jueves, 30 de mayo de 2013

Middleurope: la historia que fue, la que no será...

José María Pérez Gay, in memoriam

Café Central de Viena

Fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando Europa Central, bajo el reinado de la casa Habsburgo, tuvo un auge en el campo cultural que situó a ciudades como Viena y Praga en el centro de la producción artística, científica e intelectual de la humanidad.

Ya había pasado la época dorada del París decimonónico y su poesía simbolista, y la Inglaterra victoriana se sumía en una molicie propia de los grandes imperios, satirizada en obras como la de Oscar Wilde o de Dickens, al tiempo que el sueño romántico alemán se desvanecía en el auge de la revolución industrial. En la región central del continente, por el contrario, despertaba una inquietud que transformaría para siempre la forma de entender la realidad, un espíritu que sería breve y terminaría mutilado por el inicio de la primera guerra mundial.

Era el tiempo de las grandes discusiones intelectuales en los cafés de Viena, donde podía verse a Robert Musil, a Karl Kraus o a Joseph Roth; nacía el psicoanálisis que surgiría de los casos tratados en el diván de Freud; en las oficinas burocráticas de Praga, Kafka concebía una estampa que retrata como nunca antes se hizo la opresión del hombre bajo el yugo de la modernidad; Hermann Broch reflexionaba acerca del naciente fascismo; Ludwig Wittgenstein empezaba a concebir la imposibilidad del lenguaje para abracar los alcances de la experiencia humana; Mahler retorcía lo clásico de la música para hacerla expresar lo que hasta ese momento parecía inexpresable… En suma, un mundo donde el arte y el pensamiento anticiparon el primer conflicto bélico de escala mundial y fueron capaces de, si no anunciarlo expresamente, sí intuir el cataclismo que se avecinaba.   

Praga
La riqueza artística y científica de ese tiempo se encuentra en los propios textos de los autores, y valorarla a través de esas páginas otorga al lector un retrato fiel que no sustituye ninguna antología o historia de las ideas generales. Sin embargo, una aproximación somera pero enriquecedora puede realizarse a través de estudios propios de la época, como la Primavera de café, de Joseph Roth (Acantilado) –que describe con minucia el ambiente cosmopolita e intelectual vienés de principios del siglo XX–, o contemporáneos, como El imperio perdido (Cal y Arena), de José María Pérez Gay, quizá uno de los mayores eruditos y comentadores latinoamericanos de la literatura y la cultura de Europa Central, que a través de las biografías de cinco escritores (Broch, Krauss, Roth, Musil y Canetti) realiza un acercamiento de enorme valor histórico.

         
         De reciente aparición en español, y mucho más enfocado a los temas filosófico, pedagógico, político y social, está El Círculo de Viena, de Friedrich Stadler (Fondo de Cultura Económica), que profundiza en el ambiente académico de uno de los grupos intelectuales más afamados de la región, ahondando en sus influencias previas y posteriores, su recepción en el mundo universitario de su tiempo y en la enorme huella plasmada, que marcaría para siempre la historia del pensamiento. 

Hermann Broch

     Mucho más anecdótica, pero no por ello menos ilustrativa, es la monografía de Patrizia Runfola, Praga en tiempos que Kafka (Bruguera), que aprovecha la biografía de aquel autor para detenerse en una ciudad donde la más añeja tradición supo conjuntarse y proyectarse hacia el futuro en nombres como Max Brod o Karel Kapec, primero en utilizar y posible inventor de la palabra robot. En ese orden de ideas, el amplio libro de Josep Casals, Afinidades vienesas (Premio Anagrama de Ensayo en 2003) traza una línea paralela entre creadores que pasa por la poesía, como Hugo von Hofmannsthal, la música, como Arnold Schönberg, o la pintura, como Gustav Klimt y Egon Schiele, entre otros tantos, para conformar un mosaico de talento que vio florecer las más altas cimas de la creación artística.


         La guerra terminó de manera cruel, abrupta y absurda con ese flujo creativo y dispersó o asesinó a muchos de los protagonistas de aquella generación. Ya en la diáspora, lo que en su momento fuera una suma de fuerzas que confluían en una sola zona geográfica se dispersó para alimentar manantiales en otras latitudes. Queda para la memoria el ejemplo de ese ímpetu, de esa imaginación, de la historia de la Middleurope que rescata los libros y el lamento por lo mucho que pudo haber sido y ya nunca será.

José María Pérez Gay


miércoles, 15 de mayo de 2013

El día del maestro o cómo le perdí el respeto a la autoridad


Discplina era el mantra de la primaria a la que asistí. Antes que el estudio, la disciplina, la conducta, el temible "reporte rosa" que auguraba nota reprobatoria por el primero, suspensión semanal por el segundo y definitiva por el tercero. Antes que el aprovechamiento, la disciplina; si se juntaban ésta y el aprovechamiento, se alcanzaba la excelencia académica.

A cargo de todo, el profesor titular, docto en las ocho o nueve materias que jamás eran impartidas según los programas de la SEP y sí de acuerdo con las lecciones de otros libros que la propia escuela vendía. Los grupos de no menos de cuarenta alumnos, cercanos a los cincuenta la mayor parte de las veces. Escuelas maristas para varones que, en mi caso, fueron la de Mérida y la de la calle Amores, en la ciudad de México.

Mi primera maestra, Tere, encantadora, siempre de vestido blanco, que impartió para mi clase primero y segundo de primaria en el Yucatán de mediados de los años ochenta. Ya en el Distrito Federal, con el cambio de casa incluido, el profesor Xolalpa, estricto como pocos, legendario por mal encarado y siempre un tanto sarcástico. Para las ceremonias oficiales, pantalón y camisa de manga corta blancos, suéter reglamentario azul; para los días normales, el atuendo era libre siempre y cuando, dictaba el reglamento, fuera apropiado y se acompañara invariablemente de calzado "de vestir".

Mi primer choque con la autoridad académica, con aquel maestro, fue en la formación que daba inicio a las actividades cotidianas: todo el estudiantado reunido en el patio, formado por grupos en tercias que al unísono seguían las indicaciones de "firmes", "tomar distancia" y "en descanso" del director, Francisco Naranjo, otro afamado por estricto e inmisericorde al momento aplicar sanciones o regaños.

La moda era en ese entonces los "Top Siders", calzado juvenil que junto a los "Perestroika" de Canadá hacían titubear los conceptos de vestimenta del Insitituo México Primaria. Los míos, grises, que el maestro, en plena formación, se detuvo a observar fijamente, sin moverse, ante el desconcierto de quien se cuestionaba qué diablos le ocurría a aquel profesor a quien se le guardaba el respeto que imponen el miedo y la autoridad.

Mi reacción luego de segundos que parecieron minutos fue un "¿Qué?" seco y llano, que intentaba descubrir lo que el maestro miraba en mis pies. El problema, me enteré más tarde, era el modelo de los zapatos, precisamente, que pasó a segundo plano ante la respuesta mía. "No se dice qué. Se dice mande", fue la respuesta del profesor. Asentí. No sé si dije algo más. Años después me enteré que decir mande era considerado una muy educada y sumisa forma de servilismo.



En la secundaria las observancias del atuendo se relajaron. Eran los años noventa y la mezclilla, las playeras con grandes imágenes de Nirvana, Caifanes o Metallica, así como los tenis Nike hicieron su aparición. A los profesores el tema les dejó de importar. Entonces era ya más relevante el aprovechamiento, las buenas notas, exentar los exámenes finales y evitar los extraordinarios.

Recuerdo en particular al profesor de Historia Universal en segundo de secundaria, apodado "el pavo" por su tez blanquecina, su cara inflada y su andar que recordaba el paso armónico de esas aves. El inicio de cada clase incluía una mecánica perversa: en un bote de galletas llevaba impresos los números de lista de cada alumno, que extraía con lentitud a razón de dos o tres por día, para aplicar un examen oral sobre lo visto en la sesión anterior.

El premio por responder correctamente no existía, pues consideraba obligación del alumno estudiar todos los días. El castigo: 30% menos en la calificación mensual, lo cual generaba que aun teniendo 10 en todos los exámenes, sólo podría accederse a un 7 como máximo. Por supuesto que el nervio que acompañaba al grupo cada vez que el horario marcaba la materia era contagioso y hasta enfermizo. 

Un día, ocupando yo uno de los lugares más cercanos al pizarrón, y mientras el profesor revolvía con mano lenta los papelitos en su depósito, casi disfrutando su acción, se me ocurrió voltear hacia atrás para descubrir cómo la clase entera estaba al borde del asiento, tensa y nerviosa, a la espera de no ser perjudicada por ese azar capaz de sumir a cerca de cincuenta alumnos en la incertidumbre por unos segundos.

Mi reacción inmediata fue de incredulidad. ¿Cómo era posible que una sola persona tuviera a tantas sometidas de ese modo? La consecuencia de ese pensamiento, acompañada de una temprana lectura del mamotreto que Taibo II escribío sobre la vida del Che Guevara, el rock y otros hallazgos de esa época, me hizo concluir que jamás volvería a seguir el juego a esa práctica cruel y hasta psicópata del maestro. El resultado final, y eso sólo lo supe años después, fue mi completo desinterés por la autoridad académica.

Me dejó de interesar el aprovechamiento escolar, y si bien la conducta nunca fue un problema pues mi comprtamiento era aceptable, las notas en la tira de materias sufrieron el descenso de esa especie de liberación. Yo ya sabía que quería dedicar mi vida a escribir, y ni siquiera la materia de Literatura, con su tediosa enseñanza del Siglo de Oro español, alcanzaba a interesarme; mucho menos, por supuesto, la química, las matemáticas o la biología, impartida por el también temible profesor Astroga, quien ante mi bata de laboratorio firmada por mis compañeros (que aún conservo en el armario como casi único recuerdo físico de esa época) decidió sacarme de la clase, ante mi recién adquirida indiferencia por pasar una hora sentado en el pasillo.

Esa decisión frente a la autoridad académica no tardó en manifestarse en mi grupo Scout, al grado de que, la vez que un dirigente fue destituido de manera contraria a los estatutos, organicé con otros compañeros una huelga que incluyó pliego petitotiro, brazalete rojinegro, solictud de mesa de diálogo y la complicidad de mi padre que me ayudaba a redactar proclamas y manifiestos.



Al llegar a la preparatoria el daño era ya notable. Evitaba cualquier clase que no abonara a mis intereses, para dejar en mi horario sólo la de Ética y la de Etimologías; las demás me "las volaba" o las dedicaba a leer poesía. En una ocasión, la maestra de Anatomía, siempre presta a pasearse en minfalda por el patio de una escuela plagada de adolescentes que ardían en testosterona, me increpó por leer a Sabines en su clase: "¿Qué haces Carlos?", me dijo. "Leo, maestra", contesté. "¿Algo de Anatomía?, volvió a preguntar. "No maestra, poesía", respondí. "Dame tu libro por favor", ordenó. "No maestra, porque es mío", dije. "Es una falta de respeto que leas algo ajeno a la clase", añadió. "Más falta de respeto es que cuando usted se voltea a escribir en el pizarrón le chiflen mis compañeros, y puede estar segura que yo no lo hago. Yo leo", dije para finalizar.

Me pidió salir del salón y me alcanzó en el pasillo, donde me dijo: "Yo sé que tú ya sabes lo que quieres hacer de tu vida, pero hay mucha gente aquí que no tiene idea. No contribuyas al desoredn, por favor", y me invitó a reincorporarme a la clase y a posponer mi lectura. Lo hice, ya con el razonamiento de por medio y un inmaduro goce por el desafío del que me consideré victorioso.

El cabello largo, en esos años, era para algunos maestros todavía un motivo de alarma. El profesor del laboratorio de Biología, en la primera clase del año, me pidió abandonar del salón y no volver a entrar hasta que lo "recortara apropiadamente, como marca el reglamento". Contesté que a partir de ese año la nueva dirección había establecido que siempre y cuando estuviera limpio, era permitido, a lo que respondió: "pero no en mi clase, es una falta de educación".

El castigo fue ir a la bilblioteca a hacer un trabajo, del tema que fuera, para pasar la hora que duraba la materia, y que yo aproveché para consultar el Manual de Carreño y algún otro código de buenas formas, con el fin de demostrar que no era una falta de educación llevar el cabello largo siempre y cuando estuviera aseado. Por supuesto que el trabajo terminó en el cesto de la basura y yo no pude volver a entrar a aquel laboratorio.

Tras dos años en el CUM, fui expulsado. Recuerdo muy poco de lo aprendido y mucho de lo vivido en ese tiempo. A sugerencia de mi padre terminé la perparatoria en el sistema abierto y jamás he encontrado una carrera que me llene o que cumpla con mis expectativas. Este año empezaré a cursar la cuarta, esperando, aunque sea por pragmatismo, terminar por fin.

Sin embargo, he aprendido de manera autodidacta las lecciones que me han sido útiles en la vida: mi más docta instrucción ha sido la lectura orientada también por mi padre con el orden académico que exigen el arte, la literatura, la historia y la filosofía, y la disciplina de lo que se hace convencido y no por un título de cualquier índole; la práctica de la escritura que me ha llevado a publicar en medios que considero importantes; el trabajo como editor que he realizado desde hace cerca de nueve años y el de publicista que aprendí de Gonzalo Tassier, han sido, en conjunto, mi mejor escuela. 

A esto añado la mayor herencia que recibí de la parte "escolarizada" de mi vida: la falta de respeto por la autoridad, que ejerzo y practico siempre que algo no me parece, que me ha llevado a renunciar a trabajos, a increpar a jefes, a la indignación  vociferante ante la injusticia, al reclamo por lo que no considero aceptable y al señalamiento de lo que me resulta insoportable, y que de un tiempo a la fecha ha encontrado en las redes sociales , y en especial en este blog, espacios aptos para manifestarse.

Esos han sido mis maestros. Esa mi experiencia académica. Y este el camino que tomé, asumiendo sus beneficios y no pocas veces pagando sus consecuencias, elegidas libremente, altaneras, al fin.     

    

martes, 23 de abril de 2013

Castillo Peraza desde sus libros: una herencia para compartir




Para Esperanza, a la espera de que pueda
disfrutar con salud plena estos recuerdos.

Sin papeles ni contratos, sin títulos legales ni notarios de por medio, recibí como única herencia material de mi padre su biblioteca: varios miles de tomos que en 1997 reunimos –por primera vez, contaba él con orgullo– bajo un mismo techo, en un acervo que fue ampliando y cargando a lo largo de años, ciudades y países, y cuya clasificación bajo las normas de la biblioteconomía quedó trunca tras su muerte, en el año 2000.

      Por ese tiempo, el acervo constaba de unos 5 mil ejemplares, que abarcaban todas las categorías: consulta, diccionarios, enciclopedias, filosofía, religión, ciencias sociales, lenguas, ciencia, tecnología, arte, literatura, guías de viajes, publicaciones periódicas, informes, anuarios, almanaques, en los idiomas que dominaba –español, inglés, francés e italiano–, en esa voracidad intelectual que distinguió durante su vida a Carlos Castillo Peraza.

El origen de los libros era diverso, y partía de la biblioteca que acompañó su infancia en la Mérida de los años cincuenta, perteneciente a Pedro Montalvo –cariñosamente llamado “papá Pedro”–, hasta llegar a compras realizadas por catálogo a editoriales extranjeras, representadas por un visitante que cada mes llevaba a la oficina, ubicada frente a los Viveros de Coyoacán –donde se instaló el despacho Humanismo, Desarrollo y Democracia, SC–, en el tiempo en que internet aún no contaba con la confianza de hoy para hacer encargos internacionales.

De entonces a la fecha, y siguiendo un poco ese ejemplo de trashumancia y mudanzas, cargué con buena parte de esa biblioteca en cuatro cambios de casa. Pero familiarizarse con los contenidos de un acervo de ese tamaño es una labor que roza el hedonismo y la contemplación detenida, casi obsesiva, de lomos a los que poco a poco la vista se acostumbra hasta construir una memoria que sin ser precisa, sí es capaz de rastrear y encontrar hasta las exigencias más complejas.

El ejercicio era cotidiano y consistía más o menos en una llamada diaria (si Castillo Peraza se encontraba redactando algún ensayo o texto, podían ser una decena en una hora), a la que seguía, religiosamente, la frase “Estoy buscando un libro que…”, y a continuación podía venir o una descripción precisa que detallaba título, autor, color del tomo y hasta forma de la tipografía de lomo, o una tan vaga como un “no me acuerdo del nombre ni del autor, pero es de pasta dura con letras azules”. Esta práctica detectivesca termina tarde o temprano por generar un vínculo especial con los libros, y sin duda denotaba la larga y entrañable relación que mi padre guardaba con los suyos.

La intención de este texto es lejana a lo académico, a los análisis sesudos de la ciencia política y de la filosofía, y mucho más cercana a rescatar una serie de vivencias que a raíz de los libros tuve el gusto de compartir con Carlos Castillo Peraza. La idea de hacerlo me la dio Juan Molinar en su oficina de la Fundación Rafael Preciado Hernández. Las páginas que siguen son su consecuencia.




Instalar la biblioteca
Fue en 1997 cuando llegaron varias decenas de cajas a un estudio ubicado en la colonia del Valle, adaptado para fungir como biblioteca central, y que se sumaba a otra secundaria, ubicada en el despacho de Carlos Castillo Peraza, donde conservaba los libros que utilizaba con mayor frecuencia. El olor era intenso y denotaba el tiempo que los volúmenes llevaban encerrados. Comenzó así un proceso que tomó varias semanas, con el primer y fundamental paso, que fue distribuir temáticamente el acervo. Lo realizamos entre mi padre y yo, en tardes largas y noches gratas que robaba a sus actividades profesionales para dar forma a un sueño acariciado por décadas.

       El sistema era sencillo pero tardado: él separaba los libros por temas y yo los cargaba hacia el sitio elegido por común acuerdo. No tardamos mucho en entender que la organización del trabajo tomaría más tiempo del previsto, por lo que poco más adelante se sumaron a la labor de clasificación, ya de manera precisa y científica, dos expertas en las artes de bibliotecas, cuyos nombres se me pierden en los recuerdos. La experiencia, no obstante, era la de constatar cómo un hombre se abre paso por entre los resabios de su pasado para irlos expurgando, acercándolos y renovándolos como sólo los objetos de la memoria son capaces de lograr.

       Aparecían poco a poco obras de tiempos remotos. La veintena de tomos de la Enciclopedia Yucatanense, por ejemplo, ante los que Castillo Peraza sentenciaba orgulloso de su origen: “Yucatán fue el primero de los estados, y es de los pocos, en contar con su propia enciclopedia”; también llegaban libros antiquísimos que sufrían las inclemencias del tiempo y que quedaban separados y destinados a una reparación dedicada y cuidadosa, manchados por la humedad que ondula las páginas y las ensucia con una marca negrusca que poco a poco se extiende hasta devorar los contenidos. “Hay que ponerlos al sol”, dictaba con un gesto de molestia y decepción, como quien da el diagnóstico de un familiar enfermo que hay que someter a tratamiento médico.

La  sorpresa mía fue mayor la ocasión en que las cajas de cartón arrojaron varios cientos de libros relacionados con Marx y sus acólitos tanto teóricos como propagandísticos: Engels, Lenin, Trotsky, Mao, una enciclopedia de siete u ocho tomos con la historia del socialismo, Gramsci, Castro, Marcuse, Galeano, y una lista que de primera impresión me pareció fuera de lugar. La pregunta era obligada: “¿Por qué tantos libros de marxismo si tú siempre has sido de otras ideas? Su respuesta, contundente: “porque la diferencia entre ellos y nosotros fue que para ellos, nosotros no valíamos la pena de ser leídos; en cambio, nosotros los estudiamos a ellos, y por eso les ganamos”. La lección era cara y reflejaba en buena medida el pluralismo, la apertura, la sed intelectual, la voluntad de comprender para luego poder ser un detractor consciente de lo que se dice porque antes ya entendió a qué se enfrenta, todas estas características que se reflejan en los diversos textos que Castillo Peraza entregó a la prensa durante su vida.


Con los días pasados en ese ordenamiento me fui envolviendo de las distintas etapas de estudio de mi padre, que conformaban un mapa de exquisiteces académicas y que parecía no hallar límites geográficos. Aprendí que las bibliotecas son asimismo cartografías de la humanidad que rompen cualquier división política o ideológica, y que su conformación es también la biografía del hombre que las construye y, al mismo tiempo, un microcosmos de la historia de la humanidad. Así, los griegos de sus primeros años en la Facultad de Filosofía de la UNAM se volcaban como una presencia abrumadora: ediciones bilingües impresas por la llamada “máxima casa de estudios”, antologías discretas que miraba con la expresión de quien entiende que el saber no se conforma con extractos sino al contrario, con el estudio profundo de obras completas. La Introducción a la historia de la filosofía, de Ramón Xirau, fue tal vez el libro que más veces se repetía, en cada una de sus ediciones (por entonces iban más de veinte), así como el Ómnibus de poesía mexicana, de Gabriel Zaid.

Otra joya que le iluminó el rostro y los recuerdos es en ese proceso de acomodo fueron los Clásicos de JUS: Homero, Virgilio, Horacio, Luciano de Samosata, de la época dorada de esa editorial. Asimismo, reliquias del panismo clásico como el Humanismo Político de González Luna, que abrió voraz en la primera página para leer en voz alta la dedicatoria que escribiera Manuel González Hinojosa; los primeros tomos de la revista Palabra ilustrados por Gonzalo Tassier; los folletos modestos pero de gran valía que se editaban para promover los discursos y las conferencias de Efraín González Morfín, el primer borrador empastado de Manuel Gómez Morin. Constructor de instituciones, que editó el Fondo de Cultura Económica en los ochenta y que representó para mi padre la primera ocasión en que un panista era publicado por una editorial de Estado. Lo mismo ocurrió con la colección de The Great Ideas de Británica, su Enciclopedia y sus compilaciones de clásicos: un monumental esfuerzo que contiene prácticamente todo el saber de la humanidad en un sistema de clasificación amable, práctico y que requeriría una vida abarcar.

Caso contrario al gusto que generaban estos hallazgos fue el de las cajas que contenían informes presidenciales que los gobernantes en turno distribuían entre todo aquel que, interesado o no, consideraran digno de “engalanar” con sendas ediciones que afeaban cualquier biblioteca: “Ponlos en los estantes más bajos”, fue la indicación, seguida de un: “esas son mentiras que no interesan a nadie”. No obstante, nada se desechaba. Cada libro era un fragmento inevitable de un orden superior, donde, por el contrario, los autores franceses tenían un lugar predilecto: primeras ediciones de El hombre rebelde, El mito de Sísifo y La caída, de Camus, publicados por la argentina Losada en los años sesenta y fechados por los ex libris a principios de los setenta; viejas ediciones de Maritain empastadas para evitar el deterioro; bellos tomos, también entre los predilectos, de los místicos españoles Juan de la Cruz y Teresa de Ávila; los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana bellamente ilustrado y una soberbia colección de autores y estudiosos de la filosofía de la Edad Media: desde la edición BAC de la Summa contra los gentiles de Santo Tomás hasta la inmensa Historia de la filosofía medieval de Gilson, predilectos entre aquellos miles de libros que con los días iban tomando la forma de biblioteca.

Varios meses después el trabajo nuestro estuvo terminado (no el de las biblioteconomistas, que apenas comenzó). Instaló en el mismo estudio una pequeña oficina en la que yo pasaba las mañanas dedicado a satisfacer sus peticiones, a realizar las búsquedas y a leer bajo un específico programa con el que mi padre sustituyó, por acuerdo común, mi enseñanza universitaria. “Ser autodidacta no lleva títulos, pero te da cosas que no hallarás en ninguna universidad”, me dijo con el guiño cómplice de quien se asume maestro y guía por esos laberintos de los libros y el conocimiento que tanto apasionaron a Borges y donde el argentino, ciego pero con los ojos puesto en el absoluto, halló el infinito y la eternidad. Añadió: “todo lo que yo he hecho en la vida lo aprendí en la primaria: leer y escribir”.



Las ciudades, el cargamento libresco
Las bibliotecas son entes móviles y vivos que terminan por devorar a su dueño. Hay un cuento de Julio Cortázar llamado “Casa tomada”, en el que el autor reseña cómo una pareja va cerrando tras de sí cuartos de una mansión que, tras escuchar voces y movimientos, considera ocupados por personajes que jamás aparecen pero que van llevando a sus habitantes hacia fuera, hasta tener que abandonar el hogar. Del mismo modo, las bibliotecas terminan por expulsar a sus propietarios si éstos no aprenden a mantenerlas en un lugar preciso y asignado, y esa labor es teóricamente infinita.

  Los libros de Carlos Castillo Peraza aumentaban exponencialmente tras cada viaje al extranjero, en particular, aquellos que realizaba a Europa. Y el arte de viajar de mi padre era extenuante y complejo, muy distante al descanso y el esparcimiento y más bien cercano al estudio, al agotamiento físico y mental y a la reflexión. En suma, un placer que también compartimos en varias ocasiones que recorrimos Italia, Alemania, España y Francia, a razón de un mes por país, entre 1997 y el año 2000. Su conocimiento del Viejo continente venía de los años que pasó allá, uno en Italia, cuatro en Suiza, estudiando Filosofía. De allí venía una parte importante de la biblioteca, que transportó de regreso a México a su vuelta, en 1976. En la última página de varios libros, y sumando así ciudades, pueden leerse las direcciones anotadas en la esquina superior derecha, domicilios siempre cambiantes donde calle se escribe via o strasse, dependiendo de si el volumen fue leído en Roma o en Friburgo; de este modo, al Río Lerma o Río Nazas de la ciudad de México, y aun antes, a las denominaciones numéricas de la Colonia García Ginerés, en Mérida, se añadían nuevas vistas, nuevas letras, lenguas nuevas y un saber que se construyó siempre con los libros a cuestas.

       Cuando hubo ocasión de volver a Europa, los recorridos a lado de Carlos Castillo Peraza fueron siempre un auténtico sumergirse en cada cultura que escudriñaba con un saber acumulado y siempre dispuesto a compartir. El primero de esos viajes fue a Alemania, durante un mes, en 1996; el disfraz de la intención: aprender alemán; la realidad: recorrer el suelo germano y realizar una escapada fugaz a París. Para lo primero nos armamos con manuales del idioma, con guías Michellin y con algunos libros en castellano para pasar las largas horas del verano en esas latitudes. Para lo segundo, decidimos robarnos un fin de semana de curso y visitar aquella ciudad, donde además de los atractivos de rigor, contar con su compañía era el goce de recibir un curso entero de arte, de historia, de literatura y filosofía, no de esos que imparte un guía turístico sino de quien es capaz de hilar una suma de saberes en un discurso universal. “El conocimiento”, me dijo al concluir ese viaje, “no es tener mucha información sino saberla incorporar, integrar y entender como parte de una cultura”.   

    La intención de aprender alemán fracasó, pero era impresionante verlo en la clase asociar las construcciones gramaticales del idioma con las del latín y destacar la similitud de la pronunciación con el maya, que si bien no conocía a profundidad, sí era capaz de entender con cierta facilidad. El bagaje libresco del viaje contó, además de los textos de aprendizaje de alemán, con los tomos adquiridos en Francia, en una librería del Barrio Latino donde nos hicimos con las últimas novedades de Gallimard y dos volúmenes de La Plèiade: las obras completas de Marguerite Yourcenar y la edición de los ensayos de Camus, que se sumaban a esa selecta colección de clásicos que sólo un país con la tradición literaria de Francia edita a precios estratosféricos.

      Al año siguiente, Italia fue el destino elegido para pasar un mes, bajo un calor insoportable y con el gozo de los largos recorridos en tren que nos llevaron del centro al sur de la península, a través de la Roma imperial y de las grandes urbes del Renacimiento, mochila al hombro, sin bibliografía física pero con el acervo intelectual de Castillo Peraza fresco en la memoria y presto para compartir. Para mí, todo nuevo; para él, un regreso sobre pasos de una juventud que exploró y se dejó cautivar por Leonardo, su pintura y sus artefactos, por la magnificencia del arte de Giotto y de Cimabue, por la mística franciscana y su regreso a la naturaleza, por la escolástica y su capacidad de abarcarlo todo en una catedral o en un texto; pero también por la capacidad de utilizar todo ese saber para analizar de manera meticulosa el presente. 

     Así, caminando por alguna ciudad de la Toscana, de pronto nos deteníamos en una plaza donde una placa, en la pared, recordaba al regimiento que de ahí había partido durante la segunda guerra para dedicarse a desactivar minas personales, y cuyos esfuerzos permitieron “a los campos florecer otra vez”. La lección de mi padre era “Europa gusta de evocar estas cosas porque es un continente con memoria”; o tras subir una asfaltada colina de las que rodean Roma, nos deteníamos frente a un pórtico e invitaba a asomarse por el ojal de la cerradura, marco perfecto que encerraba el horizonte de la cúpula de San Pedro en una imagen que sólo era posible a esa altura y a esa distancia; o me dejaba extasiar frente al Moisés de Miguel Ángel para, una vez decididos a dar la vuelta y continuar el recorrido, referir que cuando el escultor terminó la obra le dio un último golpe de cincel en la nariz y espetó aquel “¡Habla!” donde en una palabra queda resumida la perfección sobre el mármol blanco.

    Las anécdotas superan cualquier texto y sólo intentan ilustrar que, más allá de los libros, mi padre entendió siempre el conocimiento adquirido de los libros como un medio para entender mejor la realidad, para disfrutarla y enriquecerla, para dejarse embeber por el fruto de los sentidos pero, en la más firme tradición aristotélica, aumentar ese placer por el uso de la razón: no la preeminencia de los unos sobre la otra sino un justo medio donde se pudiera estremecer el alma pero también enriquecer el intelecto. No fueron muchos los libros adquiridos durante ese viaje: la trashumancia entre ciudades, los trenes y el modo elegido para transportarnos lo hacían imposible. Pero sí eran cientos los que provenían de otros tiempos transcurridos en esas latitudes, de antaño y hogaño: de Campanella a Tabuchi; de Dante y la lectura de su obra a la luz de Etiénne Gilson hasta Aldo Moro; de Pico della Mirandola a Primo Levi y su capacidad de devolverle a la humanidad una voz ahogada entre el exterminio de los campos de concentración, todos a resguardo en una biblioteca que trascendía los volúmenes para conformar una experiencia humana integral.

   Caso contrario en lo que respecta al aumento del acervo bibliográfico ocurrió un años después, en España, en un recorrido también de un mes, pero en esa ocasión realizado en automóvil, por las principales ciudades de la Península Ibérica. En Salamanca, textos de Vitoria y Suárez que ayudaron a construir aquella teoría de “mundialización” versus “globalización”; en Madrid, las grandes librerías de cinco pisos donde se adquirían las novedades reseñadas en el suplemento cultural Babelia y que entonces tardaban varios meses en aparecer en México; en Barcelona, una memorial tienda de plumas y papel donde podían adquirirse hojas de color hueso, elegantes, para las cartas que gustaba de mandar a amigos cercanos; en Santiago de Compostela, guías y estudios acerca del Camino del apóstol, ruta que contribuyó, como lo hicieron las grandes peregrinaciones medievales, a enriquecer la cultura europea y a llenarla de ideas, olores y colores provenientes del Oriente; en Toledo, biografías de la escuela de traducción, entre citas de Amin Maalouf, Avicena, Averroes, y el gran papel de los monjes copistas que salvaron del olvido a Aristóteles; en el Mediterráneo, bajo un sol que quemaba y una sombra que helaba, pasajes y citas de León Felipe, de Miguel Hernández y sus Nanas de la cebolla, de García Lorca, Quevedo y Lope, caminando por un malecón, fumando interminables cigarrillos que lograban encenderse con un fuego que la ventisca exigía proteger y resguardar de la extinción.

Todo era ocasión de celebrarse, de leerse, de citarse, a veces de llorarse pero siempre de vivirse a plenitud. No el saber de los doctos e insensibles sino, por el contrario, el de quien entra al mundo, como los marinos que recorrieron mares siglos atrás, con la pasión de encontrar nuevas tierras, de explorar otros aires, de saciarse con el conocimiento de los que saben otras cosas y ofrecen nuevas vistas: generosidad en la enseñanza, apertura en el estudio, devoción y fe en el hombre, esperanza depositada en un cielo que ora gris tormenta, ora azul de claridad de mediodía, guarda siempre detrás una fuerza superior capaz de armonizarlo todo y hacerlo funcionar. 

Suma de ayer y hoy: fuerza para proyectar lecturas del mañana, distancia de la política y su cotidianidad ruin e ingrata, cercanía con una existencia que iba tomando una forma de nuevas épocas. A partir de ese paso de año, del 98 al 99, mi padre dio un giro a su vida con el que retomó lo que después de estudiar sus textos de juventud, parecía una carrera entregada a la reflexión y a la escritura, con una interrupción de 30 años que dedicó a servir a su país. Quien quiera constatar ese inicio, ese tránsito, esa interrupción y ese regreso puede hacerlo a través de dos obras clave editadas por la Fundación Rafael Preciado Hernández: Más allá de la política, (2010) y la novela inconclusa Volverás, (2004), que retratan con sus propias palabras un camino lejano al reflector de la plaza pública y al oropel del poder, y muy próximo a una vocación que quedó trunca con su muerte, en el año 2000.



La escritura, sí, pero primero la lectura
“La mejor forma de aprender a escribir es leyendo”, me dijo una vez Carlos Castillo Peraza, entre las paredes tapiadas de libros de su oficina, en Coyoacán, mientras revisábamos un texto que mandaría a la prensa. Ese proceso de edición fue otra de las grandes enseñanzas que recibí de mi padre, así como una pasión desmedida por los diccionarios, por el uso correcto del idioma y por el cariño hacia el lenguaje y la correcta expresión: “Quien escribe bien es porque piensa bien, y el bien pensar sólo lo dan los buenos libros”.

    Sentado en su escritorio, con una computadora algo rudimentaria, escribía a dos índices páginas y páginas que luego imprimía y nos entregaba a Bernardo Graue y a mi para revisar. Uno leía en voz alta y todos corregíamos con tinta de color las posibles erratas que encontráramos, para una vez concluida la lectura, hacer los cambios necesarios. Los errores llamados “de dedo” no se consideran fallas sino más bien el fruto de una prisa en la que las ideas superan la rapidez para expresarlas; las posibles faltas semánticas o sintácticas que creíamos encontrar eran fácilmente refutadas con teorías sobre lingüística que podían encontrarse en cualquier manual o con el simple hecho de decir: “vuelve a leer, siente la música del idioma…” Y es que la lectura dota al escritor de ese ritmo, de esos sonidos, de esa armonía que el músico percibe en cuanto una nota desafina y que el pintor condena cuando un color o un trazo rompen un orden que no se aprende con el estudio.

         No obstante, a su espalda, los estantes del librero albergaban centenares de diccionarios que consultaba a veces por distracción, otras por necesidad y en ocasiones para descubrir que un vocablo contaba con una acepción que lo llevaba a otro diccionario, este de etimologías, donde descubría el origen milenario de la voz buscada, lo que a su vez conducía a otra consulta que ya poco tenía de la búsqueda original y más bien se acercaba a palabras donde el conocimiento precario del griego y el un poco más profundo del latín eran herramientas indispensables. 

     Esa herencia de búsqueda casi obsesiva de la palabra exacta es otra herencia en la que a veces me sorprendo, vagando del María Moliner a la Enciclopedia del idioma de Manuel Seco, pasando por alguno de los siete tomos del Corominas y regresando al Diccionario de la Real Academia, con los hallazgos maravillosos que esas pesquisas arrojan: papelitos que separan una página donde una nota arroja un enigma que ya nadie podrá traducir, anotaciones al margen donde una consulta sirvió para entender algunos de los tropos de la poesía, referencias de palabras que hizo falta buscar pero que ahí permanecen, a la espera que el azar de un vocablo lleve a un nuevo hallazgo. Un puente entre tiempos y vidas que tiende esa centena de diccionarios, donde se guarda una de las herencias más valiosas de la cultura: el habla.



     Con la misma pasión, hallar un diccionario determinado podía convertirse en una odisea de proporciones patológicas. Alguna vez, la curiosidad de Castillo Peraza llegó al punto de obsesionarse con encontrar un listado que incluyera todos los sonidos que emiten los animales, por lo que a un ritual que compartíamos, y que bautizamos como “ir de libros” –y que consistía en ir generando listas de títulos por comprar para, una vez al mes, ir a su encuentro en las librerías de Coyoacán–, añadimos ese pendiente. Los encargados de asistir a quienes no saben dónde buscar lo que quieren en las librerías observaban a mi padre que, tras formular su petición, notaba con molestia, antes de que el dependiente respondiera su negativa, cómo la ayuda sería inútil y más bien terminaría en esa estrategia de despistar con información que no ofrece soluciones y sí nuevos problemas (para los cuales sí habrá un producto que ofrecer). Pasaron varios meses antes de que, en su desesperación, decidiera consultar a quien consideró el único que podía ayudarle: Gabriel Zaid. Fiel a su tendencia de no contestar el teléfono, lo que el escritor regiomontano le contestó vía fax fueron los datos del Diccionario de verbos de Basulto, que hoy conservo con esa última sección marcada y donde aparecen, en efecto, las voces de los animales.

       Eran, pues, los últimos tiempos gratos de la librería El Parnaso, antes de que se convirtiera en un almacén de saldos de poca calidad editorial; también los del Gandhi y el Fondo de Cultura Económica de Miguel Ángel de Quevedo, antes de que el primero fuera remodelado y cediera un edificio completo a textos que parecen ser parte de una bodega en desuso. Ahí acudíamos con la máxima –aprendida tras la experiencia del diccionario referido– de que libro que tú no encuentras es porque no lo mereces, en busca de palomear nuestras listas respectivas. Pero el resultado era siempre mayor a lo esperado. Yo, con mis notas en tarjetas blancas. Él, con las suyas en tarjetas cuadriculadas, de una medida que jamás he vuelto a encontrar, que conseguía en una papelería suiza y que eran enviadas de ese país por Jaime Ortega, a razón de varias decenas de paquetes por entrega.

Una vez que terminaba con su lista, se acercaba a mi y ante el hallazgo de algunas obras completas, decía “¿Ya leíste a Lucas Alamán?” Y agregaba, antes de que llegara cualquier respuesta: “no puede entenderse la historia de México sin leer a Lucas Alamán?” Así, mi acervo personal, y que de igual forma se incorporaba a la biblioteca mayor, se enriqueció con las obras completas de Borges, de Paz, de Pessoa, de Pavese, de Pellicer, entre otros tantos. Él adquiría las suyas de igual modo, pues había que aprovechar que algún centenario era ocasión de la reedición de una colección nueva –el del natalicio de Borges fue en 1999–, por lo que a la postre quedaron dos ediciones iguales de un mismo título. No importaba. Una se quedaba en la oficina y otra en la biblioteca, con la moraleja de que un libro nunca sobra y que es preferible tener la consulta a la mano para cuando falle la memoria.



    Por supuesto, esto no fue siempre así. Carlos Castillo Peraza pudo darse esos lujos ya casi al final de su vida, y nunca de la manera como él hubiera querido. De este modo, la casa-estudio que albergaba la biblioteca jamás fue propia. Las lujosas ediciones sólo fueron posibles a partir de cierta época, como pasó con la trilingüe ­español-griego-latín de la Metafísica de Aristóteles, de la que alguna vez me contó: “cuando fui estudiante en Suiza la veía en los aparadores, y jamás la pude comprar. Ahora ya no me sirve, pero la tengo para conciliarme conmigo… y con Aristóteles”.

   Esa casa volvió a su dueño original tras el año 2000, y la biblioteca quedó, un poco menos vistosa, un poco más apretada, en un departamento cercano, del que luego me fui, llevándome conmigo esa herencia de libros sin techo, de sabiduría sin títulos académicos, de recuerdos que aguardan para sorprender entre las páginas. Y parte de esa biblioteca es la que mi familia y yo decidimos, hace unos meses, dar en comodato a la Fundación Rafael Preciado Hernández, para que quien así lo desee, pueda abrevar en ella, pueda deleitarse con sus tesoros y recorrer los gustos, las manías, las obsesiones y las pasiones de Carlos Castillo Peraza. Ojalá que sea de provecho. Ojalá que panistas y no panistas se acerquen a ella para disfrutar sus contenidos de la misma forma en que mi padre y yo disfrutamos acomodándola, observándola, contemplándola, recorriendo sus lomos y sus tomos, ahondando en cada libro que es en resumidas cuentas un fragmento de una vida. En este caso, la vida de mi padre, que desde alguna parte ha de observar contento cómo el fruto de su vida y de su esfuerzo queda a disposición de quien guste consultarlo.

El legado es inmenso, no se cuantifica en dinero y va más allá de lo que puede comprarse y venderse: es una forma de autobiografía de mil vidas que convergen en un solo nombre y se reúnen en torno de una memoria. La de los libros. La de todos los hombres.

Este texto es parte del número 216 de la revista Bien Común:


miércoles, 17 de abril de 2013

Fundación Carlos Castillo Peraza: evento inaugural





El pasado 4 de abril, en Mérida, Yucatán, fue presentada la Fundación Castillo Peraza, en un evento realizado en el Centro Cultural Olimpo al que fui invitado a impartir la charla que a continuación se reproduce.

Participó como orador principal Stefan Jost, director para América Latina de la Fundación Konrad Adenauer, en un evento con el que la Fundación Castillo Peraza inició formalmente sus actividades, con los objetivos de difundir el pensamiento de Castillo Peraza, de coadyuvar a la formación de líderes humanistas y de promover el humanismo como sustento a la actividad política. 
 
I. Yucatán, tierra de madurez democrática
Quiero comenzar destacando el hecho de que sea precisamente aquí, en esta Mérida, donde la Fundación ha decidido comenzar sus actividades.

Las razones son obvias precisamente por el origen de Castillo Peraza y el orgullo que durante su vida sintió de haber nacido en esta tierra generosa, espléndida y a la que dedicó ese hermoso libro que se llama Volverás.

Más allá de ese dato que, no obstante, y como todo nacimiento en tal o cual lugar, es fruto del azar, destaco otro punto a mi parecer relevante, y es la historia reciente de Yucatán, sobre todo, en la parte que se refiere a la política, en general, y a la construcción de una cultura democrática, en particular.

Mérida tiene el honor de haber sido una de las primeras ciudades que conoció la alternancia política, allá por los años cincuenta, y más próximo a nuestros días, en la década de los noventa del siglo pasado, en el nivel municipal, y en el año 2000, en el nivel federal.

Esto significa que la sociedad yucateca fue pionera en lo que hoy se considera parte de la normalidad política, y que es el cambio en el signo político que representa un gobierno. Una normalidad que implica madurez, que implica el enraizamiento de ciertos valores y de ciertas actitudes que son clave para que la democracia funcione.

Por supuesto, cuando se habla de democracia, se habla de mucho más que simplemente ir a votar, acción fundamental de toda elección pero que en ningún momento debe asumirse como punto de llegada, sino más bien, el punto de partida del llamado sistema de mayorías.

El camino que debe recorrerse antes de que la democracia se consolide en participación electoral es el de construir una cultura democrática.

Y construir una cultura es una labor de generaciones que, bajo la bandera de un mismo ideal, van dando los pasos necesarios para avanzar un camino que, en el caso mexicano, ha sido accidentado, complejo, en ocasiones tortuoso y hasta heroico, pero siempre con la convicción de que las cosas podían y debían cambiar…

Y así fue. El sistema político cambió no de la noche a la mañana, porque esos cambios de la inmediatez y la revolución son volátiles y poco duraderos, como recientemente acabamos de ver con las llamadas “primaveras árabes”, que de la euforia pasaron al desencanto y de nuevo a la protesta y a la anarquía, sin capacidad de que la democracia eche raíces porque precisamente no había un suelo fértil en donde ésta pudiera sostenerse y resistir la ya muy conocida tentación populista.

En México, ese suelo fértil fue precisamente el de Yucatán. No fue el único, pero sí de los primeros en demostrar que la democracia era posible, que la libertad de prensa era posible, que las instituciones de la sociedad eran posibles, que la suma de voluntades era capaz de hacer temblar hasta el más caciquil de los gobiernos.

Es por esta madurez democrática que yo celebro que esta iniciativa de la Fundación Castillo Peraza provenga de un grupo de yucatecos que decidieron seguir dando los pasos necesarios para continuar la labor de construir una cultura acorde con el sistema político en el que creemos, y al que sin duda hay que cuidar y defender.

Porque no es exagerado afirmar que aún es mucho lo que tenemos por hacer como sociedad, como simpatizantes o militantes de un partido, como ciudadanos interesados en lo que ocurre más allá de la puerta de nuestras casas.

Quiero hacer un ejercicio con ustedes para demostrar de qué tamaño es el reto que nuestra generación, que nosotros tenemos por delante. Un ejercicio simple, hasta simplista, pero sin duda significativo para entender cuánto nos falta aún por construir.

El que no transa…

El que se mueve…

Un político pobre…

El problema no es mentir…

Año de hidalgo…

El que todos nosotros, o la mayoría, conozcamos lo que estos refranes significan, es precisamente una cuestión cultural. En este caso, la herencia de un México autoritario, corrupto, que ve en el camino al margen de la ley una normalidad virtuosa y no una deleznable excepción.

Y por supuesto, como esa suma de usos, de tradiciones, de costumbres y de hábitos que integran una cultura, los refranes son un reflejo de una idiosincrasia particular. Y si algo se le recrimina actualmente a la alternancia política de nuestro país fue la incapacidad de hacer cambios tangibles en esa cultura que se vanagloria de ostentar valores antidemocráticos.

Me parece que la afirmación de que nada se hizo es falsa, pero sí es muy cierto el hecho de que mucho más faltó y sigue faltando. Temas como la transparencia y la rendición de cuentas, la legalidad y el apego al Estado de derecho, la subsidiariedad y la responsabilidad en el uso de programas sociales, representan, tras doce años de gobiernos panistas, un cambio importante que hay que proteger y seguir impulsando.

Pero también es una realidad que esto no es suficiente.

En Yucatán, ustedes han podido constatar cómo la alternancia demuestra que hay vicios tan arraigados y tan habituales que el hecho de un cambio en las administraciones federales o municipales implica en ocasiones grandes y peligrosos retrocesos. 

Y esto, es precisamente, porque aún no están arraigados los valores de la democracia a través de instituciones que protejan y encaucen los avances obtenidos. No podemos extirpar de tajo esos antivalores, porque una cultura no se cambia por decreto. Es decir, nadie obligó a la sociedad en el siglo pasado a salir a votar; la sociedad salió a votar porque estaba convencida de la necesidad de un cambio.

Del mismo modo, es fundamental seguir ese ejemplo gradualista y municipalista para ir generando los cambios trascendentes para nuestro país. En esta labor, los partidos políticos tienen un papel ineludible, pero es innegable que también la sociedad debe organizarse y poner de su parte mediante mecanismos como observatorios ciudadanos, asociaciones civiles y, para el caso que hoy nos reúne, y que es de lo que me invitaron a platicar, fundaciones como la Castillo Peraza, cuya misión reza del siguiente modo:

II. Misión de la Fundación Castillo Peraza
 “Impulsar la formación de líderes que se inspiren en el humanismo político con el fin de que ejerzan su acción positivamente en la transformación de México, mediante el estudio sistematizado, la investigación formal y el liderazgo”.

En el panorama de nuestro siglo XXI, y a la luz de lo que ha quedado expuesto en estos minutos, esta misión puede llegar a ser de gran trascendencia y, sin duda, honrar con creces el legado del nombre que lleva.

Carlos Castillo Peraza fue un feroz creyente del gradualismo, del papel transformador de la política, de la responsabilidad y la altura de miras en el servicio público, y de la importancia de que los valores de la democracia arraigaran en todos los niveles de la sociedad.

Llamó a esa derrota de la apatía, de la molicie y de la indiferencia de la sociedad frente al voto, la “victoria cultural del PAN”, a la que sumó el hecho de que en el lenguaje, las fuerzas políticas que antaño se referían a la democracia y a las instituciones con desdén y hasta sorna, incluyeran de pronto entre sus banderas la defensa y el apoyo a organismos como el IFE, el IFAI, el Trife, la justicia independiente del ejecutivo y otros tantos logros, aún incompletos muchos de ellos, de nuestra evolución política.

¿Cuáles son los siguientes pasos a dar en la construcción de la cultura democrática? Me parece que precisamente la difusión y el convencimiento de que esos valores que requiere la democracia para funcionar deben incorporarse de manera real, sincera y honesta a nuestra cotidianeidad democrática.

Porque sin estos valores no habrá nuevas victorias culturales sino solamente simulación democrática, que cederá a la tentación autoritaria o a la tentación populista en cuanto la ocasión lo permita. Ya estamos viendo, a raíz del triunfo del PRI en el Ejecutivo federal, y al igual que ha ocurrido aquí en Yucatán, cómo esas tentaciones son un peligro real, latente y capaz de hacernos caer en retrocesos que se traducen en desencanto popular de la democracia. 

Y eso es lo más grave que puede ocurrirle a un sistema que se basa en la participación de la gente en la cosa pública: el desencanto, el retroceso, el saber que lo avanzado no sirvió, el constatar que aquello por lo que se luchó y ante lo que se venció debe ser lucha de nuevo.

Cuando yo inicié mi trabajo en el Partido Acción Nacional, siempre me admiré de la capacidad de muchos para subirse a un templete o a una tribuna y mover almas desde las ideas y las palabras.

Luego descubrí que la política ofrecía trincheras para que las distintas capacidades e intereses personales pudieran desarrollarse y servir con ello a México. No todos podemos ser presidentes o diputados, pero sí podemos encontrar esa “trinchera” donde mejor nos desempeñemos.

Yo encontré esa trinchera en las fundaciones del PAN, en la doctrina, en la reflexión y en la generación de ideas, en la producción de libros y revistas del partido, en el rescate de una memoria que encontré abandonada o relegada y que, poco a poco, y junto al talento y la dedicación de muchos más, hemos ido adecuando, imprimiendo, editando y compartiendo con quien quiera acercarse a ella.

De este modo, acompañar la acción política con la reflexión y la generación de ideas, con la crítica, con el pensamiento y con la formación y la capacitación, es precisamente a lo que yo quiero invitarlos aquí, el día de hoy.

Es mucho lo que hay aún por rescatar de la obra de Carlos Castillo Peraza, y mucho más lo que debemos estudiar, entender y proyectar esa obra para que, en el futuro, siga siendo tradición. Porque el pensamiento que se queda ahí como tótem tarde o temprano pierde sus referencias con el presente y caduca. Pero el pensamiento que se estudia, se promueve, se actualiza y se mantiene vigente, se vuelve a convertir tradición en el futuro.

Así entendía Castillo Peraza la tradición humanista del PAN. Así la entendieron también Gómez Morin y González Luna, Christlieb y González Morfín… y hasta ahí.

Hay un hueco en el presente en estos temas doctrinarios e ideológicos que tenemos la obligación de subsanar y remediar. Porque de Castillo Peraza se dice que fue el último ideólogo del PAN, pero su muerte, lamentable, ocurrida hace 13 años, hace que este mote más que ser un orgullo sea, al menos en lo personal, una preocupación mayor. 

No es mentira decir que el PAN relegó su pensamiento y su generación de ideas a un lugar secundario, del cual hay que sacarlas y rescatarlas, y qué orgullo que sea desde esta Fundación que esta labor se lleve a cabo. Porque una victoria electoral que no está sustentada en una idea clara de lo que el PAN debe hacer, desde sus principio y su doctrina, es una victoria pírrica y sin capacidad para apuntalar los valores que requiere la democracia.

No es casualidad que el tercer lugar en las elecciones federales del año pasado haya tenido como escenario de fondo el abandono de la doctrina. Tampoco será casualidad que recuperar y vivir con congruencia esa doctrina nos devuelva a la ruta de la victoria, haga que la victoria deje de ser una frase aspiracional de discursos huecos para convertirse en la consecuencia del trabajo cotidiano.

De nuevo, aquí en Mérida ya conocimos ese camino. Y la victoria llegó precisamente como consecuencia de una suma de acciones y no como milagro ni como fruto de la nada.

Es tiempo de retomar las banderas de las ideas, ondearlas en alto y demostrarle a todo México, desde este lugar ejemplar para el panismo del país en muchos sentidos, que vivir nuestro pensamiento y nuestra doctrina no es el mejor camino, es el único. 

Es tiempo de rescatar la memoria de Carlos Castillo Peraza desde esta, su tierra natal, querida y siempre entrañable, para difundirla desde libros, desde revistas, desde las herramientas electrónicas que tanto pueden servir para estos temas.

Es tiempo de que nuestra tradición vuelva a ser nuestro mayor orgullo, y mientras más cerca estemos de esa tradición, más cerca estaremos de aquello que hizo al PAN diferente.

Porque esa diferencia no es un eslogan. Tampoco una frase o un grito de campaña. Esa diferencia es una forma de vivir la política, de ejercerla y de pensarla.

Los invito a que vivamos, ejerzamos y sigamos pensando la política como sólo el PAN lo sabe hacer.


La nota de este evento, publicada en el Diario de Yucatán, puede leerse en el siguiente enlace: http://yucatan.com.mx/merida/revelan-claves-de-democracia