Barcelona es una metrópoli cuyo nombre lleva directo a otro nombre propio, el del arquitecto Antonio Gaudí. Hay ciudades universales, como la Roma de Borges o el Babel de las lenguas de todo el orbe; ciudades donde los misterios duermen en formas geométricas de antiguas pirámides, alguna donde se conjugan los silencios de la memoria, otra que lleva a su largo los puentes y las calles donde el amor tiene el nombre de todas las calles y todos los puentes. Y, en el caso del catalán, ciudades policromas, de mosaicos y torres que se elevan al cielo en espiral, columnas donde lo mudéjar, las curvas de la Alhambra y los límites verticales y horizontales del cubismo se abrazan construyendo un collage, ese superponer y acomodar espacios vacíos entre espacios llenos... Son muchas las urbes que llevan la mirada hacia el horizonte de la Historia, muchas las que envuelven el cuerpo en cualquier sitio, en una cima, en un rincón sombrío que huele a salitre y a los tonos del gris; Barcelona ha guardado entre sus contornos la obra de uno de los artistas de más renombre en el siglo XIX y XX, por innovador, por transportar bajo los símbolos del lenguaje de la arquitectura una fluidez y un movimiento asombrosos, imágenes de roca y ladrillo moldeadas con nuevos estilos constructivos, mezclados asimismo con el expresionismo, el naturalismo, el impresionismo y otros más.
Antonio Gaudí (1852-1926) vivió en una época que podría no
ser la suya: anticipó concepciones, técnicas y teorías hasta deshacer o
complementar las establecidas y crear nuevas, convirtiéndose así en algo
similar a un genio, tan venerado en Cataluña que su beatificación ha sido
llevada al Vaticano y estudiada por los doctores de la Iglesia. Se han escrito
toda suerte de comentarios y anécdotas con respecto a su vida que es una serie
de vacíos que las biografías aún no logran completar: Julio Cortázar, al
presenciar las edificaciones del Parque Güell, mencionó que el catalán debió
ser un cronopio, un extraño ser moldeable que hizo de su entorno urbanístico
una flexibilidad consagrada, hecha y deshecha en curvas, trazos que se
desvanecen y mosaicos policromos, equilibrados con las formas de la naturaleza
para crear un armonía casi musical, en la que fluyen libres la imaginación, la
alquimia y los minúsculos experimentos.
Gaudí murió antes de tiempo, en Barcelona, atropellado por
un tranvía que cortó no sólo su vida sino también marcó el final de una etapa
de la arquitectura española, arte que no ha vuelto ha renacer en la Península
Ibérica con las dimensiones entonces alcanzadas. Dejó inconcluso uno de sus
proyectos más fantásticos y ambiciosos: el templo de la Sagrada Familia. Esta
compleja estructura de dimensiones asombrosas posee cuatro torres que semejan
un tanto el gótico de la catedral de Colonia, en Alemania, pero impregnado de
color, levantándose hacia el cielo con su estilo neogótico y dando a la ciudad
un contorno irregular, que desde las faldas de monte Tibidabo termina en las
costas del Mediterráneo, o se extiende hasta muy lejos y en todas
direcciones... Así, también cualquier dirección es propicia en esta urbe para
encontrar alguna casa, una esquina o edificios cuyas formas son inconfundibles,
gaudistas, como podría serlo toda la ciudad de alguna forma: en ella
convergen la historia antigua y presente al igual que la mezcla de naturaleza y
mano del hombre, características en la obra de Gaudí: en las Ramblas que llevan
al monumento a Colón y son el punto de encuentro matutino de corredores y caminantes,
vespertino de restoranes, puestos de periódicos, juglares, malabaristas, turcos
y armenios; por la noche, estos andadores son lugares de prostitución que dan
cobijo a cientos de mujeres y hombres provenientes de África y América Latina,
principalmente. En la antigua Capitanía de Puerto cabe imaginar el inicio de
alguna hazaña naval, las despedidas de marinos que ahora son las de los
mercantes; en el barrio gótico, la Catedral catalana y sus alrededores,
laberintos de calles, museos, estanquillos de papel y tinta, cafés y bares,
callejuelas y callejones que pueden desembocar en las vías más concurridas o en
rincones donde la humedad corrompe las piedras porque el sol no ha asomado en
muchos años, ni asomará.
De Miró a Dalí, de Gimferrer a Pla, entre otros tantos,
Cataluña ha sido cuna de artistas y es una de las regiones más ricas de España,
epicentro, entre otras cosas, de un nacionalismo obtuso y terco que ha llegado
a extremos de prohibir la enseñanza de español en sus escuelas; del Nou Camp y
su equipo de balompié, de la sede de los Juegos Olímpicos de 1992 y su
histórico pebetero, de señales escritas en tres idiomas distintos –catalán,
español e inglés-, de interiores tan sorprendentes como las texturas
exteriores, de una población que es capaz de hablar en castellano siempre y
cuando el cliente realice alguna compra, no cuando un favor al visitante va de
por medio.
Una de las aportaciones más importantes de Antonio Gaudí a
la arquitectura es la implementación del arco parabólico o catenárico en sus
edificios. Tomado del modelo de abejas que se enfilan para construir los
hexágonos del panal, e invirtiéndolo, consiguió dar a sus estructuras un
soporte totalmente innovador en su campo. Esta tendencia a repetir la
naturaleza en su obra –naturalismo- se encuentra presente en casi todas las
construcciones gaudistas, desde formas de células, flores, capullos cerrados o
pasto, hasta cuevas, trabas que repiten las de una ladera de montaña en su
inclinación o pilares que semejan las ramificaciones en las copas de los
árboles. Todo, bajo el signo de la divinidad, que une lo natural, lo humano y
lo metafísico: bosques sagrados en lugar de templos, cruces de cuatro puntas en
forma de jardín, la vida en su mínima expresión asomando al otro lado de la
ventana... Siguiendo los ritmos de la naturaleza, Gaudí logra de sus
edificaciones una extensión de aquélla, un desarrollo lógico de
principio a fin.
Sus creaciones se encuentran distribuidas en Cataluña,
Montserrat, León, Mataró, Palma de Mallorca y Comillas, donde el edificio de la
antigua Universidad Pontificia –de la mano de Gaudí- estuvo cerca de
convertirse en un centro turístico. En Barcelona se encuentra concentrado su
legado más importante: la Casa Vicens, el Palacio y el parque Güell, la casa
Batló, algunas esculturas del Parque de la Ciudadela y la Casa Milá. Otro
aspecto al que prestaba notoria atención era a las azoteas, de las que hizo
verdaderos pasadizos, adornados por toda suerte de esculturas, columnas y
columnatas con las que se adueña un poco de la vista aérea y da forma también
al cielo, a todo el cielo que cubre con sus diseños la noche y los días en la
vera del Mare Nostrum.

Antonio Gaudí fue un ejemplo de cómo la funcionalidad de lo
urbano y la estética innovadora de su inventiva pudieron hallar sitio en una de
las sociedades más conservadores de su tiempo; sin destruir ni alterar las
formas clásicas de la ciudad fue capaz de añadirle colorido, alegría, dinamismo
y un extraño aire que en cualquier esquina puede convertirse en un lagarto de mosaicos arabescos, en
una farola semejante a una flor abierta, en un mercado de matices y aromas
nuevos o en un mirador tapiado de grecas, círculos y dinteles secretos. Esa
sola característica merece especial atención en esta época, cuando la urgencia
de llenar espacios se lleva a cabo sin atención a los patrimonios, a los
legados de otros que son historia y que acaban tristemente en lo funcional, en
la vista a un supermercado o en los cristales opacos y fríos de algún edificio
de departamentos.
Este texto fue publicado en el año 2002 en el periódico La Crónica de Hoy.
[1] Información detallada con respecto a los eventos del 150 aniversario
del nacimiento del arquitecto se encuentra en la página www.gaudí2002.bcn.es
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