miércoles, 17 de abril de 2013

Fundación Carlos Castillo Peraza: evento inaugural





El pasado 4 de abril, en Mérida, Yucatán, fue presentada la Fundación Castillo Peraza, en un evento realizado en el Centro Cultural Olimpo al que fui invitado a impartir la charla que a continuación se reproduce.

Participó como orador principal Stefan Jost, director para América Latina de la Fundación Konrad Adenauer, en un evento con el que la Fundación Castillo Peraza inició formalmente sus actividades, con los objetivos de difundir el pensamiento de Castillo Peraza, de coadyuvar a la formación de líderes humanistas y de promover el humanismo como sustento a la actividad política. 
 
I. Yucatán, tierra de madurez democrática
Quiero comenzar destacando el hecho de que sea precisamente aquí, en esta Mérida, donde la Fundación ha decidido comenzar sus actividades.

Las razones son obvias precisamente por el origen de Castillo Peraza y el orgullo que durante su vida sintió de haber nacido en esta tierra generosa, espléndida y a la que dedicó ese hermoso libro que se llama Volverás.

Más allá de ese dato que, no obstante, y como todo nacimiento en tal o cual lugar, es fruto del azar, destaco otro punto a mi parecer relevante, y es la historia reciente de Yucatán, sobre todo, en la parte que se refiere a la política, en general, y a la construcción de una cultura democrática, en particular.

Mérida tiene el honor de haber sido una de las primeras ciudades que conoció la alternancia política, allá por los años cincuenta, y más próximo a nuestros días, en la década de los noventa del siglo pasado, en el nivel municipal, y en el año 2000, en el nivel federal.

Esto significa que la sociedad yucateca fue pionera en lo que hoy se considera parte de la normalidad política, y que es el cambio en el signo político que representa un gobierno. Una normalidad que implica madurez, que implica el enraizamiento de ciertos valores y de ciertas actitudes que son clave para que la democracia funcione.

Por supuesto, cuando se habla de democracia, se habla de mucho más que simplemente ir a votar, acción fundamental de toda elección pero que en ningún momento debe asumirse como punto de llegada, sino más bien, el punto de partida del llamado sistema de mayorías.

El camino que debe recorrerse antes de que la democracia se consolide en participación electoral es el de construir una cultura democrática.

Y construir una cultura es una labor de generaciones que, bajo la bandera de un mismo ideal, van dando los pasos necesarios para avanzar un camino que, en el caso mexicano, ha sido accidentado, complejo, en ocasiones tortuoso y hasta heroico, pero siempre con la convicción de que las cosas podían y debían cambiar…

Y así fue. El sistema político cambió no de la noche a la mañana, porque esos cambios de la inmediatez y la revolución son volátiles y poco duraderos, como recientemente acabamos de ver con las llamadas “primaveras árabes”, que de la euforia pasaron al desencanto y de nuevo a la protesta y a la anarquía, sin capacidad de que la democracia eche raíces porque precisamente no había un suelo fértil en donde ésta pudiera sostenerse y resistir la ya muy conocida tentación populista.

En México, ese suelo fértil fue precisamente el de Yucatán. No fue el único, pero sí de los primeros en demostrar que la democracia era posible, que la libertad de prensa era posible, que las instituciones de la sociedad eran posibles, que la suma de voluntades era capaz de hacer temblar hasta el más caciquil de los gobiernos.

Es por esta madurez democrática que yo celebro que esta iniciativa de la Fundación Castillo Peraza provenga de un grupo de yucatecos que decidieron seguir dando los pasos necesarios para continuar la labor de construir una cultura acorde con el sistema político en el que creemos, y al que sin duda hay que cuidar y defender.

Porque no es exagerado afirmar que aún es mucho lo que tenemos por hacer como sociedad, como simpatizantes o militantes de un partido, como ciudadanos interesados en lo que ocurre más allá de la puerta de nuestras casas.

Quiero hacer un ejercicio con ustedes para demostrar de qué tamaño es el reto que nuestra generación, que nosotros tenemos por delante. Un ejercicio simple, hasta simplista, pero sin duda significativo para entender cuánto nos falta aún por construir.

El que no transa…

El que se mueve…

Un político pobre…

El problema no es mentir…

Año de hidalgo…

El que todos nosotros, o la mayoría, conozcamos lo que estos refranes significan, es precisamente una cuestión cultural. En este caso, la herencia de un México autoritario, corrupto, que ve en el camino al margen de la ley una normalidad virtuosa y no una deleznable excepción.

Y por supuesto, como esa suma de usos, de tradiciones, de costumbres y de hábitos que integran una cultura, los refranes son un reflejo de una idiosincrasia particular. Y si algo se le recrimina actualmente a la alternancia política de nuestro país fue la incapacidad de hacer cambios tangibles en esa cultura que se vanagloria de ostentar valores antidemocráticos.

Me parece que la afirmación de que nada se hizo es falsa, pero sí es muy cierto el hecho de que mucho más faltó y sigue faltando. Temas como la transparencia y la rendición de cuentas, la legalidad y el apego al Estado de derecho, la subsidiariedad y la responsabilidad en el uso de programas sociales, representan, tras doce años de gobiernos panistas, un cambio importante que hay que proteger y seguir impulsando.

Pero también es una realidad que esto no es suficiente.

En Yucatán, ustedes han podido constatar cómo la alternancia demuestra que hay vicios tan arraigados y tan habituales que el hecho de un cambio en las administraciones federales o municipales implica en ocasiones grandes y peligrosos retrocesos. 

Y esto, es precisamente, porque aún no están arraigados los valores de la democracia a través de instituciones que protejan y encaucen los avances obtenidos. No podemos extirpar de tajo esos antivalores, porque una cultura no se cambia por decreto. Es decir, nadie obligó a la sociedad en el siglo pasado a salir a votar; la sociedad salió a votar porque estaba convencida de la necesidad de un cambio.

Del mismo modo, es fundamental seguir ese ejemplo gradualista y municipalista para ir generando los cambios trascendentes para nuestro país. En esta labor, los partidos políticos tienen un papel ineludible, pero es innegable que también la sociedad debe organizarse y poner de su parte mediante mecanismos como observatorios ciudadanos, asociaciones civiles y, para el caso que hoy nos reúne, y que es de lo que me invitaron a platicar, fundaciones como la Castillo Peraza, cuya misión reza del siguiente modo:

II. Misión de la Fundación Castillo Peraza
 “Impulsar la formación de líderes que se inspiren en el humanismo político con el fin de que ejerzan su acción positivamente en la transformación de México, mediante el estudio sistematizado, la investigación formal y el liderazgo”.

En el panorama de nuestro siglo XXI, y a la luz de lo que ha quedado expuesto en estos minutos, esta misión puede llegar a ser de gran trascendencia y, sin duda, honrar con creces el legado del nombre que lleva.

Carlos Castillo Peraza fue un feroz creyente del gradualismo, del papel transformador de la política, de la responsabilidad y la altura de miras en el servicio público, y de la importancia de que los valores de la democracia arraigaran en todos los niveles de la sociedad.

Llamó a esa derrota de la apatía, de la molicie y de la indiferencia de la sociedad frente al voto, la “victoria cultural del PAN”, a la que sumó el hecho de que en el lenguaje, las fuerzas políticas que antaño se referían a la democracia y a las instituciones con desdén y hasta sorna, incluyeran de pronto entre sus banderas la defensa y el apoyo a organismos como el IFE, el IFAI, el Trife, la justicia independiente del ejecutivo y otros tantos logros, aún incompletos muchos de ellos, de nuestra evolución política.

¿Cuáles son los siguientes pasos a dar en la construcción de la cultura democrática? Me parece que precisamente la difusión y el convencimiento de que esos valores que requiere la democracia para funcionar deben incorporarse de manera real, sincera y honesta a nuestra cotidianeidad democrática.

Porque sin estos valores no habrá nuevas victorias culturales sino solamente simulación democrática, que cederá a la tentación autoritaria o a la tentación populista en cuanto la ocasión lo permita. Ya estamos viendo, a raíz del triunfo del PRI en el Ejecutivo federal, y al igual que ha ocurrido aquí en Yucatán, cómo esas tentaciones son un peligro real, latente y capaz de hacernos caer en retrocesos que se traducen en desencanto popular de la democracia. 

Y eso es lo más grave que puede ocurrirle a un sistema que se basa en la participación de la gente en la cosa pública: el desencanto, el retroceso, el saber que lo avanzado no sirvió, el constatar que aquello por lo que se luchó y ante lo que se venció debe ser lucha de nuevo.

Cuando yo inicié mi trabajo en el Partido Acción Nacional, siempre me admiré de la capacidad de muchos para subirse a un templete o a una tribuna y mover almas desde las ideas y las palabras.

Luego descubrí que la política ofrecía trincheras para que las distintas capacidades e intereses personales pudieran desarrollarse y servir con ello a México. No todos podemos ser presidentes o diputados, pero sí podemos encontrar esa “trinchera” donde mejor nos desempeñemos.

Yo encontré esa trinchera en las fundaciones del PAN, en la doctrina, en la reflexión y en la generación de ideas, en la producción de libros y revistas del partido, en el rescate de una memoria que encontré abandonada o relegada y que, poco a poco, y junto al talento y la dedicación de muchos más, hemos ido adecuando, imprimiendo, editando y compartiendo con quien quiera acercarse a ella.

De este modo, acompañar la acción política con la reflexión y la generación de ideas, con la crítica, con el pensamiento y con la formación y la capacitación, es precisamente a lo que yo quiero invitarlos aquí, el día de hoy.

Es mucho lo que hay aún por rescatar de la obra de Carlos Castillo Peraza, y mucho más lo que debemos estudiar, entender y proyectar esa obra para que, en el futuro, siga siendo tradición. Porque el pensamiento que se queda ahí como tótem tarde o temprano pierde sus referencias con el presente y caduca. Pero el pensamiento que se estudia, se promueve, se actualiza y se mantiene vigente, se vuelve a convertir tradición en el futuro.

Así entendía Castillo Peraza la tradición humanista del PAN. Así la entendieron también Gómez Morin y González Luna, Christlieb y González Morfín… y hasta ahí.

Hay un hueco en el presente en estos temas doctrinarios e ideológicos que tenemos la obligación de subsanar y remediar. Porque de Castillo Peraza se dice que fue el último ideólogo del PAN, pero su muerte, lamentable, ocurrida hace 13 años, hace que este mote más que ser un orgullo sea, al menos en lo personal, una preocupación mayor. 

No es mentira decir que el PAN relegó su pensamiento y su generación de ideas a un lugar secundario, del cual hay que sacarlas y rescatarlas, y qué orgullo que sea desde esta Fundación que esta labor se lleve a cabo. Porque una victoria electoral que no está sustentada en una idea clara de lo que el PAN debe hacer, desde sus principio y su doctrina, es una victoria pírrica y sin capacidad para apuntalar los valores que requiere la democracia.

No es casualidad que el tercer lugar en las elecciones federales del año pasado haya tenido como escenario de fondo el abandono de la doctrina. Tampoco será casualidad que recuperar y vivir con congruencia esa doctrina nos devuelva a la ruta de la victoria, haga que la victoria deje de ser una frase aspiracional de discursos huecos para convertirse en la consecuencia del trabajo cotidiano.

De nuevo, aquí en Mérida ya conocimos ese camino. Y la victoria llegó precisamente como consecuencia de una suma de acciones y no como milagro ni como fruto de la nada.

Es tiempo de retomar las banderas de las ideas, ondearlas en alto y demostrarle a todo México, desde este lugar ejemplar para el panismo del país en muchos sentidos, que vivir nuestro pensamiento y nuestra doctrina no es el mejor camino, es el único. 

Es tiempo de rescatar la memoria de Carlos Castillo Peraza desde esta, su tierra natal, querida y siempre entrañable, para difundirla desde libros, desde revistas, desde las herramientas electrónicas que tanto pueden servir para estos temas.

Es tiempo de que nuestra tradición vuelva a ser nuestro mayor orgullo, y mientras más cerca estemos de esa tradición, más cerca estaremos de aquello que hizo al PAN diferente.

Porque esa diferencia no es un eslogan. Tampoco una frase o un grito de campaña. Esa diferencia es una forma de vivir la política, de ejercerla y de pensarla.

Los invito a que vivamos, ejerzamos y sigamos pensando la política como sólo el PAN lo sabe hacer.


La nota de este evento, publicada en el Diario de Yucatán, puede leerse en el siguiente enlace: http://yucatan.com.mx/merida/revelan-claves-de-democracia

lunes, 1 de abril de 2013

Carlos Castillo Peraza: novedad editorial


Con el apoyo de la Fundación Rafael Preciado Hernández, en las próximas semanas aparecerá el libro El acento en la palabra. Conferencias sobre la transición democrática mexicana, de Carlos Castillo Peraza.

Integrado por una veintena de conferencias impartidas ante diversos foros, El acento en la palabra busca rescatar el punto de vista de Castillo Peraza respecto de diversos aspectos que acompañaron la alternancia política en el Poder Ejecutivo Federal mexicano, destacando su concepción de que ese suceso histórico estuvo precedido del trabajo que distinguió a varias generaciones de panistas y no solamente fue fruto de una elección presidencial, así como la idea de que enraizar y fortalecer los valores propios de la democracia es tarea fundamental para que esa transición avance y se consolide en todos los ámbitos de la vida pública de México.

La compilación de esta antología, realizada por quien redacta estas líneas, completa la trilogía publicada con motivo del X aniversario luctuoso de Castillo Peraza, y que incluye los tomos Más allá de la política / Volverás, que incluye su obra periodística; La plaza y la tribuna, que rescata discursos pronunciados tanto en la Cámara de Diputados como en la campaña local por la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, en 1997; y Doctrina e ideología, que reúne textos acerca del humanismo político del Partido Acción Nacional. 

Comparto a continuación la portada, el prólogo y el índice de El acento en la palabra. Conferencias sobre la transición democrática mexicana, con el objetivo de promover el interés por esta obra.




Índice


I. Cinco conferencias en Georgetown
- De la fuerza a la maña: la lenta apertura del Poder Legislativo mexicano a la oposición política entre los años 1943 y 1958
- El Partido Acción Nacional y el federalismo en México
- Recurrencia de las crisis en México
- Las elecciones federales mexicanas de 1997: desafíos y perspectivas
- ¿Querrán ser gobernados los mexicanos?

II. Apuntes para la transición
- Dos hechos, un error, una paradoja, tres carencias y un mito de la transición política mexicana
- Gobernabilidad y justicia social
- El papel del gobierno de cara al México del siglo XXI
- Economía y Política: una visión compartida
- México: solidez económica, riesgos políticos y sociales
- Un banco en transición en un México en transición
- El posible complemento
- Expectativa política del próximo milenio

III. El Partido Acción Nacional
         - El 1915 de Gómez Morin: una propuesta de revolución 
            cultural
        - Las víctimas culpables
- La increíble apuesta
- Reflexiones sobre el panismo clásico
- Seis lecciones perennes y un epílogo coyuntural


Prólogo

La militancia de Carlos Castillo Peraza en las filas del Partido Acción Nacional estuvo siempre acompañada de su actividad periodística, de sus análisis acerca de la realidad social de nuestro país, así como de una intensa labor de difusión de la doctrina humanista y su aplicación en ideología que se tradujo en cientos de conferencias pronunciadas ante distintos foros a lo largo y ancho del país. Lejos de su concepción de la política el pragmatismo y la inmediatez; cerca, sí, las ideas, los valores y la reflexión que antecedía cualquier decisión, para poder sustentarla en un marco de tradición y proyectarla en busca de, con sus propias palabras, “ser tradición otra vez en el futuro”.
       Esta labor intelectual era el fruto de una concepción de la política completa, integral, que no debía responder a la prisa del momento o de la coyuntura sino más bien hallar el modo de situar esa coyuntura en un marco doctrinario para buscar la  respuesta que antepusiera la congruencia a la moda o al simplismo de lo inmediato, siempre tentador pero casi nunca eficaz para sustentar en el mañana las decisiones del hoy. La formación filosófica y el conocimiento profundo del humanismo panista hacía posible esa condición. No había improvisación ni se cedía a la trampa fácil de seguir la corriente, por numerosa que fuera: era preferible generar consensos mediante los argumentos, la negociación, el convencimiento que acude a la palabra y apela a la razón… En resumen, la ruta del diálogo que ostenta y premialos valores de la democracia.
        Ya fuera desde la tribuna legislativa, desde la plaza donde se acude a pedir el voto de la sociedad, en la Presidencia del Partido Acción Nacional o en los diversos foros a los que era invitado a pronunciarse sobre distintos temas, esa vocación de diálogo y apertura podía quizá no convencer, pero contaba con los atributos de la estructuración retórica, del sustento en las ideas y de la certeza de defender la doctrina del que consideraba el mejor partido político de México, sin denostar u humillar al adversario, con la generosidad para atender a los argumentos ajenos o contrarios y la fortaleza discursiva de quien se prepara para sostener sus ideales. Una auténtica devoción a la palabra bien pronunciada, bien construida, elevada a rango de arma y herramienta primordial de la actividad política. Honrar la palabra, ser honesto con las palabras, ser fiel a la palabra empeñada, siempre la palabra que es la forma primordial del lenguaje, de las ideas, de las teorías.
          El acento en la palabra. Conferencias sobre la transición política mexicana busca precisamente ser un homenaje a la palabra de Carlos Castillo Peraza a través  de una serie de textos pronunciados respecto de esa marcha de nuestro país hacia la instauración del sistema de mayorías como modo de gobierno. Protagonista de primera fila de los años más fértiles de ese camino, y actor indiscutible de las negociaciones que abrieron la puerta a la democracia, a los primeros grandes triunfos electorales de la entonces oposición, y a una concepción doctrinaria del PAN acorde con los tiempos que le tocó vivir, Castillo Peraza contribuyó desde las distintas trincheras que eligió a esos objetivos que estuvieron presentes desde la fundación del Acción Nacional, en 1939, y que sólo a finales de los años ochenta pudieron consolidar varias décadas y varias generaciones de esfuerzo en una sociedad a la que el Partido supo representar en su voluntad de cambio y transformación.
        La primera parte de este libro compila la historia de esa ruta panista compleja y ardua en palabras de su propio autor: el camino que inicia con los primeros diputados de Acción Nacional en el Congreso mexicano, las propuestas de ley, el trabajo de ser minoría frente a una mayoría intransigente y autoritaria, y la preeminencia de una agenda de cambio y transformación que sería la pauta del trabajo legislativo durante casi medio siglo. Esa lucha por consolidar un auténtico federalismo y por empezar a caminar la senda de la transición democrática es también materia de estudio y análisis, no desde el pedestal del experto constitucionalista que realiza análisis sesudos sino desde quien ha estudiado la historia y tenido la experiencia de lidiar en ese espacio de deliberación donde, como solía decirse, se ganaba el debate pero se perdía la votación.
Se suman a estos dos temas (trabajo parlamentario y federalismo) el de las crisis económicas que hasta 1994 asolaron a México, y la estrecha relación que existió entre falta de elecciones libres y equitativas y mal manejo de las finanzas públicas durante varios decenios, así como el de las elecciones federales de 1997, aún por llevarse a cabo en ese entonces y que serían las primeras en ser organizadas por el recién creado Instituto Federal Electoral, logro de una larga lucha de la que Acción Nacional jamás claudicó y que representó uno de los avances más significativos para instaurar un auténtico régimen democrático. La última de estas charlas se refiere a la gobernabilidad en México, y de igual modo, sin caer en academicismos ni profundizar en teorías políticas, el autor utiliza su bagaje filosófico, su experiencia en la práctica política y su conocimiento del sistema político mexicano para tejer argumentos, destacar la democracia como oportunidad y no como un peligro –el peligro que en ese entonces el partido gobernante esgrimía como argumento para defender su continuidad en el gobierno–, y realizar, en suma, un análisis profundo de la cultura nacional y los retos, muchos de ellos aún presentes, para consolidar el tránsito de sistema de gobierno. “Cinco conferencias en Georgetown” es el título bajo el cual, en este volumen, se presenta el fruto de una estadía en aquella universidad norteamericana, entre enero y febrero de 1997, con el auspicio del Center for Latin American Studies, y que el propio Castillo Peraza reseñó en el semanario Proceso (“Unos cuantos buenos días”, número 1059, 15 de febrero de 1997).
Poco más de un año después, en mayo de 1998, y luego de ostentar la candidatura de Acción Nacional en la primera elección contemporánea para la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, de ser militante, diputado federal en dos ocasiones, candidato a la alcaldía de Mérida y a la gubernatura de Yucatán, así como presidente del Comité Ejecutivo Nacional panista entre 1993 y 1996, Carlos Castillo Peraza renunció a 34 años de militancia partidista. A partir de ese momento enfocó sus actividades al análisis político coyuntural, a través del despacho Humanismo, Desarrollo y Democracia, SC, y a la escritura, ya fuera periodística, ensayística o literaria (la novela Volverás, quedó inconclusa a su muerte, ocurrida en Bonn, Alemania, en septiembre del año 2000). Asimismo, fue invitado a distintos foros a impartir conferencias acerca del panorama político, económico y social de México, en un momento de nuestra historia en el que el camino andado de la democracia nacional parecía llegar a un punto de inflexión que permitiría, y a la postre permitió, la alternancia en el Poder Ejecutivo Federal.
Muchas de esas charlas fueron, en su momento, publicadas, entre otras, en la revista Palabra, órgano doctrinario del PAN, pero algunas más quedaron a resguardo en el archivo personal de Castillo Peraza, inéditas y que en este tomo que se presenta conforman el segundo apartado, “Apuntes para la transición”, donde su autor explaya las capacidades de observar y analizar los eventos que se sucedían en un momento clave de la vida política nacional para enlazarlos con el pasado y con su propia experiencia en la política y proyectar así interpretaciones y reflexiones en las que, en primer lugar, destaca el hecho de que nunca consideró el año 2000 como “parteaguas” ni nada similar; por el contrario, el otrora dirigente panista valora y sitúa la historia de la lucha democrática del PAN en su análisis,  y asegura que la primera gubernatura ganada por su partido en 1989, con la candidatura de Ernesto Ruffo Appel en Baja California, es el comienzo de esa etapa de tránsito, posterior a una larga brega tan o incluso más importante que el triunfo electoral, de la que éste es consecuencia y no un acto espontáneo que nace de la nada.
Castillo Peraza vio con recelo a la figura única en cualquier contexto, y fue precavido ante la tendencia incluso de su propio partido de poner en manos de una sola persona el trabajo de varias generaciones de mexicanos. No cejó en señalarlo ni en demostrar cómo esa democracia de la que se hablaba con novedad y a veces hasta con temor, era una práctica común al interior del PAN desde su fundación, tanto para elegir candidatos como jefes estatales o nacionales, y que este valor, así como la larga historia del partido en la vía de la legalidad y la institucionalidad, representaban precisamente parte invaluable de su tradición, frente a un PRI o un PRD que, entonces como ahora, buscaban dirimir las diferencias de sus grupos o de sus actores bajo el sello autoritario del “líder máximo o moral”, del “caudillo” o del “tlatoani” instaurado como única voz frente a la riqueza de la pluralidad y la diversidad, que son piedra angular del auténtico demócrata. Ambos hechos (el autoritarismo de los otros partidos y la alternancia como proceso en el tiempo) son repetidos con frecuencia en diversas piezas, aspecto que, a la luz de los años, lleva a pensar en la importancia de establecer esas diferencias de fondo que distinguieron al PAN de sus oponentes y que a la postre le granjearon encabezar el cambio democrático de México.
Otro tema importante de análisis es el papel de la economía, en general, y de la banca, en particular, en la construcción del México del siglo XX. Al igual que con los temas de orden constitucional o de gobernabilidad, y sin ser experto ni teórico en la materia, las palabras de Castillo Peraza huyen siempre de la solemnidad y del rigor académico para enlazar la experiencia personal con la lectura, el estudio, la anécdota y una característica peculiar que lo distinguió: la capacidad de aprender por sí mismo a través de los libros y llenar de ese modo los vacíos de una formación que, si bien rica en temas filosóficos, distaba mucho de entorpecerse con el rigor de las teorías estrechas o las visiones limitadas de la especialización rigurosa de los expertos, tomando una expresión suya, que sabían casi todo de casi nada. De esta manera, su pensamiento y sus ideas, aunados a un bagaje de herramientas retóricas y argumentativas, formulaban juicios y proponían escenarios que, el lector podrá constatar, terminaron en buena medida por ocurrir, ya fuera para bien o para mal, y sin lugar a duda son ejemplo de quien, como se señaló párrafos arriba, era capaz de asumir la política como una actividad que corre paralela a todos los ámbitos de la sociedad, sin por ello tener que injerir directamente en muchos de ellos pero sí presente como esa gran facilitadora para encauzar la fuerza, el talento y la energía de un grupo humano que busca el modo de crecer y madurar en su ejercicio de la ciudadanía. 
  Esta capacidad de unir lo que parece disperso y de relacionar lo que en apariencia es inconciliable llevó a formular también aquel pensamiento acerca del globo como unidad económica abstracta que deja del lado a los seres humanos que habitan el mundo, una crítica basada en los pensadores salamantinos del siglo XVI que proyecta sus alcances hasta los efectos de una globalización que sacrifica a las personas y tergiversa los valores, visión previa del hoy llamado “relativismo moral” que en nombre de la libertad sacrifica los principios elementales de convivencia y pone en jaque la civilidad alcanzada tras varios siglos de cultura y desarrollo humano.
En síntesis, las conferencias que conforman este segundo apartado son quizá uno de los momentos más fecundos de la vida de Castillo Peraza, sumados una experiencia basta en el campo de la vida pública, un acervo de conocimientos construido desde el aula y desde la propia inquietud intelectual, y una disposición a utilizar la palabra bien dicha como herramienta de convencimiento, de persuasión y de argumentación, para unir así aquellas virtudes en un discurso que hasta el día de hoy no cuenta con parangón al interior de las filas panistas. Esto, por desgracia, y sin ser este el espacio para analizar sus causas, ha empobrecido el contenido de la llamada intelligentisa panista, limitando asimismo su alcance y llevando a honrar cada vez más un pasado heroico en detrimento de un presente no halla el modo de retomar esa ruta que equilibre el pragmatismo electoral con una capacidad reflexiva paralela que dé sustento y fortaleza a la actividad política.   
El último capítulo de El acento en la palabra. Conferencias sobre la transición política mexicana versa sobre el Partido Acción Nacional. A pesar de su renuncia, Castillo Peraza fue siempre un defensor indudable de la tradición panista, pero también un crítico objetivo de la actividad cotidiana del que fuera el único partido en el que militó durante su vida. Como analista independiente, jamás negó de su origen ni de su formación y, por el contrario, siguió participando en aquellos eventos propios del PAN o externos pero en los que éste era el tema de análisis, a través de conferencias en las rescataba y analizaba, a la luz de los acontecimientos de los últimos años del siglo XX, la herencia y la aportación tanto del partido como de algunos de sus conocidos y no tan conocidos dirigentes y pensadores.
La inclusión de este apartado, breve pero sustancial, obedece justamente a ese cariño y a ese arraigo que siempre sintió el autor, incluso en los momentos menos gratos, por Acción Nacional, donde forjó amistades, construyó una trayectoria personal y pudo servir a su país desde la práctica política. La mayor parte de estos textos fueron ya publicados en otros medios, pero consideramos su rescate y su difusión porque complementan un mosaico en el que el lector encontrará más de un motivo para hundirse en una obra que, a pesar de haber sido escrita –y en este caso pronunciada– hace más de 15 años, cuenta con una vigencia y una actualidad que demuestran la claridad de miras y objetivos de Castillo Peraza en distintos ámbitos de lo político, así como la pasión de un pensamiento que no se dejó enceguecer ni por modas ni por tendencias, y supo permanecer fiel a una serie de principios humanistas que fueron guía, faro, mapa, puerto de partida y punto de llegada.
Al final, y tras su súbita muerte, Carlos Castillo Peraza sigue presente entre los panistas como una voz constante, como una referencia a la que, empero, es importante regresar de vez en cuando, sobre todo en los momentos en que el rumbo se extravía y la fuerza transformadora de México que ha sido el PAN pierde de vista sus objetivos fundamentales. Volver a estas reflexiones es importante, pero deber ser por propio pie, no a la fuerza ni porque la costumbre así lo marque, sino con la convicción de que en ellas se encuentra lo mejor de la tradición de Acción Nacional, uno de sus más grandes legados, y una de sus aportaciones más trascendentes a la historia del país.

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El acento en la palabra. Conferencias sobre la transición política mexicana se suma a otros libros de Carlos Castillo Peraza publicados por la Fundación Rafael Preciado Hernández, en particular, a los tres tomos que aparecieron en 2010 con motivo de su décimo aniversario luctuoso: Más allá de la política, que incluye textos periodísticos publicados en la década del setenta y el ochenta; La plaza y la tribuna, que compila algunas intervenciones en la tribuna de la Cámara de Diputados en aquellas décadas, así como discursos pronunciados durante la campaña por la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal en 1997; y Doctrina e ideología, en el que el lector puede encontrar reflexiones sobre el humanismo que promueve el Partido Acción Nacional y escritos en los que Castillo Peraza logra adaptar ese pensamiento a los retos que en su momento enfrentó y que todavía hoy enfrenta el PAN.
De este modo, esta nueva publicación busca completar ese esfuerzo de rescatar la memoria de quien fuera presidente de Acción Nacional entre 1993 y 1996 a través de sus propias palabras, sumando a los textos escritos las conferencias que el autor impartiera ya como militante panista o como consultor independiente en diversos foros, la mayor parte en referencia a la transición política mexicana, y que sumados con los libros anteriores, presentan un mosaico de la riqueza del pensamiento de Carlos Castillo Peraza, en un momento en el que tanto el PAN como la sociedad mexicana requieren hacer una revisión seria y objetiva acerca de un proceso de consolidación democrática que ha sido lento, arduo, complejo y que en ocasiones flota en un impasse que pareciera no avanzar precisamente por faltar ese sustento teórico elemental que acompaña cualquier cambio profundo con una agenda clara de transformación.
En ese mismo orden de ideas, ojalá este esfuerzo editorial sirva para resaltar la importancia que para el propio PAN tiene el impulso de un pensamiento que sepa traducir esa enorme, vasta y rica doctrina que es el humanismo a los problemas que vive hoy el propio partido y nuestro país, al tiempo que se promueven programas de mediano y largo plazo y acciones efectivas para la generación de esas ideas que han antecedido la acción política y que son las que hicieron de Acción Nacional una fuerza política distinguible, con objetivos claros y lejana a la improvisación o a la idea de momento. La reflexión que antecede al trabajo político ha faltado en los últimos años a tal grado que frases como “Carlos Castillo Peraza fue el último gran ideólogo panista”, lejos de ser un orgullo provocan preocupación y alarma, pues esto significa que en más de una década no se han dado las condiciones necesarias para que nuevos ideólogos tomen la estafeta y realicen ese trabajo de pensamiento tan útil como indispensable.
Quedan, empero, los libros que rescatan las ideas de quienes nos precedieron. Nos toca sin duda el promoverlos y difundirlos entre la militancia y la sociedad, pero también será necesario tomar medidas para que nuevas ideas lleguen a completar las que ya tenemos y así construir el futuro, como quería el propio Castillo Peraza, “desde la acción responsable en el presente”.



Carlos Castillo López


jueves, 7 de marzo de 2013

Jueves altanero: A Venezuela, con cariño y preocupación...

Foto: abc.es

Lo conocí a mediados del año 2012, en la ciudad de México, un poco antes de concluir la campaña presidencial de la que el PRI resultaría gran triunfador. De nombre Carlos y con unos cincuenta años encima. Ocupación: asesor en campañas políticas. País de origen: Venezuela. 

Nos recibió a Claudia y a mi en un departamento cercano al Estadio Azul, del que a la mañana siguiente saldría rumbo al aeropuerto para incorporarse a la campaña de Henrique Capriles. Hablaba de su nación con esperanza, con preocupación y con augurios que aún arrojaban un dejo de anhelo frente a una oposición que crecía y cobraba una fuerza suficiente –suponía– para sacar a Hugo Chávez del poder por la vía democrática. 

Fue reservado en sus designios respecto del futuro de Venezuela y enfático acerca de lo que podría pasar en México si López Obrador llegaba al poder: los chavistas están aquí, apoyan esa campaña y al igual que lo hicieron en Bolivia o Ecuador, invierten recursos para fortalecer los proyectos que consideran afines al bolivarismo, dijo con el primer whisky en la mano, de los tres o cuatro que compartiríamos durante la velada.

El relato de la vida cotidiana en su natal Venezuela no era nada alentador. Habló de la enorme riqueza, fruto del petróleo, que alcanzaba para enviar apoyo a Cuba y recibir a cambio "respaldo formal" a un proyecto que llama socialismo a una mezcla entre autoritarismo, ilegalidad y populismo, pero que había sumido en la pobreza a su propio país, al punto de haber épocas en que la producción local de insumos ni siquiera alcanzaba para garantizar el abasto de productos básicos (este hecho confirmaba lo dicho meses atrás por Rodrigo Iván Cortés Jiménez, secretario de Relaciones Internacionales del CEN del PAN, a quien pude entrevistar tras su viaje a ese país como observador de elecciones intermedias).

Lo entusiasmaba el auge que cobraba la campaña del que llamó "un joven que pudo unir a las fracciones de la oposición en un solo proyecto político" que apuntaba, si no a derrotar al presidente que modificó la Constitución para perpetuarse en el poder, sí a mermar ese absolutismo que de ninguna manera era representativo de la mayoría de los venezolanos, y que como nunca contribuyó a dividir a la sociedad con esos mensajes simplistas que separan irresponsablemente a buenos y malos, y que tienden a llevar la opinión pública a extremos que no pocas veces lindan en la violencia y el encono social. 

Entre las estrategias del chavismo para mantenerse en el poder, habló de métodos que juegan con la esperanza de la gente: se rifa una casa donada por el presidente, quien gana la fidelidad del ganador y mantiene, con el anhelo de un futuro sorteo, la expectativa latente entre los habitantes del barrio de ser los futuros beneficiados del azar. Ellos aguardan entonces, sumisos y resignados, a que la suerte les sea favorable. De igual modo, señaló con angustia la existencia de milicias  populares armadas y entrenadas para enfrentar al siempre latente enemigo, los Estados Unidos de América, ante la posibilidad de  una invasión para derrocar al "generoso" líder que procura el bienestar de su pueblo.

La fórmula está construida y arraigada desde hace años: una amenaza latente + un lider que se esmera por proteger a su pueblo + recursos para callar los medios de información + una oposición dividida y con poca capacidad para enfrentar el derroche de recursos en favor del proyecto chavista + una sociedad bombardeada con propaganda oficial y que erige la figura de Chávez como benefactor y salvador de "las clases oprimidas por el imperialismo".

Capriles, como era de esperarse cuando el gobierno tiene ese control que asfixia la democracia y la libertad, y a pesar del optimismo de nuestro anfitrión –no me atreví esa vez a expresar mi pesimismo–, perdió las elecciones. Poco después, la salud de Hugo Chávez decayó hasta su muerte, el pasado 5 de marzo, dejando tras de sí un régimen que no transitará con facilidad a la democracia que un día tuvo y que, por la vía democrática, también perdió.

Recordé entonces un texto de mi padre: "Venezuela: el suicidio casi perfecto de una democracia imperfecta", que advertía sobre el peligro de que un ex militar golpista se erigiera como poder absoluto en esa nación. Lo copio a continuación, como moraleja de a dónde conduce la irresponsabilidad de quienes, ciegos por un poder pasajero, se duermen en el laurel de su momentánea ilusión. 

* * *



El suicidio casi perfecto de una democracia imperfecta 
Carlos Castillo Peraza 

Cuando Irene Sáez Conde le dio a Venezuela su primer cetro universal de belleza, en 1982, tenía 21 años y seguramente no pudo imaginar que dieciséis años después sería candidata a la Presidencia de la República. Ese año, Hugo Chávez Frías ocupó su tiempo en varios cursos de adiestramiento, posgrados de la Licencia en Ciencias y Artes Militares que obtuvo en 1975, y que culminaron con el Internacional de Guerras Políticas en 1988; quizá ya formaba parte de la Sociedad Patriótica, una logia en cuyo seno se ponía en tela de juicio la democracia venezolana desde los tempranos setentas, y de cuyas filas salieron quienes, con Chávez Frías a la cabeza, intentarían un golpe de Estado en 1992. El militar tampoco soñó aquel año que sería abanderado presidencial en 1998. 

¿Cómo fue que una inocua Miss Universo y un peligroso oficial golpista llegaron a las cumbres políticas donde ahora están en la nación que, desde el Pacto de Punto Fijo que acabó con la dictadura castrense en 1958 y la Constitución plebiscitada en 1961, fue puesta como ejemplo de sistema democrático a los demás países latinoamericanos, suprimió la intervención de los militares en política, fundó la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el Grupo Contadora, dio asilo a perseguidos políticos de todo el continente y promovió decidida y generosamente las transiciones democráticas en el Cono Sur y en Centroamérica? 

-- Llevamos ocho elecciones nacionales desde que sacamos a Pérez Jiménez, recuerda Luis Herrera Campins ex presidente de Venezuela y presidente del Partido Social Cristiano-COPEI. Pertenezco a la minoría optimista que piensa que aún se puede vencer democráticamente a Chávez. El golpe de 1992 sólo cobró fama después de que el gobierno lo derrotó y Chávez se rindió. Nadie salió a la calle a defender la democracia y nadie habló del pueblo. Los golpistas estaban tan mal informados que no supieron dónde quedaba la televisión que tomarían y ocuparon las instalaciones abandonadas hacía tiempo por Radio Caracas. El secretario general de COPEI, Eduardo Fernández, llegó a la televisora y condenó el golpe, antes que el presidente Pérez. No por apoyar a Pérez, cuya corrupción ya se conocía y que, sin embargo, se comportó valientemente. Pero a Eduardo se la cobraron como si hubiera apoyado al mal gobierno, y hasta hoy nadie le reconoce que salvó a la democracia. Y luego resultó que, además, el golpe logró una enorme simpatía popular... 

En la raíz de tal aceptación, están al menos dos cosas. La primera, el deterioro gravísimo de la economía venezolana. La segunda, los errores de la clase política de Venezuela. Le tocó precisamente a Herrera Campins, en 1982, derrumbar por necesidad un mito: la fortaleza de la moneda, el Bolívar, que llevaba medio siglo sin depreciarse, sostenido por los elevadísimos ingresos derivados de las exportaciones petroleras. El mismo año en que Irene Sáez desfilaba triunfante por las pantallas de televisión del planeta entero. Acción Democrática ganó las siguientes elecciones con Jaime Lusinchi. La situación económica continuó deteriorándose. Comenzaron las medidas de ajuste. Pero a los venezolanos se les había dicho que eran ricos. Y, entre la corrupción real y la imaginada, su conclusión fue rotunda: si el país es rico y nosotros somos pobres, alguien se debe estar llevando nuestro dinero y sólo pueden ser los políticos. 

En efecto, ya desde el gobierno de Herrera Campins se habían dado signos de corrupción muy patentes. Nadie acusó al ex presidente que, por cierto, vive en una casa modesta si se le compara con la de otros políticos o empresarios venezolanos. Pero sí a miembros de su equipo de gobierno. A Lusinchi sí se le acusó personalmente. Acción Democrática fue a buscar a Carlos Andrés Pérez -que ya había sido presidente- para sacar al buey de la barranca. 

Pérez logró ganar la presidencia en 1988, el año en que Hugo Chávez Frías terminó su curso de Guerras Políticas. Su propuesta fue la de un regreso al pasado próspero, en que la clase media podía pagarse escuelas y hospitales privados, beber licores importados y viajar a Miami dos veces al año. El retorno a la Venezuela exportadora de petróleo caro, al Estado subsidiador y paternal que, empero, no había sido capaz de edificar un sistema de servicios públicos eficiente. La nostalgia hizo las veces de esperanza, y la credulidad fue el sustituto cómodo del realismo. A dos meses de tomar posesión, Pérez anunció un clásico “programa de choque”. Su opositor, el copeiano Eduardo Fernández, había dicho que tal camino era el único transitable. Pérez dijo lo contrario al electorado y ganó... pero tarde, mal e hipócritamente puso en marcha parcialmente los planes de aquél. La frustración fue gigantesca. El pueblo no se sintió traicionado por Pérez y AD, sino decepcionado de la democracia misma. El gorgojo del caudillismo político autoritario le había entrado al grano de una democracia económicamente enferma. 

El 27 de febrero de 1989, lunes, entraron en vigor la alzas al precio del transporte público, derivadas de la elevación del de los combustibles. Una fricción entre un estudiante que fue hecho bajar a la fuerza por el conductor de un microbús prendió la mecha. Caracas se inflamó. Los supermercados fueron saqueados. Las turbas no fueron sólo por comida: las imágenes teletransmitidas mostraban a personas más o menos bien vestidas y calzadas cargando ventiladores, hornos de microondas, refrigeradores pequeños, los bienes que había que comprar a plazos y que antes podían adquirirse de contado. 

-- Pérez ni siquiera estaba en la ciudad. La policía no sabía qué hacer, porque no estaba acostumbrada a reprimir ni entrenada para ello. Por la tarde se comenzó a calcular la dimensión del “caracazo”, recuerda Herrera Campins. Y fue porque el Presidente se dio cuenta de que lo llevaban del aeropuerto al centro por un camino inusitado. Le informaron que así evitarían pasar por los sitios donde había enfrentamientos. Entonces llamaron a los soldados, que no eran tropas adiestradas sino reclutas del año, bisoños, que disparaban al menor ruido. En la capital sólo había unos trescientos. 

Foto: Imagen del "caracazo": noticias24.com

Hugo Chávez Frías evoca el hecho de otra manera: 

-- Nosotros fuimos entrenados y educados para ser un ejército de paz, del pueblo, defensor de las instituciones democráticas, de la Constitución, de la democracia misma. Estábamos ya preocupados e indignados por la corrupción y la impunidad de Pérez, por el desmoronamiento del Estado democrático. Y entonces recibimos la orden más difícil y dolorosa de cumplir para un soldado formado desde su juventud en la democracia: disparen. Hubo cinco mil muertos. 

(El periodista también recuerda. Había llegado a Caracas la noche del domingo 26. La ciudad estaba tranquila y la atravesó para llegar al pueblo de San Antonio de los Altos, donde, entre coníferas, se encuentra la Universidad de los Trabajadores de América Latina –UTAL–, donde participaría en un seminario para dirigentes sindicales. A media mañana del 28, la noticia y las imágenes de la furia desatada dejaban atónitos a los participantes. El 29, el Presidente Pérez dirigiría a los venezolanos un discurso deplorable: condena al Fondo Monetario Internacional, rayos y centellas contra los líderes del mundo capitalista, sugerencia de que los responsables del “caracazo”eran extranjeros y... reconocimiento explícito de que ya se habían firmado los acuerdos con el FMI. Oratoria placera, demagógica en los linderos de lo vulgar. Para regresar a México fue necesario un salvoconducto militar. En el camino al aeropuerto de Maiquetía, de madrugada, tres días después, todavía tronaban algunos tiros. Había tropas en uniforme de combate por toda la terminal aérea). 

La protesta tomó las calles. El 7 de noviembre de 1991 se produjo una huelga general. El 4 de febrero de 1992 vino el intento de golpe. Los autores fueron las unidades de elite de las fuerzas armadas. La residencia presidencial de Miraflores, que debía tomar Hugo Chávez Frías, fue atacada pero no cayó. El jefe se quedó a 400 metros del objetivo. Un soldado que tuvo en la mira a Carlos Andrés Pérez no se atrevió tirar del gatillo. Los alzados habían tomado las ciudades más importantes del país, pero Chávez fue a la televisión y los invitó a rendirse. “Hemos perdido por ahora”, dijo ante cámaras y micrófonos, traje comando, boina guinda de los paracaidistas bien calada y voz bien templada. Fue a dar a la cárcel. Se le inició proceso. El apoyo popular se expresó en muros y paredes: “Chávez = Bolívar”. 

Controlada y sometida la intentona, sesionó el Congreso para decretar la suspensión de garantías que permitiera enfrentar la situación. Un senador vitalicio lo impidió con un discurso en el que invitó a comprender a los golpistas, aduciendo que “a un pueblo con hambre no se le puede pedir que se inmole por la democracia”. Fue Rafael Caldera, padre de la democracia venezolana junto con Rómulo Betancourt, expresidente de la República de 1969 a 1974, candidato derrotado por Lusinchi en 1983. Algunos militares demócratas hicieron saber a COPEI que, sin su apoyo, se produciría el derrocamiento de Pérez y del sistema democrático. Por temor a una nueva asonada, se pactó el respaldo, pero el 27 de noviembre de 1992 hubo otro intento golpista. También fue sofocado. El 6 de diciembre, COPEI ganó como nunca las elecciones locales. El 21 de mayo de 1993, el Senado mandó a Carlos Andrés Pérez a su casa. Ocupó entonces la presidencia, interinamente, el senador Octavio Lapage, y fue electo en la misma Cámara para terminar el período de Pérez otro senador: Ramón José Velázquez. 

Con Acción Democrática en la sima de la impopularidad y COPEI triunfador en las elecciones locales, este partido, socio del otro desde 1958, y con el que se había dividido clientela, burocracia y decisiones cupulares, parecía encaminado al triunfo en las presidenciales de 1993. La crisis económica no amainaba. El naufragio del regreso a la edad de oro era patente. COPEI organizó elecciones abiertas para escoger candidato presidencial. Fernández, a quien se imputó haber apoyado a Pérez cuando en realidad salió a defender la legitimidad democrática, fue derrotado por su compañero Oswaldo Álvarez Paz, quien estuvo detenido por los golpistas en Maracaibo –de donde era gobernador– antes que los espadones depusieran las armas. 

Caldera no quiso acatar la decisión de su partido y de los electores que participaron en el proceso de selección copeiano. Decidió lanzar su propia candidatura presidencial independiente, frustrando así la ilusión de Álvarez Paz, que pensó en el apoyo del patriarca dados los resultados de las primarias. COPEI expulsó a su fundador. El Movimiento al Socialismo –procedente de la antigua izquierda guerrillera y encabezado por Teodoro Petkoff– hizo suya la candidatura de Caldera, que atrajo a los grupos de cepa socialista ajenos a AD, a copeianos disidentes, a “adecos” en rebeldía, a la “sociedad civil” y a simpatizantes del golpismo. 

El veterano dirigente repitió el discurso de Carlos Andrés Pérez: otra vez la edad dorada y el soslayo de las realidades económicas mundiales y venezolanas. El pueblo volvió a creer: Caldera ganó la presidencia. Sin embargo, las cifras electorales resultaron inquietantes: sólo votó la mitad de los electores; el triunfador consiguió 30% de la votación –es decir 15% del total de votos posibles– y su formación política (Convergencia) no logró mayoría parlamentaria. COPEI no lo respaldó en el Congreso, en ocasiones absurdamente. A los cinco meses de gobernar, Caldera obtuvo que la causa contra Hugo Chávez Frías fuese sobreseída. No hubo ni siquiera juicio contra el golpista. Por tanto, no quedó inhabilitado para aspirar a la Presidencia. Y se puso a trabajar para conseguirla. 

Una vez más, las intenciones y promesas del vencedor se estrellaron contra las rudas realidades económicas. Caldera tuvo, primero, que suspender las garantías -crecía el rumor de otro golpe-, y luego, de nuevo tarde y mal, como Pérez, anunciar un plan de “estabilización y recuperación”. El segundo retorno a la Venezuela rica, dilapidadora e ignorante voluntaria de los rigores del mundo de la economía y las finanzas fracasó. El Bolívar siguió su marcha hacia abajo y la inflación hacia arriba. Trece bancos fueron a la quiebra. Los cinturones tuvieron que seguir apretándose. La decepción política se agravó, no sólo por las promesas incumplidas, sino porque los medios de información comenzaron a convertir en héroe a Hugo Chávez Frías y en chivos expiatorios a los partidos y a los políticos. Caldera había dado, al irse por la libre, la señal de arranque a la antipolítica. Estaba abierto el camino para el rudo Chávez y para la bella Irene. 

Foto: dipity.com

Es más que evidente la crítica de Chávez Frías a los partidos. El intento de golpe de Estado es la prueba irrefutable. Por el lado de Irene Sáez Conde, su primera batalla política la dio en Chacao –municipalidad de las varias que comprende Caracas– enarbolando la bandera antipartidos y expresando su repudio tanto por COPEI como por AD. Los copeianos, ayunos de triunfos en elecciones presidenciales desde 1978 –cuando ganó Herrera Campins– cometieron primero el error de copiar los métodos clientelares (más o menos semejantes a los del PRI mexicano) de los “adecos”. Luego, fascinados por las encuestas que ponían a la Miss Universo 82 en 46%, olvidaron la defensa de su identidad como partido y fueron tras ella a sabiendas de que la mujer no sólo era “externa”, sino que había formado su propia organización “civil”, curiosamente llamada IRENE, lo que significa “Integración, Representación, Nueva Esperanza”. 

En el pecado de la antipolítica recibió COPEI la penitencia: el desprestigio inducido de los partidos dañó a Irene, la aceptación de tal desprestigio al postularla dañó a COPEI. Hoy, la candidata no pasa de 12% en preferencias, aunque su popularidad y aceptación es alta. La quieren, pero no votarían por ella. Sin embargo, en las clases marginadas, es la única que, además de Chávez, tiene cabida. El candidato de AD, Luis Alfaro Lucero, es hombre de partido y cuenta con la todavía poderosa maquinaria provincial de éste, pero carece de eso que llaman “carisma”. Otro candidato importante es un ex copeiano –Henrique Salas Römer–, ex gobernador muy exitoso de Carabobo, sesentón, economista de Yale, que es quien sigue a Chávez en preferencia y va creciendo –el militar tiene 41%, el universitario 31%– gracias a una campaña moderna; sin embargo, no tiene partido ni presencia organizativa en el conjunto del país. 

-- Estamos, dice el respetado copeiano, presidente del Senado, Pedro Pablo Aguilar, ante una realidad compleja: candidatos sin partido y partidos sin candidato. El peligro de Chávez sólo podría conjurarse con una concentración del voto democrático, pero ésta es difícil, puesto que los abanderados son fruto de guerras intestinas y éstas son frecuentemente insolubles. Chávez puede ganar si el voto de los demócratas se pulveriza. 

Las elecciones locales serán el 8 de noviembre. Candidatos y partidos están a la espera de los resultados para ver qué estrategia seguirán con miras a las presidenciales el 6 de diciembre. Se calcula que entre AD y COPEI pueden ganar 14 o 15 de las 22 gubernaturas en cuestión, y casi una mayoría legislativa. Pero ni Irene ni Alfaro serían buenos candidatos frente a Chávez. Quedaría Salas Römer, pero no se ve cómo lo aceptarían de candidato AD y COPEI. Si el Movimiento V República (MVR), que sostiene al militar, logra triunfos importantes en los comicios locales, lo que aún no parece viable, su probabilidad de ganar la presidencial crecería. Pero es casi imposible que obtenga mayoría parlamentaria, lo que le ataría las manos para gobernar. 

Chávez Frías lo sabe. Por eso ha propuesto que, si gana la presidencia, disolverá el Congreso Nacional y los congresos locales, y convocará a una “constituyente”. Esta es su único programa y la entiende como una especie de “comité de salud pública” que, en nombre de la voluntad popular directa, no sólo le iría autorizando lo que quisiera, sino incluso podría prolongarle el mandato más allá de los cinco años previstos por la ley. “Somos una fuerza moral creciente contra la corrupción de los partidos, de los jueces y de la burocracia”, dice el oficial golpista. “Hay que cambiar la constitución”, sostiene, confiado en que el cambio de las normas modificará la realidad. 

¿Sus promesas? Las mismas de Pérez en el 73 y de Caldera en el 93. Y los venezolanos vuelven a creer que pueden proponerse su pasado de ricos ilusorios como futuro de ricos reales. Las clases medias depauperadas corren en pos de él y no es raro ver que lo sigan damas encopetadas, coronadas con boinas de paracaidistas. Critica las imperfecciones de la democracia que lo hizo militar, lo perdonó y a los demócratas que, según se ve, se suicidan políticamente casi a la perfección y le dan más y más argumentos para demoler verbal y políticamente al sistema dentro del cual y según cuyas reglas compite. 

Foto: autistici.org

Chávez Frías deja a su lado, en la mesa, una silla vacía. “Es para Bolívar”, ha llegado a decir. Juega al duro: “Voy a freír en aceite a los adecos y a los copeianos”. Pero luego asegura que la grabación de sus palabras es una falsificación. Promete escuelas, hospitales, servicios, alegría y amor, un nuevo federalismo, imitar a Tony Blair. Acusa a sus oponentes de conspirar contra él y me dice: 

-- Hay un complot para matarme, pero el que hizo lo que yo ya hice no tiene miedo a la muerte, porque ya estuvo dispuesto a dar la vida. Además, tendrían que recordar que las tres balas que acabaron a Gaytán en Colombia sumieron a ese país en decenios todavía interminables de violencia. 

Se lanza contra los “adecos” con especial virulencia. También contra el pacto de Punto Fijo que, según él, puso las bases para la complicidad entre los partidos, para la corrupción, para el desastre de Venezuela. Asegura que la Constitución de 1961 –la más duradera, la que tiene un artículo, el 250, que impide cambiarla y obliga a los venezolanos a luchar contra quien la modifique– no fue votada por el pueblo y es una imposición cupular, pese a que fue firmada entonces hasta por los comunistas. Se regocija por el apoyo que, como a Caldera hace cinco años, le da el Movimiento al Socialismo (MAS), resto final de la vieja insurgencia armada que los colegas y maestros de Chávez combatieron. Descalifica las encuestas que lo ponen a la baja. Pregona su misión salvadora. 

Tiene la voz y la mirada de quien se siente predestinado. Le ordena a sus ayudantes –todos rapados a la militar, corpulentos y armados– traerle cigarros o café. Habla por teléfono con su mujer que acaba de salir de una reunión con los masones: “Ya camina la nenita”. Se jacta del apoyo que recibe de empresarios. No reclama a los Estados Unidos la denegación de la visa –por golpista– y cuenta su encuentro con el embajador Mr. Maisto. Cita a Lincoln, a Montesquieu, a Napoleón, a Jesucristo. Anuncia que será pitcher en un inminente partido de beisbol. Luce el traje y la corbata caros con que sustituyó el pantalón, la camisa kaki y la boina de comando. Insinúa amistades o complicidades entre los altos mandos castrenses. Jura que es un demócrata. 

En tanto, directivos relevantes de AD y de COPEI hablan ya de una candidatura común para las presidenciales y los medios empiezan a medir el tamaño del monstruo que crearon. Los capitales se van, con lo que el problema sobre el que se alza Chávez Frías se hace mejor pedestal para el candidato empistolado. El miedo cabalga sobre lo que queda de un civismo que sólo funcionó en términos de ingreso petrolero. Un ex ministro del primer gobierno de Caldera, Machado, pide por televisión a su viejo amigo que, en nombre de la Constitución, solicite a a la Justicia venezolana la inhabilitación del candidato que se propone abrogarla. 

Caldera calla. Tal vez recuerda que Chávez Frías fue avalado y salvado por él. O evoca al joven rambo que repite a los venezolanos las promesas que Carlos Andrés Pérez y él mismo –tercer intento de regresar al pasado– les hicieron y no pudieron cumplir. O quizá piensa en una eventual foto históricamente devastadora y terrible: la del padre de la democracia venezolana que, sobre las ruinas de la política que fundó, entrega la banda presidencial a quien encabezó un golpe militar fraguado en típica conspiración cuartelera. 

Irene –que quiere decir “paz”–, la belleza femenina de esta tierra, poco o nada parece tener que hacer frente al paracaidista macho convencido de que bajó del cielo para salvar del mal a Venezuela. 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Estampas de la novela colombiana

Gabriel García Márquez


 Lejos quedaron de pronto los generales gobernantes, los náufragos que relataban su sobrevivencia en tabernas de puertos olvidados, los hacendados de territorios  tan extensos como el horizonte, los poblados semi rurales donde un gallo puede dar pie a una trama intrincada en su magnífica simpleza, las familias que se multiplicaban sin respeto o pudor por las consecuencias de la genética en aquel Macondo emblemático que, durante décadas, fue símbolo de un modo de hacer literatura: el realismo mágico que insufló que nuevos aires a las letras latinoamericanas a principios de los años sesenta del siglo XX, y que tuvo en Colombia, por la pluma de Gabriel García Márquez, a uno de sus más grandes y quizá al más afamado de sus representantes.

Lejanos hoy esos paisajes que en un par de décadas fueron reemplazados por una realidad nueva, menos mágica y más cruda, que también ha encontrado lugar en la literatura. El caso no es exclusivo de Colombia y su parangón puede seguirse en el tránsito que va de Julio Cortázar a Andrés Neuman, en Argentina; en el paso de Carlos Fuentes a Daniel Sada, en México (aunque la sola y vasta obra del primero puede ser suficiente para retratarlo); en la ruta cubana que parte de Alejo Carpentier y llega a Eliseo Alberto, por solo mencionar a tres países representativos y de gran tradición. 

Seymour Menton, en su obra Caminata por la narrativa latinoamericana (Fondo de Cultura Económica), realiza ese recorrido por la novela del continente que, sin embargo, no alcanza a cubrir el cambio de siglo que dio paso a una generación mucho más urbana, que se enfrenta a nuevos retos, a nuevas tecnologías, a un entorno en el que la jungla cede su frondosidad, los poblados cambian la tierra de los caminos por supervías de asfalto y la visión universalista se limita por el propio paisaje de urbanismo urgente y en ocasiones descabellado que cambió para siempre el espacio de la vida, de la hazaña y la tragedia, de la existencia individual, de todo aquello que termina por alimentar al artista.

A medidos de los años noventa (1994) vio la luz una obra en la que puede identificarse, para el caso colombiano, esa especie de punto de quiebre entre el pasado y un futuro que todavía se escribe: La Virgen de los Sicarios (Alfaguara), de Fernando Vallejo. Una prosa apresurada, en primera persona, agria en ocasiones, cínica en otras pero siempre desencantada de un mundo que ya por esos años llevaba varias décadas de padecer los embates de una de las guerrillas más longevas de la región, así como las consecuencias del narcotráfico y el terrorismo, que terminaron por hundir sus raíces en una sociedad que de pronto vio cancelado el porvenir para sumirse en una espiral de violencia infame.

Ahí ya no cabían ni Aureliano Buendía ni Amaranta ni José Arcadio. Tampoco las viejas leyendas de barcos encallados en montañas. Más bien, su lugar lo ocuparon asesinos a sueldo, chabolas y suburbios donde la pobreza, el hambre y la necesidad empujaban a jóvenes y niños a salir adelante por el camino más rápido y eficaz o, al menos, el más cercano y posible: el del crimen organizado.

Vallejo no inventa ni hace surgir de la nada el mundo de su obra: se limita a retratar la realidad de su país con amargura y una desolación que conduce al pesimismo. El lector termina la lectura (ya sea de aquélla o de otras obras como El desbarrancadero o La rambla paralela) con un desasosiego frente al círculo vicioso de la corrupción, de la miseria, de las vidas perdidas y la indiferencia de quienes, ya habituados a esas escenas citadinas, eligen el silencio, la costumbre y el hábito antes que perder o poner en riesgo lo poco que queda.

Fernando Vallejo

“Salí por entre los muertos vivos, que seguían afuera esperando”, se lee casi al final de La Virgen de los Sicarios, sin esperanza ni mañana, solamente la literatura para dejar un testimonio que, a pesar de todo, es ventaja exclusiva de la vida y deja entrevista una luz que en las horas obscuras es capaz de marcar camino. No obstante, para Vallejo esa vía ni siquiera es transitable por ilusoria y falsa: la realidad no la permitía entonces aunque, a la postre, haya sido el empeño del pueblo colombiano el que enfrentó lo que parecía irremediable para convertir la desesperanza en una nueva ilusión, cambiar la realidad y abrir la puerta al futuro.

Esa puerta no podía negar el pasado. Conducía a un pasillo que recorrió la siguiente generación, con la vista hacia atrás pero aprendiendo a mirar también hacia adelante; dos narradores destacan en ese esfuerzo, el primero, Juan Gabriel Vásquez, autor de El ruido de las cosas al caer, novela en la que el gran telón de fondo de un escenario ya en ruinas, pero aún presente para recordar el ayer próximo, es la propiedad abandonada del narcotraficante Pablo Escobar en medio de la selva, que comienza a ser devorada por la maleza pero que aún arroja historias que marcaron a una sociedad en todos los niveles. Una trama que, a su vez, lleva al pasado para tratar de entender qué truncó el futuro o, al menos, lo complicó al grado de arrancar anhelos e ilusiones, para marcar como un estigma que, sin terminar en un abismo, llegó a sus bordes más frágiles.

No es ya la desesperanza de Vallejo pero sí una introspección generacional donde los desaparecidos, los asesinados, los secretos que se guardan y el pasado que se esconde terminan por vulnerar esa coraza de olvido que cede ante la necesidad de esclarecer el presente, con la certeza de que temprano o tarde, por convicción o por azar, habrá un impulso propio o ajeno que haga caer los velos para completar historias inconclusas, cerrar ciclos y abrir horizontes nuevos.

Contemporáneo de Vásquez, el segundo autor colombiano es Antonio Ungar; su obra, Tres ataúdes blancos (Anagrama), un thriller en el que el contexto de violencia y política sirve para imaginar una historia que inicia con la muerte de un político afamado, lo que lleva al protagonista, por su parecido físico, a reemplazar a quien debía ser candidato a presidir un país imaginario que, por su descripción, por el entorno social y por las situaciones descritas, podría ser cualquiera de Latinoamérica, pero que deja entrever con claridad a esa Colombia de los años setenta y ochenta donde la muerte acechaba a quienes buscaran oponerse al poder de las mafias y el narcotráfico.

Ungar aprovecha el escenario de la política para describir esos vericuetos de decisiones oscuras e influidas por el dinero, para señalar cómo los intereses de unos cuantos vulneran los de la mayoría, para describir el capricho de un grupo en el poder que aspira mantenerse en una cima donde la ambición, el egoísmo y la ilegalidad son moneda corriente de cambio para garantizar la permanencia. Quien está por gusto, buscará no salir jamás. Quien es conducido por la fuerza, como en el caso del personaje principal, sólo logrará escapar mediante la huida, la trashumancia y la clandestinidad, única estrategia para dejar atrás poder, dinero y fama, para regresar a una vida donde la felicidad y la calma puedan instalarse sin llamadas urgentes, citas sospechosas o arreglos ilegales.

Los tres autores reseñados son, en resumidas cuentas, retratistas del accidentado curso de la historia contemporánea de Colombia, protagonistas del abandono del realismo mágico y artífices de su reemplazo por la realidad a secas: el dolor de un país y la huella profunda que la injusticia y la muerte dejaron impresa en una sociedad. Hoy, el pueblo colombiano regresa poco a poco a una normalidad que ya cuenta con la paz para sentarse, mirar al pasado y registrar el testimonio de esos años, una labor que en el año 2011 mereció tres de los principales premios de las letras en castellano: el FIL de Literatura en Lenguas Romanes para Fernando Vallejo, el Anagrama para Antonio Ungar y el Alfaguara para Juan Gabriel Vásquez. No es casualidad este reconocimiento. Sí, quizá, un recordatorio sobre la importancia de la literatura contra el olvido, de la literatura como testimonio, de la literatura como tabla de salvación y ruta de escape cuando pareciera que no queda nada más.

Tres premios merecidos que marcan una nueva etapa en la literatura Latinoamericana. Una etapa que otros países, también víctimas de la violencia, de la mala política o de la injusticia, aún tienen pendiente retratar.