sábado, 10 de octubre de 2026

Otra vez el Nobel, otra vez sin Nobel


Foto: nobelprize.org


 Lo primero: una confesión


El Nobel de la Paz del año pasado me generó una sincera y franca emoción: galardonar a una mujer que durante años y de forma valiente se enfrentó, junto a miles de venezolanas y venezolanos, al régimen asesino de, primero, Hugo Chávez, y después al de Nicolás Maduro, me pareció, por lo menos, un acto de justicia, de reconocimiento e incluso de protección a María Corina Machado. 

    

    Durante años acompañé, trabajé y contribuía a la formación política de decenas de jóvenes de Venezuela; ahí conocí historias heroicas, crudas y en ocasiones francamente aberrantes de las vejaciones, privaciones y abusos que padecía una oposición muchas veces dispersa, enfrentada contra sí misma y contra sus opresores, traicionada no pocas veces por sus líderes pero que en Machado hallaron por fin un motivo, tardío pero necesario, de unidad.

   

Meses después, lo segundo: la decepción


Machado entrega a Donald Trump la medalla de su galardón unos días después de que el mandatario estadunidense capturara a Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores, en plena noche y con esa narrativa histriónico-hollywoodense de Rambos que incursionan en medio de la noche para salvar a un pueblo de su tirano mayor.

Foto: EFE

     

    La apología de Machado por parte de sus seguidores no se hizo esperar: en resumidas cuentas, lo que hacía, se dijo, era un acto de valentía y reconocimiento que elegía incluso despojarse del premio en nombre de su pueblo, franco sacrificio que prescindía de lo material en nombre de un bien mayor.


    Aquel argumento destilaba por demás ingenuidad, o al menos la ceguera de quienes ya incapaces de enfrentar un monstruo que había crecido sin posibilidad de ser enfrentado, requería un héroe salvador que solucionara de una vez por todas el problema.


    Y el desparpajo trumpista no se hizo esperar: la instalación de un régimen títere que apenas hacía los mínimos esfuerzos por demostrar un cambio real; el secuestro de la producción petrolera por parte de unos EE.UU. que, al más puro estilo guerra fría o invasión a Iraq ya en los dosmiles, solo se interesaba por los recursos que pudiese obtener del país sudamericano.


    Mientras tanto, las estructuras del poder en Venezuela siguen, hasta hoy, intactas, o al menos presididas por la misma segunda línea de impresentables que acompañaron a Maduro, mientras María Corina Machado es impedida por el propio gobierno estadunidense de volver a su país, sin razón clara aparente y sin mayor queja por su parte que esa resignación de quien poco a poco se da cuenta que ni regalar su medalla ni desvivirse en halagos ni ceder ante el nuevo tirano ha sido suficiente para apuntalar y dar aires nuevos a un liderazgo que, prácticamente sin variar su condición de exiliada, ha sido de alguna manera relegada y apartada.   


Lo tercero: el Nobel de la Paz de 2026 


Concedido a la jurista Navanethem "Navi" Pillay, sudafricana y antes integrante de la Corte Penal Internacional quien, de manera sardónica, y ante la noticia y el aplauso que la recibió tras la noticia, inquirió a sus colaboradores a que si no dejaban de aplaudir, le entregaría la medalla a Trump.


Foto: BBC

    La reacción estadunidense no se hizo esperar. Marco Rubio salió a cámaras a señalar que retirarían su apoyo a la CPI puesto que, arguyó, despreciaba los EE.UU. y a Israel; ello, porque Pillay ha sido activa persecutora de criminales de guerra, entre ellos, Benjamín Netanyahu, a quien desde la ONU investigó para determinar que había cometido genocidio en Gaza.



    Y de nuevo, los desvaríos de Trump, quien pronto salió a hacer alguna de sus habituales pataletas por no ser él quien recibiera el Nobel de la Paz este año; y es que más allá de las polémicas que desde siempre desata el tema Palestina-Israel, lo cierto es que al tirano no hay que complacerlo, mucho menos secundarlo en sus caprichos, y como a cualquier tirano, hay que hacerle frente desde los marcos legales, desde la justicia y la normatividad, desde las instancias multilaterales donde que la humanidad se ha dado a sí misma para intentar establecer un mínimo de orden internacional.


    Un triunfo del derecho y la justicia, un premio que reconoce la labor de Pillay y con ella, la de miles de juristas que saben que no se trata de héroes o villanos, de excepciones o sacrificios: es cuestión de legalidad, de la forma en que convivimos, de una ley, unos tratados y unas instituciones que se han construido, precisamente, para no requerir, para frenar o para juzgar a quienes al asumirse salvadores o redentores, pretenden estar por encima de cualquier juicio o condena que se oponga a sus unívocas e "infalibles" acciones y decisiones.


    Un premio que sin duda honra lo que su propio nombre expresa: la paz, pero no en abstracto: la que se construye desde el derecho internacional