienta para transformar, desde las instituciones y la legalidad, un país que aún aguarda el compromiso decidido del total de su clase política. Esperamos que el resultado final de este esfuerzo colectivo de edición y compilación no sólo honre la memoria de Carlos sino que, además, exprese el agradecimiento a quienes participaron en su conformación, que es, en fin de cuentas, la mejor y más prolija recompensa.



Tomo 3. Doctrina e ideología
La aplicación práctica de una doctrina, escribió alguna vez Carlos Castillo Peraza, es la ideología, que pretende solucionar un problema específico a partir de unos principios y unos valores inamovibles. El reto para el político de Acción Nacional, a la luz de este argumento, es mayor y más complejo, pues implica no sólo el conocimiento profundo del dogma sino la imaginación suficiente para dar respuesta, con las voces del pasado, a un problema del presente, de la realidad.

Desde muy temprana edad, Castillo Peraza se esmeró por conocer a fondo la doctrina panista, estudiarla desde sus fuentes originales, completar sus postulados con los de la teoría política, sumar a sus consideraciones aquéllas que iba abrevando de los libros y, a su vez, llevarlas a la práctica a través de la vida partidista. Entendió como muchos lo hicieron en el pasado la imperiosa necesidad de transmitir ese cuerpo doctrinal y esas experiencias a través de la capacitación y la formación; que crear cuadros preparados para defender desde el debate los postulados humanistas es indispensable para producir una clase política que, consciente de la importancia del pasado, sepa enfrentar los retos del presente con sentido de futuro, de trascendencia. El hoy no empieza y termina en el aquí y en el ahora sino que proviene de una historia y es a su vez generador del mañana.

El presente volumen de esta Edición Conmemorativa. Décimo aniversario luctuoso pretende mostrar cómo aquella vocación y devoción por el pensamiento bien estructurado y clarificador rindió frutos que todavía hoy llevan a considerar a su autor como “el último gran ideólogo del panismo”. Último, no obstante, indica fin, y ese mote sin duda habría ofendido al propio Carlos, que pidió fundar nuevas tradiciones desde la tradición heredada, que también dejó escrito que la diferencia entre filosofía y doctrina estriba en que la primera puede quedar a salvo en lo libros, mientras que la segunda requiere difundirse y enseñarse para sobrevivir.

Doctrina e ideología, título con el que decidimos reunir los principales textos de Castillo Peraza sobre el pensamiento de Acción Nacional, es a su vez un esfuerzo para impulsar la construcción de una cultura política que se proponga, desde las filas partidistas, seguir avanzando en la consecución de una nueva victoria cultural, que deberá ser la de la legalidad, la de la rendición de cuentas, la de la transparencia; en fin, la de los valores de la democracia.

La obra se encuentra dividida en tres apartados: el primero incluye tres escritos sobre dos de los fundadores del PAN, Manuel Gómez Morin y Efraín González Luna, como puntales de una obra que perduraría a lo largo del tiempo y que varias décadas más tarde haría posible el cambio pacífico e institucional en México; el segundo reúne aquellos textos en los que el autor, ya sea a través de conferencias o de escritos publicados en la revista Palabra –qué el mismo fundara a finales de los años ochenta–, responde desde el pensamiento y la doctrina a los retos de un partido que crecía, que ganaba poco a poco elecciones y espacio de poder, y que a su vez se enfrentaba a los retos de ser gobierno y al mismo tiempo ser oposición, es decir, los desafíos del pluralismo, de la alternancia, de la generosidad; el tercero contiene diversos escritos sobre la transición de nuestro país a la democracia y los retos que el autor vislumbraba entonces, con atinada precisión, como las siguientes batallas que Acción Nacional debiera entablar: entre éstas, la de un mundo global, la unidad ante la derrota y ante el triunfo, la redignificación de la política frente a la sociedad, entre otras tantas que el lector podrá encontrar mencionadas.

Así, se completa la intención original de esta colección, que es la de mostrar tres facetas de la vida profesional de Carlos Castillo Peraza, la de periodista, la de militante y la de ideólogo, un homenaje a esa clase de políticos que no podían calificarse de “profesionales” porque hacer política, aun a mediados de los años noventa, no necesariamente representaba un modo de ganarse la vida sino, más bien, de contribuir a la movilización de conciencias y almas, de crear un sentido de participación entre las y los mexicanos, de aguardar a que la evolución del país en su conjunto abriera el camino para el nuevo régimen. No se apostó por el cambio radical ni instantáneo, mucho menos por una revolución que ya había demostrado su incapacidad para responder a las demandas sociales: se creó ciudadanía, se construyó desde abajo, se trabajó durante mucho tiempo para alcanzar algo perdurable. El resultado: nuestro actual entramado institucional, aún perfectible, pero necesario punto de partida.

Fueron muchas manos las que participaron de manera activa y entusiasta en esta compilación. En primer lugar, las de Julieta López Morales, que impulsó el inicio de esta idea e imprimió energía y ánimo para que llegara a buen puerto; de igual modo, Julio Castillo López, quien aportó textos recabados tanto en revistas como en grabaciones que habían permanecido en silencio durante décadas. Juan Pablo Castillo López hizo lo propio con manuscritos y fotocopias que requerían ser digitalizados y transcritos para su posterior edición.

Como todo homenaje, el presente es un intento por mantener viva la memoria de Carlos Castillo Peraza, padre de familia, periodista, militante, ideólogo pero, sobre todo, mexicano comprometido con su tiempo y su país, convencido de que el trabajo político serio, responsable y comprometido es el camino –el único en democracia– para alcanzar los grandes cambios, tanto los ya logrados como los muchos que quedan por construir.

Carlos Castillo López




domingo, 7 de noviembre de 2010

Camus: reflexiones breves



Reflejo de las contradicciones más profundas del espíritu y del actuar humanos, espejo de una ruptura en el seno del ser y su intento por hallar una cura, el pensamiento de Albert Camus nació en las calles de una Argelia que vivía a la sombra francesa, se forjó bajo los estragos de las dos afrentas bélicas mundiales del siglo XX y concluyó en un accidente automovilístico en las carreteras galas, el 4 de enero de 1960. El filósofo tenía 46 años, un premio Nobel recibido en 1957 y una obra que aun hoy se presenta actual, vigente, capaz de entregar respuestas sobre temas que siguen siendo un reto para la sociedad global; entre éstos, y sobre todo, la violencia, entonces bajo el título de “revolucionaria”, hoy con el ambiguo mote de “integrismo”.

Con una amplia formación intelectual, Camus utilizó las formas de los diversos estilos de la escritura para conformar una obra que trasciende géneros: ya sea por medio del ensayo, la novela, el teatro, los diarios, la autobiografía o el texto filosófico, prevalece el estudio de la ruptura que representa la irrupción súbita de una violencia entonces inédita –plasmada en sucesos como la guerra de trincheras, el holocausto, la bomba atómica, las últimas luchas coloniales– y sus consecuencias en la parte más profunda del ser, donde todo eso que toma banderas y encuentra justificaciones momentáneas se convierte en experiencia humana, conciencia de que los límites se extrapolan hasta caer en el absurdo, donde sólo quedan los totalitarismos, la libertad sometida en nombre de principios que no representan el espíritu humano sino el interés particular manipulado hasta convertirse en causa final. El hombre de Camus es uno herido, vulnerable, que sabe que la arbitrariedad puede en cualquier momento sacarlo de la calma en la que está instalado para someterlo, coartar su libertad, arrancarle el derecho a ser hombre pleno porque esa fuerza está por encima de toda ley y puede llegar a ser, incluso, la ley misma, sin equilibrios, sin las garantías individuales mínimas.

La cuestión de la libertad es uno de los ejes principales del pensamiento camusiano. La libertad, empero, en sus extremos más oscuros, donde se entabla un debate complejo entre el ser y sus circunstancias y el ser cuya esencia es, por herencia aristotélica, la tendencia hacia el bien. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el bien se vuelve denunciar al vecino que habla sobre su inconformidad con alguna política de Estado (cuando esta política fue, por ejemplo, e independientemente del derecho a criticar en el ámbito público o privado cualquier política o decisión, obligar a denunciar a quien tuviera opiniones contrarias a las “oficiales”), y que además el castigo por esa falta sea ser enviado a un campo de trabajo donde se encontrará, por cansancio o hartazgo extremos, la muerte?


En este caso, el bien se convierte en la denuncia que castigará la libertad de disentir, pervirtiendo su significado al construir una idea del concepto que deja a un lado la naturaleza humana, plasmada en la Carta de derechos universales, y pone por encima al Estado y su interés, ajeno al individuo, que llega a ser sacrificable en nombre de la colectividad. Los valores del pluralismo y la diversidad quedan pues anulados o asociados al mal; la ley se convierte en mecanismo de represión en vez de ser conductora de libertades; la solidaridad es pervertida para atentar incluso contra su origen, la sociedad… el hombre se rompe en su parte más profunda y cae, sin remedio, condenado: en El mito de Sísifo, comienza el primer párrafo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”; y líneas más adelante, refrenda: “lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir”… “Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente… la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”. El suicidio, para el autor, es ese salto al barranco porque cualquier paso, e incluso el no andar, terminará inminentemente en caída: los valores más profundos se pervierten y toca a la filosofía encargarse de esas cuestiones últimas a las que empuja la propia condición humana, hastiada al punto de elegir su propia destrucción antes que continuar con una vida que por condiciones externas impuestas llega al extremo de desear ser no vivida. Lo pasos que la raza ha caminado en ese sentido aparecen descritos en esa obra, que analiza uno de los límites –la muerte autoinfligida– a los que lleva la violencia, lo que en estas líneas hemos llamado ruptura camusiana.

El otro extremo del dilema de la libertad acorralada es la rebeldía, y esta rebelión es también parte neural de la obra de Camus. En El hombre rebele, “Camus cuestionaba el papel que la izquierda intelectual asignaba a la violencia revolucionaria” (El País, 2/I/10), congruente con una postura que rechazaba por principio cualquier forma de agresión y estudiaba el fondo de las razones que llevan a cuestionar lo injusto-establecido para buscar un cambio por medios que van desde la justificación de la violencia hasta la necesidad de ésta en nombre de un bien mayor, posterior e incierto. La vocación pacifista del filósofo coincide con la condena a las bombas de Hiroshima y Nagasaki, que no merecieron la crítica de casi nadie por haber dado fin a una contienda bélica pero que para Camus es motivo de reflexión, crítica y análisis; se negó, asimismo, a caer en el maniqueísmo de “el vencedor y los vencidos” posterior a la segunda guerra, “interpretando el desenlace de la guerra como una victoria, no de unos países sobre otros, sino de los hombres y mujeres de cualquier nacionalidad comprometidos con la libertad sobre quienes abrazaron la causa del totalitarismo” (Op. Cit). En este sentido, su novela La Peste ilustra mediante la narración cotidiana de los acontecimientos en una ciudad infectada y diezmada por la enfermedad, los extremos, atrocidades y atentados del régimen estalinista contra el pueblo ruso y los países del bloque soviético.

(En la foto: Sartre, Camus, Claudel, Lacan, Reverdy, Picasso, Beauvoir, entre otros)

Para la izquierda francesa de mediados del siglo XX, encabezada por Jean-Paul Sartre, los motivos de Camus son inválidos. La denuncia y el combate contra el régimen deben, si es necesario, tomar mano de los medios que sean útiles a su causa; ésta, por noble o loable que sea, no merece la muerte de uno solo, porque esto tergiversa todo intento de avanzar a una sociedad mejor. No son tiempos de mártires porque el camino de la civilización cuenta ya con otros medios, parece decir Camus: “lo fácil es siempre ser ilógico“, y la búsqueda de una sociedad plural y abierta donde todas las voces tengan su sitio no es precisamente una pesquisa ni sencilla ni de atajos; requiere de la senda lenta pero constante del diálogo, del acuerdo, de la negociación. A los que piden todo o nada la nada los absorbe, porque la premisa sencilla de que los extremos se tocan en sus límites cobra la más clara de sus vigencias. Frente a la violencia que se abrasa, salta de nuevo la rebeldía, ese último resquicio de conciencia donde flota la vida y sus motivos sublimes; tal es el caso de la obra teatral Los justos, donde los motivos de un atentado contra un tirano ceden en el momento culmen ante la posibilidad de matar inocentes, para dar paso a un conflicto en el que se debaten razones de libro y manual contra el asidero de la existencia que mira a los ojos de la víctima y encuentra en ella a su igual, y al reconocerlo como tal es incapaz de asesinarlo.

A la luz de nuestro tiempo, la violencia que Albert Camus estudiara con dedicación y hasta sus últimas consecuencias ha cobrado banderas y nombres nuevos, urgentes en ocasiones porque hay pueblos o regiones donde la injusticia de malos gobiernos plantea dilemas como los esbozados por el argelino, crueles e inhumanos en otras porque la muerte sigue siendo el recurso de muchos alrededor del mundo que toman religiones y nacionalismos como estandarte para justificar exigencias, denunciar abusos, proteger privilegios o expandir ambiciones. La naturaleza humana –contra toda la evidencia del pesimismo a la que puede conducir una realidad que pareciera sustentarse en la costumbre de la violencia, que en ocasiones alcanza los lindes de la cultura a través de los medios masivos como el cine, la televisión o los juegos de video– sigue narrando historias donde la vida prevalece más allá de una mayoría que pareciera elevar las virtudes de la muerte; historias donde el camino complejo de la evolución ha prevalecido sobre la trampa simplista de la condena ciega, donde el otro toma su plenitud de ser y hace posible el ser del yo-mismo, donde el dilema de la libertad encuentra los cauces de la responsabilidad y con ellos la salvación, testimonio de que es posible empatar lo diverso, conciliar los opuestos, hallar la convivencia pacífica que no requiere víctimas ni vencidos sino voluntad de construir desde el individuo hacia la colectividad y desde lo colectivo hasta el individuo.

A 50 años de haber fallecido, Camus sigue siendo faro frente a la nada en la que el hombre pareciera abismarse en ocasiones, respuesta para las muchas dudas que plantea uno de los retos representativos de nuestro tiempo, la libertad: hoy que nuestro mayor bien es también nuestro dilema más complejo.




Bolaño, in memoriam





“En México, y puede que el ejemplo sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales trabajan para el Estado. Eso era así con el PRI y sigue siendo así con el PAN. El Intelectual, por su parte, puede ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio...



“...Por supuesto, esto no siempre es así. Un intelectual puede trabajar en una universidad o, mejor, irse a trabajar a una universidad norteamericana, cuyos departamentos de literatura son tan malos como los de las universidades mexicanas, pero esto no lo pone a salvo de recibir una llamada telefónica a altas horas de la noche y que alguien que habla en nombre del Estado le ofrezca un trabajo mejor, un empleo mejor remunerado, algo que el intelectual cree que se merece, y los intelectuales siempre creen que se merecen algo más. Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los escritores mexicanos. Los vuelve locos...



“...Tu sombra, sin embargo, ya no te sigue. En algún momento te ha abandonado, silenciosamente. Tú haces como que no te das cuenta, pero sí que te has dado cuenta, tu jodida sombra ya no va contigo, pero, bueno, eso puede explicarse de muchas formas, la posición del sol, el grado de inconsciencia que el sol provoca en las cabezas sin sombrero, la cantidad de alcohol ingerida, el movimiento como de tanques subterráneos del dolor, el miedo a cosas más contingentes, una enfermedad que se insinúa, la vanidad herida, el deseo de ser puntual al menos una vez en la vida. Lo cierto es que tu sombra se pierde y tú, momentáneamente, la olvidas. Y así llegas, sin sombra, a una especie de escenario y te pones a traducir o a reinterpretar o a cantar la realidad...



“...Por su parte, los intelectuales sin sombra están siempre de espaldas y por lo tanto, a menos que tuvieran ojos en la nuca, les es imposible ver nada. Ellos sólo escuchan los ruidos que salen del fondo de la mina. Y los traducen o reinterpretan o recrean...


INTERMEZZO MAGRITTE



(breve tributa)


“...A veces un intelectual se desvía y penetra en uno de esos locales y bebe mezcal. Piensa entonces qué sucedería si un día él. Pero no. No piensa nada. Sólo bebe y canta. A veces alguno cree ver a un escritor alemán legendario. En realidad sólo ha visto una sombra, en ocasiones sólo ha visto a su propia sombra que regresa a casa cada noche para evitar que el intelectual reviente o se cuelgue del portal”.


(de 2666, Roberto Bolaño, Anagrama, 2004).





(bolaño muere de bolaño)


FIN




martes, 2 de noviembre de 2010

Tea Party Altanero...

...para quienes encierren el Tea Party en un movimiento conservador...
También hay Tea Party para altaneros...

El primer Tea Party Altanero nació en Londres, cuando Lewis Carrol sentó al conejo, al sombrerero loco y a Alicia en una mesa de teteras y tazas que se complementaban muy ad hoc...

El segundo Tea Party Altanero fue un espacio de rock durante los años sesenta, llamado precisamente Tea Party, en Boston (lugar del primer Tea Party en la historia, muy revolucionario pero con un enfoque comercial de fondo nada altanero), donde entre marzo y abril de 1968 cambió la historia del rock...

El Tea Party era un espacio adornado con luces de colores, estrobos, y latas de sopa Campell, cortesía de Andy Warhol, muy psicodélico todo pues (el álbum más psicodélico de The Beatles, el Sargent Pepper, apareción en 1967), donde debutaron grupos como The Velvet Underground, y Led Zepellin (el link con la historia de este sitio, que incluye los calendarios de toquines, es...
Son representativos de la época los carteles que anunciaban las presentaciones:


(Nota: cualquier otra información sobre el Tea Party no está avalada por el Movimiento Altanero).

Dos visiones sobre Acción Nacional: Javier Corral y Germán Martínez





El PAN y el Presidente
Javier Corral

El próximo 5 de diciembre, el Consejo Nacional del PAN elegirá al nuevo presidente del CEN y a los integrantes de éste. En esa aspiración se han registrado Judith Díaz, Cecilia Romero, Gustavo Madero, Francisco Ramírez Acuña y Roberto Gil Zuarth. Se trata de cinco personalidades de muy variado estilo y forma de hacer política, que, además de la diversidad de enfoques que sobre “lo panista” expresan cada una de esas candidaturas, reflejan distintos grupos e intereses que las impulsan.

En esa pléyade, los consejeros del partido tendrán variadas las alternativas, desde una militancia decantada por más de 40 años en Acción Nacional como lo es la de Ramírez Acuña, dos liderazgos femeninos fuertes —y contrastantes hasta en sus convicciones religiosas— para concretar la vez primera de una mujer al frente del PAN, un pensamiento más fresco y liberal en lo ideológico como lo tiene Madero y la emergencia de una candidatura joven e inteligente, como es la de Gil Zuarth, de tan reciente ingreso en las filas partidistas que ha levantado impugnaciones de carácter estatutario.

Los cinco ya han expresado propósitos y esbozado acciones; sin embargo, será necesario conocer su pensamiento y posición en relación con diversos problemas del país y del partido, escarbar hondo en sus motivos, rajar la leña de sus intereses, observar muy bien quiénes los rodean, porque es sabio el refrán “dime con quién andas y te diré quién eres”.

La elección del presidente del PAN es un asunto de la mayor importancia no sólo para los panistas, sino para toda la nación. Nunca como ahora resulta trascendental que los consejeros emitan un voto libre, razonado y responsable. Sostengo que esta renovación está enmarcada en un momento auténticamente paradójico: cuando la lógica política y el difícil escenario electoral futuro aconsejarían un cierre de filas con el gobierno de Felipe Calderón, en una necesidad mutua, pienso al mismo tiempo que es cuando el partido debiera tomar una mayor distancia, deslindarse sin romper. Exactamente como lo hizo el propio Calderón hace seis años con Vicente Fox.

Porque lo que está en juego no es qué tan brillante o entusiasta es el nuevo dirigente, sino quién es capaz de recuperar la autonomía del PAN frente al Presidente de la república, no para que no opine, sino para que deje de dar órdenes e imponer vetos en un ámbito que no le compete.

Estoy convencido de que dentro de una lógica política la relación partido-gobierno ha de caminar por el sendero de la colaboración, en el marco de la ética y la ley, pero también estoy cierto de que dentro de ésta el principal desafío del nuevo presidente del partido frente al Presidente de la república es el nivel de autonomía y el carácter para concretarla en el campo de la interlocución con él, espacio en el que Calderón no suele concebir, ni aceptar de sus correligionarios, el más mínimo ejercicio crítico de su desempeño o de su gobierno.

Cualquier nivel de autonomía personal es con frecuencia visto como acto de deslealtad o motivo de desconfianza. Por ello el mayor atributo que distingue a su empequeñecido grupo de colaboradores cercanos no es necesariamente el talento, sino la incondicionalidad. De ahí que desde varios flancos de su administración la política se haya tornado en un ejercicio de vetos, en el partido, en el gobierno, en el Congreso, en los medios de comunicación y ahora en el IFE.

De ahí que me parezca vergonzoso que se plantee en nombre de la ética que el próximo presidente del partido tenga entre sus tareas cuidar políticamente a Felipe Calderón cuando ya no esté en la silla presidencial. Ahora resulta que vamos a atar también el futuro del partido a la suerte final con la que concluya su gobierno el presidente de la república, como si no hubiera sido suficiente haberle conferido estos años el control absoluto de la institución, con los resultados del 2009 por todos conocidos que, si no hubiera sido por las alianzas de este año, estaríamos en el hoyo.

El próximo jefe nacional del PAN tiene retos mayores que hacerle de guardaespaldas de Felipe Calderón. La primera y más importante lealtad debe ser para con la institución que, sin duda, trascenderá siempre los personalismos.

Acción Nacional necesita ser estrujado por la fuerza de la verdad sobre su situación actual; nada tan demoledor para una estrategia de reposicionamiento entre la ciudadanía que la autocomplacencia. Necesitamos relanzar nuestro proyecto de cambio, reconociendo los múltiples factores que nos han imposibilitado a concretar varias de nuestras banderas más caras, incluidas en ello las equivocadas apuestas que hicimos por sectores de los que jamás vendrá una voluntad genuina de cambio. Relanzar la oferta de cambio es un ejercicio autocrítico frente a la sociedad, pero de manera particular de cara a los jóvenes, en el que lo primero que hay que enlistar son los pendientes democratizadores.

Una reorganización del partido a partir de actualizar el padrón de militantes, reinstalar el proceso democrático para la elección de candidatos y dirigentes; sancionar severamente los actos de corrupción y todas esas prácticas de manufactura príista que ya tienen presencia entre nosotros, el clientelismo político, el acarreo, la compra de votos.

El PAN que enfrentará el 2012 necesita, más que un presidente del CEN, un líder, capaz de animar a los militantes y convencer a los ciudadanos, con una agenda de rescate del partido y de reconstrucción del país. ¿Puede el panismo cerrar los ojos ante el dramático momento que vive el país?, ¿se puede ignorar sin consecuencias político-electorales el ambiente de pesimismo que priva en los panistas y el estado de ánimo de desmoralización y decepción que con dramáticos niveles atraviesa a los ciudadanos en general?.
Necesitamos un líder en quien creer, que milite en el interés público, que haga del partido arena de neutralidad para la disputa entre los mejores, no trampolín de ambiciones grupales o individualistas, mucho menos plataforma para negocios personales.


Publicado en El Universal, el 2 de noviembre de 2010


Postcalderonismo
Germán Martínez Cázares

¿Postcalderonismo? Sí. Aclaración para aquellos que ven traiciones por doquier. Declaré: el diputado Roberto Gil es el candidato a presidir el PAN del "calderonismo" y, también, dije, del "postcalderonismo".

Leer la Constitución, su artículo 83, bastaría para saber la fecha última del encargo del presidente Calderón: 1o. de diciembre de 2012. Simplísima lógica de tiempos, los panistas vamos a elegir un nuevo jefe nacional y trascenderá el periodo de mando del Presidente.

Hablar de postcalderonismo no es embrión de Judas, ni complot en ciernes. Es realismo puro. Únicamente vuelta anticipada de hojas al calendario.

Muchas tareas tendrá el nuevo presidente del PAN, y otra más será, cuidar políticamente a Felipe Calderón cuando ya no esté en la silla presidencial.

Sólo desde la ingenuidad podemos pensar en una salida del Presidente entre aplausos de adversarios, después del compromiso, como jamás ningún Presidente lo hizo, en la lucha contra la delincuencia.

¿Alguien imagina al ex presidente Calderón, después de perseguir sin vacilación a los criminales en México, organizar conciertos de Elton John en Michoacán? ¿Alguien supone a sus enemigos cruzados de brazos a su salida?

En el postcalderonismo el PAN deberá seguir defendiendo esa lucha del Presidente. No tendrá de otra. Es realismo, realismo ético. Por tanto, debemos conocer coraje, inteligencia, virtudes y cualidades de los candidatos panistas para emprender esa custodia política.

Sería flaqueza panista abandonar a las Fuerzas Armadas y a su comandante, en el siguiente sexenio, después de exigirles en éste un combate frontal.

Al toro por los cuernos: ¿El nuevo jefe del PAN está decido a defender ahora y mañana a Calderón? ¿Está convencido de esa lucha? ¿Cree útil tantas vidas y tanto dolor?

La definición de quién quiere ser líder panista, en ese tema, es fundamental para el partido y para el país.

Al ver sólo el primer discurso en su registro, Madero recordó a Calderón como cabeza de la modernización y la transición. Ramírez Acuña, dijo, tiene "la gran responsabilidad de sobre sus espaldas llevar el destino de México".

Judith Díaz, no menciona a Calderón y pide al PAN hacerse responsable de sus gobiernos, ¿partido de Estado? Luego degusta: el PAN no tiene sabor a pan. Cecilia Romero habló del "tercer presidente" panista.

Roberto Gil calificó a la batalla presidencial por la seguridad de compromiso "inquebrantable e incorruptible", afirmó contundente: "como presidente nacional nunca tendré empacho en defender al Presidente y sus políticas".

¿Los panistas no vemos el acoso de algunos medios y de la oposición al presidente Calderón por esa lucha? ¿En el final de su administración y en su despedida de Los Pinos tendrá un partido callado o acobardado? ¿Vamos a desechar las vidas pérdidas de la policía y el Ejército en el postcalderonismo? ¿Vamos a olvidar a tantos jóvenes de Ciudad Juárez, Tijuana, Nayarit o Michoacán víctimas del narcotráfico? ¿Vamos a agacharle la cabeza al narco?

En noviembre el mundo de la literatura recordará 100 años del fallecimiento de León Tolstói. Maestro del "realismo ético", por su mezcla de juicios de valor y descripción maravillosa. Para terminar, una de sus fábulas: "Un padre tenía dos hijos. Un día les dijo: 'Cuando muera, repartidlo todo a partes iguales'. Cuando el padre murió, los hijos no consiguieron repartir la herencia sin discutir. Fueron a ver a un vecino para que hiciese de juez. El vecino les preguntó: '¿Cómo ordenó vuestro padre que dividierais?'. Ellos respondieron: 'Nos ordenó dividir todo a partes iguales'. El vecino dijo: 'Entonces desgarrad por la mitad toda la ropa, romped por la mitad toda la vajilla y cortad por la mitad todo el ganado'. Los hermanos obedecieron al vecino y se quedaron sin nada".

Más preguntas, ¿los panistas vamos a obedecer al "vecino" que asedia a Calderón o nos gobernamos solos? ¿Nos vamos a dividir por un Comité postcalderonista?

Publicado en Reforma, el 1 de noviembre de 2010.

sábado, 30 de octubre de 2010

The blue meanies! (gente nada altanera)


MUY PELIGROSOS...

stay and keep them away....!



...andan en grupo...



tienen aliados perversos...


... a veces aparecen solos



son solemnes y con poco sentido del humor




y lo más importante...
PODRÍAN PARECERSE (O NO) A LOS DE LAS FOTOS...

jueves, 28 de octubre de 2010

Ese muralismo nuestro: José Clemente Orozco



A lo largo de su época más prolija, poco antes de la mitad del siglo XX, el muralismo mexicano ocupó espacios públicos, abrió la puerta para que sus principales representantes exhibieran, desde los grandes edificios de gobierno, un retrato de esa parte de la historia nacional posterior a la Revolución que intentó erigirse como “oficial”: una visión simplista pero de ricas e impresionantes formas, colores y temas donde se retrató a un pueblo en guerra contra potencias, contra conquistadores, contra todos aquellos que durante muchos tiempo formaron –e inclusive aún forman– parte del imaginario nacional.
Nombres como Diego Rivera o David Alfaro Siqueiros han sido representativos de nuestra pintura, en ocasiones rodeados por el aura de una vida estridente, biografías que aderezan el mito y convierten a la persona en personaje, cercana a la leyenda. En el caso de Rivera, su relación con la también pintora Frida Kahlo, tormentosa, “de película”; y en el de Siqueiros, su participación en el asesinato de León Trotsky, ambas incluso más conocidas que la propia obra, retratada y reproducida en afiches y camisetas quizá en su parte menos genuina pero que ha resultado, para propios y ajenos, la más vistosa o, con el mercantilismo a cuestas –que tanto habrían detestado ambos artistas–, la más vendida. Incluso el cine ha contribuido a construir ese imaginario colectivo, adornado de excesos, de extremos, tan cercanos al escándalo y casi siempre tan lejanos al arte.
Era la época de las posturas impecables, de un mundo que comenzaba a dividirse y terminaría, unos años después de la segunda guerra mundial, por separar con un muro el modo de gobernar de dos regímenes: el capitalista, triunfante a la postre, y el socialista, con sus rezagos idealistas, con sus modelos perfectos, con sus experimentos que ponían al hombre como materia de ensayo y a la teoría como única e irrevocable.
En México, esta tensión bipolar tendría su reflejo en la obra de aquellos muralistas que abrazaban causas y ponían el arte al servicio de la política, con los magros resultados del intento pero la intención de levantar los cimientos ideológicos de un país en el que las causas sociales del proceso revolucionario de 1910 se alejaban de la práctica y llenaban el discurso, los motivos, el argumento; ya fuera teatro o literatura, ya fuera pintura o poesía, había una doctrina convertida en oficial detrás de todo aquello.

La pintura de José Clemente Orozco, el tercero de los grandes muralistas mexicanos, creció en ese tiempo convulso y conflictivo para buena parte del orbe, y su tramo más majestuoso descansa en el Hospicio Cabañas de Guadalajara, en los frescos que adornan la nave principal de un complejo hoy dedicado al arte y la cultura, otrora refugio de pobres y abandonados.
Durante décadas, los temas de la conquista, de la máquina, del hombre avasallado, demolido en ocasiones, sometido a la voluntad de otros casi siempre, han vestido aquellas paredes sublimes con una pintura oscura pero sorprendente por su técnica, amén del esfuerzo humano que representa cualquier murales. No obstante, éste es solamente el culmen de una vida entregada a la creación, más allá del escándalo o la política activa, lejana a la militancia –sin dejar de transmitir su ideario– y constante en su empeño por trascenderse desde la propia obra, el arte sin adjetivos.
José Clemente Orozco. Pintura y verdad, que se presenta actualmente en el Colegio de San Ildefonso, es una oportunidad para acercarse al grueso de la obra del autor a lo largo de etapas marcadas, una biografía pictórica que recorre desde los inicios en la caricatura política a través de periódicos de la época, las primeras telas de paisajes regionales, los retratos propios o de familiares, cardenales, políticos de su tiempo, cuadernos y bocetos de lienzos, los esbozos en carboncillo o lápiz de las figuras que compondrían los grandes murales: una ocasión única para recorrer el conjunto de un trabajo reunido a tal escala por primera vez. El libro que reseña la muestra, del mismo título, es a su vez la mayor recopilación de la obra del pintor, una presentación de lujo y llamada a ser histórica, con textos de Ernesto Lumbreras, Carlos Monsiváis y Raquel Tibol, entre otros.
La exposición se presentó durante el verano en Guadalajara, Jalisco, en el Hospicio Cabañas, logrando una museografía que llevaba al visitante por las distintas etapas creativas de Orozco, para culminar en las bóvedas del edificio principal, dejando una experiencia por demás completa y enriquecedora.

Si bien en San Ildefonso es imposible lograr ese efecto, la visita se torna un recorrido único por la variedad y la cantidad de piezas, la posibilidad de conocer los detalles, el proceso de la idea, los caminos creativos que toma aquello que por hacer frente a lo monumental requiere de una concepción privilegiada del espacio, una vista capaz de postrarse ante los grandes vacíos y traducirlos en lienzos.
Aparecen también, en los apartados dedicados estrictamente al muralismo, diversas fotografías de los edificios que resguardan las obras –la Escuela Nacional Preparatoria, el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, la biblioteca de la New School for Social Research, en Nueva York; el Palacio de Gobierno de Jalisco, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la Escuela Nacional de Maestros–, en las que se intenta recrear las dimensiones, los detalles más significativos, la temática salpicada de ideologías que, a la luz del siglo XXI, quedaron en los resabios de la historia, pero son testimonio de cómo el imaginario colectivo se construye, adopta la épica de los vencedores y los vencidos, la “cultura del mural”, que escribiera alguna vez Carlos Castillo Peraza.
Lejos de las batallas ideológicas, y a la luz de los doscientos años de la independencia de México, Pintura y verdad, de José Clemente Orozco, abre una vista de la que pueden rescatarse el trabajo dedicado y entregado, el manejo privilegiado de una técnica, de la mano de un pincel que eligió los motivos del arte pero quedó atrapado en la temática repetitiva –y por ello incapaz de trascenderse– de un mundo que llegaría con “nuevas alamedas” y sólo alcanzó para narra una historia poco objetiva, para construir una cultura aún incapaz de sacudirse las viejas leyendas con las que se levantó, a todas luces de manera incompleta, la identidad de una nación.
Publicado en La Nación 2342

sábado, 9 de octubre de 2010

John Lennon


ROCKTUBRE...



John Lennon... in memoriam!


Becoming crazy... and “breaking through to the other side”...

“Soy un artista... Dame una tuba y puedo hacer arte con ella”

“I was dreaming of the past...”


viernes, 3 de septiembre de 2010

The Beatles




Simplemente: The Beatles

Trabajo visual, trabajo de medios

La toma abarca el escenario, improvisado estudio al centro de una bodega donde las cámaras flotan por rieles que se extienden a lo largo del techo; las hay que bajan, atadas a los brazos de grúas pequeñas y medianas; cámaras de piso, testigos constantes, ojos móviles que entre acorde y acorde aparecen de pronto, sin verlos venir; hay otras que miran de lejos. George Harrison levanta la taza asentada en el amplificador, bebe un último sorbo y la devuelve a su sitio; empuña una Fender y sale de cuadro. Nadie en el escenario. Corte y final del proyecto que filmaría sin pausas el trabajo de estudio, labor creativa que, en el caso de The Beatles, sucedía entre cuatro, con base en la idea solitaria, surgida en la intimidad de una composición que será un rasgueo primero, secuencia simple de acordes y palabra tras palabra tras palabra, hasta ser canción.


La idea de registrar en video cada paso fue de Brian Epstein, promotor y descubridor de The Beatles, en la mítica Caverna de Liverpool en 1961; él dirigiría la imagen y la publicidad de la banda para llevarlos de las primeras giras por Hamburgo y ámsterdam hasta los viajes a Estados Unidos y Oriente, cuando el contrato incluía un fuerte insumo para promoción. Las principales revistas estadounidenses de 1964 (Time, Newsweek, entre otras), así como la radio y la imagen del grupo, contribuirían a despertar aquel fenómeno inédito en su momento, la beatlemanía, el sueño de todo promotor comercial: convertir su producto en una marca que, en este caso, incluía innovaciones como el cabello largo ­apenas lo suficiente para tapar las orejas­, la actitud despreocupada de cuatro jóvenes apenas salidos de la adolescencia que sonaban todo el día en la radio y aparecían de igual forma en la televisión, en blanco y negro. De este modo, Epstein conseguía utilizar, también como nunca nadie antes lo había hecho, los medios masivos de información para literalmente crear un público adepto que llegaría a la música de lleno, luego del antecedente Elvis, con el sonido Beatle, mucho más fresco e innovador que el del llamado Rey, presente en todo momento mediante promocionales rudimentarios que construyeron la fórmula publicitaria para las bandas que vendrían detrás. Las cámaras de video estarían presentes durante todas las giras, grabaciones, filmaciones, tomas fotográficas y demás eventos que presidiera la banda, hasta llegar a la idea de registrar por completo el trabajo en el estudio artificial, montado ex profeso y que a manera de ciclo cerraría con un fracaso rotundo ese intento de grabación: el ánimo era otro que el de aquellas primeras giras, las divisiones internas y los roces de una convivencia interrumpida pocas veces durante casi 15 años cobraban su cuota en el trabajo diario, que claramente quedan plasmadas en el rodaje de la película Let It Be, llevado a cabo por idea del cineasta Michael Lindsey-Hogg. No obstante, quedarían horas de grabación suficientes para que todavía cinco déca-das después pudiese elaborarse la llamada Antología de The Beatles, cinco discos con más de diez horas de entrevistas, videos y todo un trabajo de investigación que recorre una historia en muchos aspectos a la de los años más apresurados del siglo XX.

Del estadio al estudio

Esa novedad en el manejo visual de un grupo musical trajo consigo una fama que en poco tiempo fue imposible disimular. Comenzaron los gritos en los conciertos, las carreras detrás de las limusinas para conseguir una foto o una firma, los desmayos y esa catarsis que a través del rock comenzaba a manifestar la voz que la juventud requería como expresión, en un Occidente, el de los años sesenta, acomodado en sus propios logros y al que la nueva generación comenzaba a exigir algo más. "Nosotros éramos los únicos cuerdos de aquella experiencia", comentó alguna vez John Lennon, casi como defensa ante una época que, también en palabras de aquél, "nos consumió la juventud siendo The Beatles". Crecía de este modo la cultura musical moderna, separada del jazz y de la canción tradicional o folclórica que llenaba hasta entonces los auditorios formales. Un nuevo estilo contagiaba a las juventudes y anticipaba una revuelta que abarcaría todos los niveles de la vida pública y privada, el final de aquella década y sus convulsiones sociales, que alcanzaron también a The Beatles y los llevaron a cancelar las presentaciones en público.


La decisión de suspender giras y conciertos fue fruto no sólo de los gritos que hacían inútil cualquier intento de ofrecer interpretaciones de mayor calidad al público; un redoble espectacular o un solo de guitarra quedaban opacados por la estridencia de estadios saturados, donde comenzó a ser más importante ver que escuchar. Asimismo, la propia evolución musical del grupo los llevaba a experimentar sonidos cada vez más difíciles de reproducir en vivo, cuando el uso de nuevos instrumentos, la edición de estudio y la labor de George Martin conjugaban piezas elaboradas que en ese entonces, sin samplers ni programación de sonidos o sintetizadores, resultaba imposible interpretar ante la audiencia: queda alguna presentación en la que, a duras penas, las guitarras y las voces superpuestas de "Nowhere Man" logran adecuarse a la pista original.

Antes había sido más sencillo. Un grupo novel que encontró la forma de despertar el apoyo juvenil con canciones melosas y de temáticas repetidas: amor colegial, de escuela, las mismas palabras y una variedad limitada de ritmos y acordes que arrojaban melodías cortas pero pegajosas, ideales para repetirse con el tarareo o el silbido. "Love Me Do", "Please Please Me", "PS I Love You", "I Wanna Hold Your Hand" (todas de 1962 a 1964), entre otras, representaban el talento de la banda para captar el espíritu de su tiempo. Los viajes, las nuevas experiencias y, en particular, el hallazgo de la marihuana en Estados Unidos, de la mano de los beatniks y Bob Dylan, abrieron la percepción y la creatividad para transformarse en esa búsqueda que nunca negó experimentar con aquello que tuviera a su alcance. Y es precisamente el álbum Help (1965) el que representa un parteaguas en el estilo Beatle, con piezas que aún suenan a esa primera etapa pero que ya arrojan el antecedente de lo que serían Rubber Soul (1965) y Revolver (1966), producciones, estas dos últimas, que se pretendió salieran a la venta como un disco doble y que podrían considerarse como una etapa que revolucionaría la música de The Beatles para ya no dar vuelta atrás. Cabe mencionar que será el talento de John Lennon, sobre todo, aunque secundado de cuando en vez por George Harrison, el que más se dedique a esa exploración de nuevos sonidos, como aquel efecto primitivo que consistió en acercar la guitarra al amplificador durante la grabación de "I Feel Fine", para obtener así la primera distorsión, antecedente casi accidental de un estilo que hallaría en Jimi Hendrix su máxima expresión. Mientras tanto, la calidad lírica de Paul McCartney seguiría más cercana a la primera época Beatle, retomando los acordes y las composiciones melosas pero ya bajo la aparente premisa de entregar piezas que nunca quedaron detrás y que reúnen, de algún modo, la parte de mayor y más constante continuidad en el estilo de la banda.

Esta cualidad individual de componer se repite a lo largo de esos tres álbumes: en Help, Rubber Soul y Revolver es posible notar la influencia de Lennon en canciones como "It's Only Love", "Help", "Norwegian Wood" o "Tomorrow Never Knows", que representan esa inconformidad ante un estilo que crecía conforme lo hacían los propios Beatles; por otra parte, el sello distintivo de McCartney aparece, en esos mismos álbumes, bajo temas como "Yesterday", "I'm Looking Through You", "Eleanor Rigby" o "Here, There and Everywhere", que conservan y consolidan el hacer musical más tradicional de The Beatles. En las grabaciones siguientes ocurriría lo mismo, hasta que la inserción de sonidos de orquesta, las cacofonías y otros recursos terminaron por llenar los vacíos para los que ya no alcanzaban las guitarras, el bajo, el piano eléctrico o la batería de Ringo Starr, este sí, en las pocas canciones de su autoría, fiel a un espíritu lúdico que apenas contribuía con alguna frase ocasional de originalidad (Lennon asegura que la combinación a "Hard Days Night" fue ocurrencia de Ringo). De este modo, la psicodelia, el LSD y los últimos cuatro años de los sesenta tendrían efectos en el consciente y el inconsciente de The Beatles, pero también la meditación oriental, los sonidos de la cítara y la música monotonal hindú.

La cima: orquesta, leyenda, silencio

El último salto y sus dimensiones apenas se asomaban. 1967 trajo consigo dos álbumes, Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band y Magical Mystery Tour, justo después de que el grupo decidiera no tocar de nuevo en vivo y tras una serie de incidentes que comprometían en ocasiones su seguridad: la enemistad con la dictadura filipina ("es la última vez que vamos a un país de locos"), líos por posesión de drogas, las declaraciones de un Lennon siempre polémico que proclamaba a The Beatles más populares que Jesucristo, provocación a la ira de quienes terminaron por quemar en colectas públicas discos, revistas o afiches; la gira de 1966 por Estados Unidos reflejó el descontento en los lugares vacíos de estadios que años antes desbordaban (con la colaboración de una prensa que titulaba sus primeras planas "Acuden sólo 50,000"), y añade McCartney que se miraron al final del último concierto internacional en Candelstick Park, luego de cuatro años continuos de giras, como diciendo que aquello ya no podía ser lo mismo, que "lo hecho por cada uno afectaba a los cuatro", que lo hecho por los cuatro ya estaba más allá de lo que podía tocarse en vivo. John Lennon partió a actuar en una película en España, acompañado de Ringo Starr, Paul McCartney haría la música de una película y George Harrison pasaría dos meses en la India, donde convivió con el citarista Ravi Shankar.


La vuelta fue al estudio, para grabar las canciones que conformarían el Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, aparecido en 1967, máxima expresión del grupo como esa individualidad acompañada por el talento del conjunto. Pensado como un disco temático y continuo por Paul McCartney (quizá como resultado de la experiencia de musicalizar un filme), es en fin de cuentas muestra de la cima de un trabajo ambicioso de producción, sin considerar si las canciones se deberán reproducir ante algún público, y que todavía hoy representa el disco más importante de la historia del rock; las dos primeras canciones ­la homónima del nombre del disco y "With a Little Help Form My Friends"­ fueron las únicas que se apegaron a la intención original de continuidad, aunque el resultado final es, desde su portada, una saturación del espacio, ya sea visual o auditivo, así como el espejo de una época que se desbocaba y manifestaba un cambio que sacudía el hacer musical de la banda, arrojando, como última pista, "A Day in Life", con frases inéditas en las letras e intermedios orquestados, estridentes, que ascienden hasta un clímax para caer y despertar frente a la alarma de un reloj.

La saturación de sonidos, que no exceso de música, característica de aquella producción se repite en un disco aparecido a finales de ese mismo año (1967), que incluye en su cara "A" los temas de la película Magical Mystery Tour, que así como las anteriores (A Hard Days Night y Help) parecieran dirigidas más a publicidad que a un trabajo cinematográfico serio. El lado "B" incluye los sencillos que el grupo promovió por esos meses, en los que siguen apareciendo los rasgos característicos del McCartney Beatle y de un Lennon que, de nuevo, experimenta: "Strawberry Fields Forever", "I'm The Walrus" y "All You Need Is Love" (que fue interpretada y grabada en vivo, en un estudio con unos 30 invitados, y emitida en la primera transmisión satelital de la historia, por idea de Brian Epstein, fallecido en 1967), frente a "The Fool on The Hill", "Penny Lane" y "Hello, Goodbye" (de la que harían el primer video promocional en la historia de la música). Y es quizá esta suma de elementos novedosos, de cosas nunca hechas, vistas o escuchadas, la que daría alimento a un rumor comenzado dos años más tarde, el 12 de octubre de 1969, con una llamada telefónica a una estación de radio de Detroit que conminaba al locutor a seguir una serie de pistas, dispersas en los distintos discos de The Beatles, donde hallaría las claves para deducir que Paul McCartney podría haber fallecido a finales de 1966, justo cuando la banda decidió dejar de presentarse en vivo.
(A partir de ese momento aparecieron en escena una larga serie de teorías que comprobaban la muerte de McCartney, señales escondidas y encontradas de manera a veces increíble tanto en las canciones como en el arte de aquellos dos últimos discos, y los que seguirían. La historia y la exposición detallada de las pruebas y los hechos se encuentra en el libro The Walrus Was Paul, de R. Gary Patterson (Fireside), y van desde la presencia de guantes de conductor y automóviles, de insignias determinadas, de señales en códigos oscuros, del color, la forma y la posición de los instrumentos, e inclusive la posibilidad de reflejar el título del disco ­el que aparece en el bombo, al centro­ ante un espejo de perfil para hallar la fecha exacta del deceso, todo en la portada del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band... De igual modo, se comentan indicios del rumor en el hecho de que ni el disco ni su empaque dicen en parte alguna el nombre del grupo, tan sólo las flores rojas que, si se considera el círculo de flores que aparece al final, dirían "Be At Leso" (Está en Leso), donde Leso sería una isla comprada por John Lennon que asimismo guarda el cuerpo de McCartney, y en mi opinión y gusto, a Morrison, Hendrix, Janis y Harrison... La fecha de aparición del álbum corresponde, empero, al tiempo cuando The Beatles decidieron dejar de tocar en vivo, lo cual se considera como refuerzo para afirmar el supuesto fallecimiento... Es también cuando aparece el nombre de Billy Shears (en la introducción al primer tema), quien se supone sustituye al difunto, obviamente hasta el día de hoy... El número de pruebas se extiende, en fin, en el arte y canciones de los discos siguientes, hasta donde alcance la imaginación del observador obsesionado y dispuesto a quedarse sólo con la imagen y pasar por alto esa continuidad y constante presente, durante toda la historia de la banda, en las producciones de McCartney.)
Teorías aparte, el trabajo de The Beatles prosiguió cuesta arriba, pero en una especie de sentido contrario, pues de aquellos espacios poblados y coloridos de la psicodelia pasaron a la que algunos consideran la mejor de sus producciones, el White Album, compuesto casi en su totalidad durante una larga estancia del grupo en India. El disco refleja sin lugar a dudas ese encuentro, esa búsqueda que pasa de un Occidente cromado y saturado a un Oriente donde el vacío y el autoconocimiento se conciben como ideal; ambos serán distintivos y se manifestarán, en lo visual, por ese vacío de la portada, el color blanco y apenas un realce que indica el nombre de la banda; en lo musical, el disco es considerado la más pura expresión de cada músico, ya no como grupo sino como individualidad, canciones que abandonan las instrumentaciones cargadas y vuelven a una esencia musical rica en experiencia pero ya sin necesidad de demostrarlo en la plenitud expresiva de los compases. También es en el White Album donde George Harrison aparece más veces como autor de temas que ya alcanzan la calidad de McCartney y Lennon ("While My Guitar Gently Weeps", "Savoy Truffle", "Piggies"), quienes, por su parte, acentúan estilos que sólo por su desarrollo musical a lo largo del tiempo ponen otra duda a cualquier teoría sobre la supuesta muerte de McCartney: "Blackbird", "Mother Nature's Son", "Ob-la-di Ob-la-da", "I will" son casi imposibles sin los grandes temas anteriores que lo caracterizan.
Ni más arriba ni más abajo
La muerte de Brian Epstein en 1967 dejó, al menos en la parte organizativa y comercial, una falta de dirección que de inmediato se tradujo en distintos y nuevos esfuerzos: una tienda de ropa y una compañía de grabación con la premisa "aquí no hay que suplicar"; The Beatles convocaron a los artistas anónimos para que enviaran su trabajo al estudio Apple, y en poco tiempo llovieron cintas, libros, guiones y toda suerte de proyectos de los que se rescatan, sobre todo, el de James Taylor. No obstante, al perder guía, la banda se refugió en las enseñanzas y la meditación trascendente del Maharishi Mahesh Yogi, tratando de dirimir la tensión y el desinterés de su propios integrantes. Paul McCartney y Ringo Starr permanecían enfocados en el trabajo colectivo, pero la presencia de Yoko Ono en la vida de John Lennon y el casi total interés de George Harrison por la música hindú llevaron a fricciones, querellas y hartazgos, en parte suscitadas por estos factores y también producto de un grupo que parecía haber llegado a su tope natural: el White Album parecía insuperable y sólo la aparición de una nueva película y su disco correspondiente, Yellow Submarine, pareció mitigar por un instante las tensiones que sin embargo aún podrían superarse para producir dos discos más.
Las circunstancias que acompañaron la aparición del último material de The Beatles, Let It Be, son extrañas y parten de que, a pesar de haber salido a la venta en 1970, fue grabado justo después del White Album, con la idea de crear un álbum sencillo otra vez, ya no como aquél en parte fruto del vacío, del blanco, sino articulando un sonido de banda más pleno y completo; sin embargo, la banda venía del enfrentamiento con sus primeros grandes conflictos, desgastada pero con una nueva idea, la bodega donde se instalaría un estudio, sin orquestas, para dejar de nuevo el primer plano a una de las muestras más representativas y mejor logradas del sonido Beatle. En lo personal, la banda llegó a su límite: la cámara registra las confrontaciones y los desacuerdos durante la grabación, un grupo que intentaba ser lo que sabía ser sin la voluntad o el ánimo suficientes para soportar la convivencia mutua, la presencia de Yoko, los reflectores que iluminaban la escena para camarógrafos andando de un lado a otro, el desplazamiento continuo de ojos que, como los de Argos, miraban desde cualquier parte. The Beatles abandonaron aquel estudio y terminaron la grabación del disco en el estudio (hasta ese momento intitulado Get Back, nombre acuñado por McCartney), donde la voluntad no alcanzó siquiera para la producción y el material fue guardado, para concluir aquel intento con las bodas de Lennon con Yoko y de McCartney con Linda Eastman. Aparecieron los temas "Get Back" y "Don't Let Me Down" en un sencillo que llevó a The Beatles a su último concierto, 30 de enero de 1969, en el tejado del propio estudio Apple.
La banda tomó un descanso que relajaría los ánimos, para volver poco después a grabar el que sería el último disco, Abbey Road; los cuatro sabían que se reunían para no hacerlo más, por lo que la voluntad, de manera paradójica, se compuso y tuvo como fruto uno de los trabajos más representativos de la banda, donde, cabe mencionarlo, los dos temas principales pertenecen a George Harrison ("Something" y "Here Comes The Sun"), mientras que las contribuciones de Lennon ("Come Togheter", "Because", "I Want You", última grabada por el grupo, el 20 de agosto de 1969) y McCartney ("The End", "Oh! Darling", "You Never Give Me Your Money") permanecen, cada una por su lado, en el habitual estilo particular, experimentos que ya no requerían de orquestaciones ni grandes acompañamientos, que no superan lo hecho uno o dos años antes pero que coronan el hacer musical de The Beatles.
Quedaba todavía Get Back, enlatado, aquel álbum pensado por McCartney como uno de rock sencillo, grabado un poco antes pero descartado por unanimidad. En 1970, Lennon y el productor estadounidense Phil Spector hicieron una mezcla del material, dejando de lado a George Martin y a McCartney, en una labor que incluso cambiaba el nombre del álbum y cuya influencia está presente, sobre todo, en "Across The Universe" y "The Long and Winding Road" (las versiones originales de las canciones aparecieron en 2003, en el disco titulado Let It Be... Naked). Si bien es posible escuchar de nuevo la mano del trabajo de estudio, esta vez de Spector, los temas que conforman los dos últimos discos de The Beatles representan el final de un carrera larga e intensa, un camino musical que comenzaba en series sencillas de acordes y terminaba volviendo a esa simpleza, ya con la calidad alcanzada a cuestas, con el resultado de casi 15 años seguidos acompasando estilos, adaptando esquemas, llevando la música por cimas de calidad y popularidad que nunca había alcanzado, fruto no sólo del empeño de los músicos sino del esfuerzo complejo y también novedoso de quienes entendieron que su tiempo vivía una revolución no sólo de formas de pensar y de actuar, sino de promocionar y llevar a un grupo de muchachos de Liverpool hasta donde su propio sonido se pudo escuchar y, aún hoy, se escucha.
Seguiría el trabajo en solitario, acentuando los estilos que distinguieron a cada uno. John Lennon continuó su camino de experimentos por la protesta política y la canción contestataria; Ringo Starr confiaba en esa liviandad de carácter y estilo que distinguió sus temas dentro de The Beatles ("Octopus's Garden", "Don't Pass Me By"); George Harrison profundizó en la música oriental y adaptó en lo posible aquellos estilos a sus composiciones; Paul McCartney tomó el camino comercial, en distintas bandas y sin poder jamás despegarse del todo (y quizá también sin quererlo) de aquel sonido Beatle. Durante los años que van del 10 de abril de 1970, fecha en que McCartney anuncia su salida de la banda, hasta el año 2006, han aparecido también distintas recopilaciones que pueden considerarse "oficiales": los discos rojo y azul, las grabaciones en vivo en los estudios de la BBC y las tres antologías que cuentan con el respaldo visual de cinco discos más, entre otros.
De este modo, un grupo que revolucionó la historia de la música, que fue catalizador de las emociones e inquietudes de su tiempo, así como el reflejo de una década, la de los 60, que en cada una de sus portadas pareciera representar lo más significativo de cada año, un grupo que logró llevar la fama a caminos jamás andados y formuló así el modo moderno de hacer música: un buen sonido distintivo, una personalidad sobresaliente, una producción de calidad, la promoción y la presencia suficientes para llegar a cualquier rincón del orbe. The Beatles supieron emplear, también por primera vez, todos los medios a su alcance para llegar a ser lo que fueron y son hoy: la publicidad, las entrevistas, la moda, el escándalo, la grabaciones en video, las tecnologías de instrumentos y de grabación, así como ese nuevo invento que por entonces cobraba un auge que pocos, entre ellos Brian Epstein, fueron capaces de aprovechar, la televisión. Todo esto conjugado fue, con el llamado Cuarteto de Liverpool, una combinación exacta, un equilibrio que creaba su propio centro y lo superaba conforme dos mentes, las de Lennon y McCartney, abrían la música a posibilidades que se llaman, precisamente, como The Beatles.
(Publicado en etcétera, septiembre de 2006